sábado, 26 de noviembre de 2011

SINGULAR HISTORIA DE LA PRESA DE BOLARQUE


Una inscripción centenaria sobre el muro de la presa informa cómo las obras de la central hidráulica fueron inauguradas por el rey Alfonso XIII el día 23 de junio de 1910. A principios del pasado verano se cumplió el primer siglo de su existencia. De aquel importante momento han quedado algunas anécdotas, tales como el paseo en barca del rey sobre las aguas del pantano, donde no faltó el incidente imprevisto de una avería en el motor de la embarcación y que obligó, tanto al monarca como a los muy distinguidos personajes que le acompañaban, a regresar a remo hasta el punto de partida. Este tipo de sucesos fueron frecuentes en la vida de Alfonso XIII, pues es muy conocida la foto en la que aparece, en su viaje a las Hurdes, conduciendo un automóvil empujado por un pequeño grupo de lugareños. Nadie, ni siquiera los reyes, están libres de pasar por esos trances. Cien años después, fue su bisnieto, el príncipe Felipe, quien se hizo presente en aquel mismo lugar para dar realce, digamos que institucional, a tal acontecimiento ahora felizmente recordado.
            La presa de Bolarque cuenta con un historial poco conocido, pero lo más de interesante. Pensando en su origen hay que situarse en la segunda mitad del siglo XVI, cuando el emperador Carlos I nombró comendador de Zorita a fray Francisco Ortiz, un nombre para la historia, quien fijó su residencia habitual en Almonacid, y al poco de conocer la comarca se planteó la necesidad de convertir en productivas las importantes extensiones de terreno próximas a los cauces del Tajo y del Guadiela, con cuyas aguas podría verse resuelto su proyecto de enriquecer la zona, una antigua aspiración de los vecinos de Almonacid a la que nadie, hasta entonces, se había comprometido en hacer frente.

            La historia de la presa de Bolarque es, sobre todo, un homenaje o un canto a la perseverancia por parte del ya referido comendador, quien a pesar de las continuas dificultades vio concluido su propósito después de casi veinte años y de un sinfín de ejercicios de paciencia y de tesón frente a la adversidad, como de manera sucinta intentaré explicar.
            Previsto y asegurado el importe de los trabajos necesarios para la construcción de la presa, que debería correr a cargo de los vecinos, y contando con los oportunos permisos para realizarlos, se dio comienzo a las obras en el verano de 1569. Un año después una crecida del río, propiciada por la tormenta, se llevó por delante todo lo que se había hecho. Se volvieron a comenzar las obras, y tan sólo tres meses después otra crecida del río les obligó a empezar de nuevo. Era el otoño de 1570.
            El comendador, temple acerado ante la adversidad, no renuncio a su empeño y volvió a ordenar que se iniciasen los trabajos inmediatamente; ahora con el consejo de unos venecianos expertos en este tipo de realizaciones, empleando para arrancar las peñas una importante cantidad de pólvora. Con las mejores perspectivas en esta ocasión, y cuando el esfuerzo se vislumbraba como un éxito, otra riada en la primavera de 1571 arrastró con todo. Operaciones similares y nuevos fracasos, debidos al ímpetu de las aguas, se producirían un año después, cuando los trabajos de la presa se encontraban prácticamente acabadas y un gasto superior a los 1200 ducados. Vuelta a empezar, ahora haciendo uso de gruesos troncos de madera y potentes vigas acarreadas con ese fin desde la Serranía de Cuenca. Las obra se dio por concluidos con una estructura resistente a base de maderas, cal y canto (12 metros de altura y 14 de longitud, aproximadamente). La presa se vio llena por primera vez. Estamos en el año 1577.
            Pasaron algunos años y el furor de las aguas volvió a cebarse como en lo ya vivido años anteriores. El comendador, fijo en su empeño, volvió a emprender de nuevo las labores de reconstrucción, pero en lugar distinto, ahora en la desembocadura del Guadiela sobre el cauce del Tajo. Una obra todavía de mayor envergadura, que vino a costar otros 7.000 ducados. Una vez acabada, el remanso de las aguas llego a alcanzar más de cinco kilómetros desde la presa. Todo un éxito que no tardaría en cruzarse con las hieles de la adversidad una vez más; pues el 3 de diciembre de 1786, la nueva construcción fue arrastrada por las aguas cauce abajo.
            Por fin, en 1587, casi veinte años después de poner por primera vez manos a la obra en el ansiado proyecto, las obras se vieron concluidas feliz y definitivamente. Sirvió de mucho la orientación de un padre carmelita de Madrid, el padre Mariano, perito en ese tipo de empresas. Una nueva aportación de 3.000 ducados y un año más de trabajos. Los campos de junto al río se pudieron regar con nuevas infraestructuras y adecuados canales de distribución, como estaba previsto, y la economía experimentó el alza prevista como consecuencia en los pueblos de la zona.
            Las reformas posteriores han sido continuas, así como la instalación anexa de centrales hidráulicas al pie, que en diferentes periodos se han ido renovando y puesto al día. Pero eso sería tema distinto al que hoy y aquí hemos querido tratar.


