Hace algunos años la editorial Aache publicó un libro realmente interesante escrito por Juan José Bermejo y titulado “Fuentes de Guadalajara”, en el que además se acompañaba, cámara en ristre, una importante serie de fotografías sobre cada una de las ciento o mas que, merecedoras del mayor interés, todavía se conservan como valioso legado del pasado en muchos de los pueblos de nuestra provincia. Personalmente el tema de las fuentes siempre me interesó; creo haberlas visto todas y escrito sobre ellas en distintas ocasiones. Las fuentes y los monumentos religiosos constituyen dos de los grandes valores a considerar en muchos de nuestros pueblos; monumentos ambos que por sí solos casi en todos los casos vale la pena hacerles una visita. Conservo un leve apunte relativo a las más interesantes de nuestras fuentes dentro de su importante variedad, de manera que, antes real y ahora valiéndome de los datos almacenados en la memoria y de otros muchos que guardo en los archivos, inicio un viaje virtual por las principales fuentes de Guadalajara. Me gustaría contar con tu paciente compañía, amigo lector.
El viajero que detiene su coche junto al arcén en la carretera, dentro aún del casco urbano de la villa de Albalate, observa con sorpresa el manar incesante de los caños que vierten a la vez sobre el mismo pilón, a un par de metros por debajo de sus pies. La fuente de Albalate de Zorita es un bello espectáculo sobre el que ajusta todo género de elogios. El viajero, que la contempla atónito junto al bordillo de la carretera también pensó lo mismo. No, en cambio, el anciano encorvado del lugar que camina junto a él buscando el arrullo de los soles y de las sombras de los árboles que caen sobre los bancos a la hora de la siesta.
- Los moros -pasa diciendo sin detenerse-. Aquellos sí sabían lo que se llevaban entre manos.
El viajero desenfunda la cámara y tira algunas fotografías desde diferentes ángulos. La de Albalate es una fuente escultural, fotogénica y de mucho impacto. El viajero se marcha sin enterarse apenas de lo que ha dejado atrás, de la impresionante maravilla de canalización -auténtico trabajo de ingeniería- subterránea que alimenta desde tiempos ya remotos a los ocho, a los doce, a los catorce caños que salen a la superficie. Quién sabe si en otra ocasión y con menos apremios regrese a los llanos de Albalate y se informe de esta maravilla como es debido.
No hace mucho que ha llovido en Brihuega. El presente verano en cuestión de lluvias y de sol ha tenido de todo. Por aquellos lares no se acoge con demasiado deseo el agua de lluvia, excepción hecha de las largas temporadas de sequía de las también sabemos tanto. Los chiquillos de Brihuega disfrutan del fin de semana corriendo en bicicleta por la calle de las Armas, por la plazuela de Herradores, por la calle del Peral. En aquellos rincones de la antigua villa alcarreña suena de continuo el rumor de los doce caños de la fuente Blanquina, rumor de siglos en cuyos pliegues se arroparon las más sugestivas leyendas, fraguadas al amor de la lumbre durante los largos inviernos de la Alcarria, cuando a los hombres con vocación de ascetas les dio por imaginar remotas historias de aparecidos, de amores imposibles, de esqueletos ambulantes bajo el arco de Cozagón, o de encantamientos para lo que Brihuega, por historia y por constitución étnica, fue siempre terreno abonado. En las noches frías de la importante ciudadela, también en las horas insoportables del medio día, cuando en pleno mes de agosto el sol sacude sin piedad sobre aquellas vegas, los doce caños de la fuente Blanquina depositan, todos a la vez sobre el largo pilón del abrevadero, las mejores esencias de una antigua civilización diluida en el correr del tiempo, y que es a la vez la entraña de su pasado judío, cristiano y moro, trenzado sobre el tosco cañamazo que envuelve al valle del Tajuña, siempre a la vera de los lánguidos parajes de la Alcarruela y del Cerro Redondo que viene a caer al otro lado del río.