lunes, 14 de noviembre de 2011

LA BEATA DE VILLAR DEL ÁGUILA


La lista de personajes curiosos que ha dado el mundo no tiene fin, y éste debió de ser en su tiempo y lugar uno de los que haya dejado una huella más profunda para la posteridad.

            Nos referimos a una labradora del pueblo de Villar del Águila, provincia y diócesis de Cuenca, que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII, y de nombre Isabel María Herráiz; la que ha pasado a la historia con el bien conocido apelativo de la Beata de Villar del Águila.

            A la infeliz mujer no se le ocurrió nada mejor que considerarse -según ella por revelación del propio Jesucristo- como materia eucarística, es decir, que en su cuerpo se había producido la transustanciación propia del Sacramento, de manera que su persona, su carne y su sangre, no eran otra cosa sino la carne y la sangre de Jesucristo.

            Produce cierto sonrojo sólo pensar que estas cosas ocurriesen, y que además trascendiesen en nuestro país en un periodo tan avanzado de la civilización; y sobre todo que fuesen admitidas no sólo por la humilde masa del campesinado, sino por otras personas de mayor cultura entre las que no faltaron varios eclesiásticos y algunos religiosos, los cuales, con mejor o peor intención, entraron en el juego hasta el punto de venerarla y adorarla con culto de latría, o sea, con el culto qué sólo se da a Dios. Fue sacada en procesión por las calles y por el interior de la iglesia con velas encendidas, incensada como se inciensa a la Sagrada Hostia en el altar, y recibiendo a su paso las genuflexiones y reverencias que sólo se rinden a la divinidad

            Eran tiempos los suyos en los que hechos como estos podían y solían ocurrir, contando incluso con el respaldo de una parte considerable del respaldo popular; pero eran tiempos también en los que este tipo de osadías se castigaban con el mayor rigor, casi siempre con excesivo rigor, obligando a sus autores a pasar por el filtro inapelable del Tribunal de la Inquisición, del que Isabel Herráiz no se pudo librar, más si se tiene en cuenta que la popularidad que el hecho había llegado a adquirir, traspasó los límites de la Diócesis.

            Iniciado el proceso por el obispo Palafox, las Beata de Villar del Águila fue presentada ante el Tribunal de la Inquisición de Cuenca que, como cabía esperar, dictó sentencia condenatoria; por lo que fue llevada a prisión, donde fallecería poco después por enfermedad sin haberse visto acabado el proceso.

            Una estatua de la Beata fue quemada en público, y tras su muerte se tomó el acuerdo de que recibiera sepultura bajo los escalones de entrada de la iglesia de San Pedro, en la Cuenca alta, sita junto al Tribunal de la Inquisición, para que fuese pisada por los fieles al entrar y salir del templo. Tanto el cura de su pueblo como algunos religiosos acusados de complicidad, fueron desterrados a las Islas Filipinas.

(En la fotografía: Portada de la iglesia de San Pedro en Cuenca)

viernes, 11 de noviembre de 2011

LA LEYENDA DE LA REINA CLOTILDE


Existe una vieja tradición por la que sabemos cómo un paraje muy concreto de la comarca alcarreña pudo servir de escenario en el que tuvo lugar uno de los acontecimientos, no demasiado conocidos, de la historia medieval de la vieja Europa. Así se contó entre las gentes hasta su práctica desaparición en el decir popular, y así lo contamos como uno más de los novelescos aconteceres ocurridos en un lugar de la Alcarria.
    

            Desde luego que sí, que a la Historia como maestra de la vida hay que tratarla como merece ser tratada, y a la leyenda, que viene a ser su sombra, también según su merecimiento; pero sabiendo distinguir la una de la otra. La Historia está garantizada por documentos reales y verídicos, de papel o de piedra; la leyenda, en cambio, carece de ellos y flota en el decir de la gente de generación en generación sin una base sólida. No es lo mismo hablar de un hecho ocurrido en el pasado, por muy lejano que éste sea, pero que se puede demostrar documentalmente, que hablar o escribir de sucesos pretéritos ajustados en el tiempo, con nombres de personas reales a veces, ficticias otras, puro producto de la imaginación, a las que les falta la fuerza documental de lo fiable, el apoyo seguro sobre el que dejar caer el peso de los siglos que todo lo borran, o al menos lo nublan y lo oscurecen. La leyenda de la reina Clotilde en tierras de Guadalajara tiene un aliado en la tradición oral, pero se encuentra huérfana de un documento acredita­tivo que de ello de fe. Así que, consciente de esa importante deficiencia, lo paso a contar.


La leyenda

            Pues sucedió que allá por la segunda o tercera década del siglo VI, un rey visigodo de origen germano llamado Amalarico -nieto de Teodorico II, su antecesor en la complicada lista de reyes de aquel tiempo, hombre feroz, inteligente y astuto-, casó por conveniencias y pactos de nobleza con Clotilde, hija de Clodoveo y hermana de Childeberto, rey de los francos de París, a la sazón enemigos acérrimos del pueblo visigodo que hasta entonces, y aun después, habían sido los dueños y señores de los territo­rios que siglos atrás constituyeron el Imperio Romano, entre los que se encontraban, como sabido es, la propia Francia, Italia y España. Pues bien; el matrimonio por conveniencia entre Amalarico y la princesa Clotilde, no sólo fracasó en su intento de unir a dos dinastías extranjeras, entre las que había existido un odio visceral y permanente, sino que fue motivo de ruptura encarniza­da, dado que Amalarico -arriano de creencias, que había transigi­do con los católicos hispanorromanos en el terreno de la política- se mostró brutalmente intransigente con Clotilde, su mujer, ferviente católica, quien en modo alguno y aun a costa de su vida, quiso aceptar las ofertas heréticas de su marido ni ceder ante sus crueles presiones. Según el relato de un cronista de aquel tiempo llamado Gregorio de Tours, la princesa, como prueba evidente del mal trato que venía recibiendo de su esposo y rey, envió a su hermano Childeber­to en cierta ocasión un pañuelo empapado con su propia sangre, lo que fue bastante para que el rey de los francos, al saber la noticia y sospechar de su significado, acudiera inmediata­mente a vengar a su hermana, como así fue, venciendo al cruel Amalarico cerca de Narbona. El rey visigodo, derrotado y perseguido, huyó lo más lejos que le fue posible, pero no le sirvió de nada, pues fue capturado y asesinado en Barcelona el año 531.

            Se dijo que alguno de aquellos enfrentamientos habidos entre los esposos, en los que siempre salía perjudicada la parte más débil, trajo como consecuencia fatal el destierro de Clotilde.  Amalarico ordenó que la dejasen sola y abandonada en unos bosques perdidos -sin otra compañía que las fieras y las alimañas- que por entonces ocupaban las tierras próximas al río Guadiela, en lo que ahora son los campos colindantes con el pueblo de Córcoles, en la Alcarria. Su esposo el rey, a falta de otros argumen­tos, dado el cúmulo de virtudes que a lo largo de toda la vida adornaron a su mujer, se le ocurrió acusarla de adulterio, a sabiendas de que nadie podría defenderla con pruebas convincentes, y sí en cambio, alimentar la calumnia con testigos falsos pagados por él. Y allí la dejó, sin otro amparo que el sobrenatural merecimiento de su impecable condición de mujer honesta que, desde luego, no le faltó en aquella larga temporada de prueba.

            La curiosa leyenda de la reina Clotilde la refieren algunos autores de la antigüedad y ha venido prevaleciendo, aunque un poco olvidada, entre las gentes de la Alcarria.