Cifuentes por su parte -y sin salir del recinto geográfico de la Alcarria- es por definición y por toponimia la villa que mejor debiera ajustar con el tema que hoy nos ocupa. Los autores no se ponen de acuerdo en si el nombre “Cifuentes” es o no es una derivación literal de la expresión latina “centum fontes”, cien fuentes; a uno le parece que sí, que la solución al problema está demasiado clara y que no vale la pena entrar en vanas polémicas. Quizá no sean tantas, o tal vez sean más las fuentes de las que procede el nombre de la villa. Lo cierto es que del cerro del Castillo bajan, por la vertiente que mira al pueblo, tal cantidad de pequeños canales que, reunido su caudal en uno sólo, forman un regato al que se unirá el más importante de los manaderos: la fuente de la Balsa, que surge a grandes borbotones por un lateral al pie del muro. Allí, junto a la vía pública, rodeada de parques y de calles bien transitadas, remansa una de las fuentes más originales de toda la provincia de Guadalajara en un ancho cristal de aguas clarísimas, donde en otro tiempo vivieron y se criaron los alevines y las finas truchas de la Alcarria y hoy navegan una docena de patos blancos. El escape natural de esta especie de laguna interurbana, a la que da lugar en su base el cerro del Castillo, se convertirá a escasos metros de su nacimiento en el río Cifuentes, que después de regar lugares y huertos de aquella comarca, se despeña en cascadas ruidosas poco antes de abocar en el Tajo por las calles de Trillo.
El Sotillo, fecundo lugar de la Alcarria, rico en costumbres, en paisajes y en frondosas nogueras durante los meses de verano, se une a este juego improvisado de fuentes memorables que engalanan nuestro medio rural. La fuente de El Sotillo vierte generosa por sus seis caños a la entrada del pueblo. Cuando su contenido es excesivo, la fuente arroja el sobrante por un caño más, que en el pueblo conocen por “la cabeza del perro”. Sobre el muro de la fuente queda constancia escrita sobre la piedra de que fue montada a expensas del Ayuntamiento en el año 1913, pronto deberán celebrar su centenario.
Pastrana, Ledanca, Valdearenas, Arbancón, Jadraque, Galve de Sorbe, Canales del Ducado, Miedes, Riofrío del Llano, y una veintena de pueblos más, importantes o desiertos, lucen en sus plazas bellos ejemplares de fuentes redondas que con el tiempo han ido adquiriendo la categoría de símbolo local, por cuya estampa los respectivos pueblos se pueden identificar. Es el caso de la fuente pastranera de los Cuatro Caños, la que allá, en la histórica plazuela que lleva su nombre, deja caer hacia los cuatro puntos cardinales cada uno de los chorros que cuelgan de su panza en forma de de copa. Se ha descubierto recientemente la fecha de su construcción, (año de 1588), que si no recuerdo mal viene a coincidir con uno de los años de prisión de la Princesa de Éboli en su propio palacio.
Un encanto singular, más por el servicio que prestan que por lo que con su pobre aspecto pudieran representar a la vista de quienes pasan a su lado, tienen las fuentes camineras, aquellas que brotan donde Dios les dio a entender al borde del camino, ofreciendo al viandante un servicio oportuno y en todo caso eficiente para apagar su sed, la angustiosa sed de los caminantes y de los arrieros para quienes estos solitarios manantiales debieron de ser en tiempo pasado algo así como un rayo de luz vitalizador, en sus largas jornadas a pie de carretera.
No son demasiadas las fuentes camineras de las que en esta tierra nos podemos jactar; no obstante, ¿quién no recuerda con gratitud aquella de las cuestas del Sotillo tan cercana a la capital?, ¿o la umbrosa de las afueras de Yebes, o la que todavía está ahí para servirnos en la carretera de Pastrana al respaldo de Fuentelviejo, o la que con más o menos fortuna, según las temporadas, mana en plena curva bajo el castillo de Jadraque, o la de la Canaleja, en fin, dando ya vistas al pueblecito de Anquela del Ducado cuando el caminante se detiene a descansar mirando hacia el barranco, siempre que se viaja sin demasiadas prisas con dirección a Molina?
Salvo algún que otro caso aislado y muy concreto, las fuentes de Guadalajara están situadas la mayor parte de ellas dentro de una misma comarca, en la tierra arisca y a menudo completo sequedal del campo de la Alcarria. Tierra de sorpresas y de contrastes, esa Alcarria de pintores y literatos que, aunque no lo parezca, es toda ella un enorme laberinto de canales subterráneos por donde corre la vida.
(En la foto "La fuente Blanquina de Brihuega")
El viajero que detiene su coche junto al arcén en la carretera, dentro aún del casco urbano de la villa de Albalate, observa con sorpresa el manar incesante de los caños que vierten a la vez sobre el mismo pilón, a un par de metros por debajo de sus pies. La fuente de Albalate de Zorita es un bello espectáculo sobre el que ajusta todo género de elogios. El viajero, que la contempla atónito junto al bordillo de la carretera también pensó lo mismo. No, en cambio, el anciano encorvado del lugar que camina junto a él buscando el arrullo de los soles y de las sombras de los árboles que caen sobre los bancos a la hora de la siesta.
- Los moros -pasa diciendo sin detenerse-. Aquellos sí sabían lo que se llevaban entre manos.
El viajero desenfunda la cámara y tira algunas fotografías desde diferentes ángulos. La de Albalate es una fuente escultural, fotogénica y de mucho impacto. El viajero se marcha sin enterarse apenas de lo que ha dejado atrás, de la impresionante maravilla de canalización -auténtico trabajo de ingeniería- subterránea que alimenta desde tiempos ya remotos a los ocho, a los doce, a los catorce caños que salen a la superficie. Quién sabe si en otra ocasión y con menos apremios regrese a los llanos de Albalate y se informe de esta maravilla como es debido.
No hace mucho que ha llovido en Brihuega. El presente verano en cuestión de lluvias y de sol ha tenido de todo. Por aquellos lares no se acoge con demasiado deseo el agua de lluvia, excepción hecha de las largas temporadas de sequía de las también sabemos tanto. Los chiquillos de Brihuega disfrutan del fin de semana corriendo en bicicleta por la calle de las Armas, por la plazuela de Herradores, por la calle del Peral. En aquellos rincones de la antigua villa alcarreña suena de continuo el rumor de los doce caños de la fuente Blanquina, rumor de siglos en cuyos pliegues se arroparon las más sugestivas leyendas, fraguadas al amor de la lumbre durante los largos inviernos de la Alcarria, cuando a los hombres con vocación de ascetas les dio por imaginar remotas historias de aparecidos, de amores imposibles, de esqueletos ambulantes bajo el arco de Cozagón, o de encantamientos para lo que Brihuega, por historia y por constitución étnica, fue siempre terreno abonado. En las noches frías de la importante ciudadela, también en las horas insoportables del medio día, cuando en pleno mes de agosto el sol sacude sin piedad sobre aquellas vegas, los doce caños de la fuente Blanquina depositan, todos a la vez sobre el largo pilón del abrevadero, las mejores esencias de una antigua civilización diluida en el correr del tiempo, y que es a la vez la entraña de su pasado judío, cristiano y moro, trenzado sobre el tosco cañamazo que envuelve al valle del Tajuña, siempre a la vera de los lánguidos parajes de la Alcarruela y del Cerro Redondo que viene a caer al otro lado del río.