            Dejamos a la infeliz protagonista de nuestra historia dónde y como la tradición nos la presenta: desnuda y atada a un árbol a la espera de que el frío, el hambre, la desesperación o las garras de las fieras, acabasen con su vida a poco tardar. Mas no fue así, sino más bien todo lo contrario al infame proyecto de su esposo el rey. Las alimañas y los animales salvajes de la comarca se encargarían de soltarle las ataduras, de proporcionarle alimentos y de regalarle vestido con la piel de otros depredadores muertos. Se encargarían así mismo de su seguridad en tanto que la luz se hiciera ver, y la justicia y la verdad resplandeciesen sobre el horror y la calumnia. Y resplandecieron; y los ejércitos franceses de su hermano en armas derrotaron al cruel Amalarico y le dieron muerte, como ya se ha dicho, por la intercesión de la Madre de Dios a la que ella había invocado en tan penoso trance y de la que era gran devota.

            Se ha dicho que la Virgen le pidió que se edificase en aquel mismo lugar una ermita o pequeño santuario en su memoria para conmemorar el portento. Y se construyó la ermita, y allí acudían con frecuencia enfermos afectos de rabia, de melancolía y de mal de corazón, que se iban viendo curados según su propia fe en aquella primera ermita a la que ya por entonces comenzaron a llamarle de Monsalud. Fue una primera ermita, sí, porque algunos siglos más tarde, y con el apoyo del rey castellano Alfonso VIII, lo que en aquel mismo lugar se erigió fue un formidable monasterio cisterciense, que muy pronto se llegaría a convertir, tal vez por la impactante impresión de la leyenda, o quizás por la misma fastuosidad del edificio, en sitio habitual de peregrinaciones y de romerías, famoso en aquellas tierras y por otras más alejadas de la comarca en las que cundió la fuerza sobrenatural del ya viejo suceso.


El monasterio

            El monasterio de Monsalud es hoy uno de los grandes hitos del pasado histórico y religioso de las tierras de Guadalajara. Es muy probable que fuese la leyenda de la reina Clotilde el origen de todo cuanto se hizo y se levantó en torno a aquel lugar. Dentro de sus muros deseó el rey Alfonso que se retirasen a descansar y a mentalizarse en espíritu de victoria, perdido casi por completo después de los desastres de Alarcos, la cabecera de la Orden de Calatrava antes de emprender la marcha hacia Las Navas de Tolosa, donde el rey de Castilla se apuntaría una de las mejores bazas que durante la Reconquista se ganaron al invasor musulmán.

            El monasterio de Monsalud, desde su fundación hasta el siglo XIX en el que fue obligado a atenerse a la ley de Desamortización, a sus órdenes y consecuencias, estuvo habitado por los monjes de San Bernanrdo, de los que pasado el tiempo prevalece viva huella sobre la piedra conventual en formas y en imágenes. Si bien su inicio se llevó a cabo hacia el último tercio del siglo XII, se fue completando hasta su conclusión en siglos posteriores, por lo que en lo que todavía queda de él se puedan comprobar formas románicas, ojivales, clasicistas, y sobre todo el recuerdo latente del espíritu monástico que se advierte dentro de sus muros. 

            La mano bienhechora del restaurador llegó últimamente a poner en orden, dentro de lo que ha sido posible, las viejas piedras de Monsalud. Por lo menos se ha conseguido que no fuera cundiendo el deterioro. Las gentes acuden por allí de tarde en tarde buscando las formas románicas de las arcadas y de los capiteles, la severa tranquilidad de los claustros, la solemne crucería de sus bóvedas... Pocos, muy pocos van hacia más allá en el tiempo, aunque la fuerza de la leyenda continúa moviéndose por encima de las ruinas cistercienses de Monsalud.

            La reina Clotilde es desde hace siglos una de las santas de la Iglesia. Ignoro si el sonado milagro de su liberación y custodia por los osos, frecuentes en aquellos tiempos por los campos y serrezuelas de la provincia, los lobos feroces y los zorros de la Alcarria contó a la hora del proceso. En todo caso ahí está. “Si non e vero, e ben trobato” Si no es verdad, es bonito. Cosas más difíciles se han visto en tiempos pasados que incluso la Historia suele avalar. En esta tarde tibia, de uno de los últimos atardeceres del me de octubre, las piedras de Monsalud se doran con el sol poniente. Por las veguillas de la Hoya del Infantado el mundo vive en paz, es todo silencio.