Cifuentes por su parte -y sin salir del recinto geográfico de la Alcarria- es por definición y por toponimia la villa que mejor debiera ajustar con el tema que hoy nos ocupa. Los autores no se ponen de acuerdo en si el nombre “Cifuentes” es o no es una derivación literal de la expresión latina “centum fontes”, cien fuentes; a uno le parece que sí, que la solución al problema está demasiado clara y que no vale la pena entrar en vanas polémicas. Quizá no sean tantas, o tal vez sean más las fuentes de las que procede el nombre de la villa. Lo cierto es que del cerro del Castillo bajan, por la vertiente que mira al pueblo, tal cantidad de pequeños canales que, reunido su caudal en uno sólo, forman un regato al que se unirá el más importante de los manaderos: la fuente de la Balsa, que surge a grandes borbotones por un lateral al pie del muro. Allí, junto a la vía pública, rodeada de parques y de calles bien transitadas, remansa una de las fuentes más originales de toda la provincia de Guadalajara en un ancho cristal de aguas clarísimas, donde en otro tiempo vivieron y se criaron los alevines y las finas truchas de la Alcarria y hoy navegan una docena de patos blancos. El escape natural de esta especie de laguna interurbana, a la que da lugar en su base el cerro del Castillo, se convertirá a escasos metros de su nacimiento en el río Cifuentes, que después de regar lugares y huertos de aquella comarca, se despeña en cascadas ruidosas poco antes de abocar en el Tajo por las calles de Trillo.
El Sotillo, fecundo lugar de la Alcarria, rico en costumbres, en paisajes y en frondosas nogueras durante los meses de verano, se une a este juego improvisado de fuentes memorables que engalanan nuestro medio rural. La fuente de El Sotillo vierte generosa por sus seis caños a la entrada del pueblo. Cuando su contenido es excesivo, la fuente arroja el sobrante por un caño más, que en el pueblo conocen por “la cabeza del perro”. Sobre el muro de la fuente queda constancia escrita sobre la piedra de que fue montada a expensas del Ayuntamiento en el año 1913, pronto deberán celebrar su centenario.
Pastrana, Ledanca, Valdearenas, Arbancón, Jadraque, Galve de Sorbe, Canales del Ducado, Miedes, Riofrío del Llano, y una veintena de pueblos más, importantes o desiertos, lucen en sus plazas bellos ejemplares de fuentes redondas que con el tiempo han ido adquiriendo la categoría de símbolo local, por cuya estampa los respectivos pueblos se pueden identificar. Es el caso de la fuente pastranera de los Cuatro Caños, la que allá, en la histórica plazuela que lleva su nombre, deja caer hacia los cuatro puntos cardinales cada uno de los chorros que cuelgan de su panza en forma de de copa. Se ha descubierto recientemente la fecha de su construcción, (año de 1588), que si no recuerdo mal viene a coincidir con uno de los años de prisión de la Princesa de Éboli en su propio palacio.
Un encanto singular, más por el servicio que prestan que por lo que con su pobre aspecto pudieran representar a la vista de quienes pasan a su lado, tienen las fuentes camineras, aquellas que brotan donde Dios les dio a entender al borde del camino, ofreciendo al viandante un servicio oportuno y en todo caso eficiente para apagar su sed, la angustiosa sed de los caminantes y de los arrieros para quienes estos solitarios manantiales debieron de ser en tiempo pasado algo así como un rayo de luz vitalizador, en sus largas jornadas a pie de carretera.
No son demasiadas las fuentes camineras de las que en esta tierra nos podemos jactar; no obstante, ¿quién no recuerda con gratitud aquella de las cuestas del Sotillo tan cercana a la capital?, ¿o la umbrosa de las afueras de Yebes, o la que todavía está ahí para servirnos en la carretera de Pastrana al respaldo de Fuentelviejo, o la que con más o menos fortuna, según las temporadas, mana en plena curva bajo el castillo de Jadraque, o la de la Canaleja, en fin, dando ya vistas al pueblecito de Anquela del Ducado cuando el caminante se detiene a descansar mirando hacia el barranco, siempre que se viaja sin demasiadas prisas con dirección a Molina?
Salvo algún que otro caso aislado y muy concreto, las fuentes de Guadalajara están situadas la mayor parte de ellas dentro de una misma comarca, en la tierra arisca y a menudo completo sequedal del campo de la Alcarria. Tierra de sorpresas y de contrastes, esa Alcarria de pintores y literatos que, aunque no lo parezca, es toda ella un enorme laberinto de canales subterráneos por donde corre la vida.
(En la foto "La fuente Blanquina de Brihuega")


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