(En la fotografía: detalle interior del monasterio de Monsalud en la actualidad)

lunes, 24 de octubre de 2011

UN PASEO POR LA CUENCA ANTIGUA (Continuación)


            Justamente detrás, en el espacio que hay entre esta pina subida y el angosto callejón de los Artículos, está la añosa iglesia de San Andrés, castigada cuando la Guerra Civil, pero que todavía tiene para ofrecer, pese a su extrema pobreza, una hermosa portada de principios del XVIII, donde lo barroco se mezcla con lo neoclásico en una combinación sencillamente admira­ble. Alguien pensó en dedicar esta iglesia de San Andrés a museo de la Semana Santa conquense.

            No lejos de donde ahora estamos ‑la primera de ellas en la confluencia de la calle Andrés de Cabrera con Alfonso VIII, y la segunda en el callejón que lleva su mismo nombre‑ nos interesan todavía las iglesias de San Felipe y de San Gil. Al templo de San Felipe Neri se sube por unos escalones con barbacana. Atendieron esta iglesia después de la Guerra Civil los padres Oblatos, hasta algunos años más tarde que abandona­ron la ciudad. Fue construida hacia el año 1739 a expensas de don Alvaro Carvajal y Lancaster, quien para ello se dice que hubo de vender hasta los colgantes de su cama. Se sabe que en su tesoro artístico contó con pinturas de Alonso Cano y alguna talla de Salzillo. Ahora, restaurada y co­queta, la iglesia de San Felipe recuerda en su interior aquellos flamantes salones palaciegos del arte rococó. 

            La que fue parroquia de San Gil Abad está situada según descendemos por la calle de Caballeros. Nos anuncia su empla­za­miento la cancela por la que se entre a un jardín semiaban­donado. La cancela de San Gil tiene la forma de un arco de triunfo, le­vantada con buen sillar allá por los años finales del siglo XVII. La torre de la parroquia y la que debió ser su bella portada sobreviven malamente a los azotes del tiempo y del desinterés.

            Es casi todo aún lo que nos falta por ver de esta Cuenca empinada que sube hasta la catedral. Vamos a recrearnos en la recia y castellana estampa de la calle de Alfonso VIII, te­niendo muy en cuenta que las casas de cuatro y de cinco plan­tas que aquí vemos, andan medio suspendidas en su parte trase­ra sobre la Hoz del Huécar. Se trata de uno de los ejemplos claros de arquitectu­ra vertical que distingue a esta ciudad de cualquier otra del mundo. La calle de Alfonso VIII termina en la Anteplaza, bajo los arcos del Ayuntamiento que dan paso a la Plaza Mayor.

            Sin entrar por el momento en la Plaza Mayor, lo que ya se hará a su debido tiempo, vamos a dedicar unos minutos a reco­rrer la plazoleta de la Merced, o del Seminario, y a contem­plar in situ el segundo de los símbolos que tiene la ciudad ‑el primero son las Casas Colgadas‑, es decir, la torre de Mangana.

            Al Seminario Conciliar de San Julián, se llega por un es­trecho callejón en cuesta que queda al respaldo de la Antepla­za. La portada barroca del Seminario, exquisita en ornato, compite con su vecina de la Merced, si bien en ésta las formas propias del arte barroco se ven menos acentuadas. Parece ser que, antes de que los monjes mercedarios abandonasen Cuenca en el pasado siglo, hubo en este convento de su Orden lienzos del Veronés, de Morales, de Mengs, y algunos más atribuidos a Goya. La iglesia de la Merced se construyó hacia el año 1684, sobre el mismo solar en que antes estuvo el palacio familiar de los Hurtado de Mendoza. De su pasada grandeza permanece para la posteridad el magnífico rincón de la plazuela de la Merced, uno de los más completos e interesantes de la capital.

            La torre de Mangana surge como fondo a la calle que dicen del Canónigo Ayala, lateral al edificio del Seminario. Parece haber constancia de que sobre sus almenas llegó a tener una máquina lanzapiedras, o fundíbulo, para defender desde la altura los accesos a Cuenca. Se trata de un esbelto torreón de piedra que domina desde su explanada a la ciudad entera. Antiguamente, al tañido de la campana de esta torre, se ponía en sobreaviso a los conquenses ante cualquier eventualidad o peligro; luego se le colocó un reloj que va cantado, de día y de noche, las horas amables y las menos gratas de la vida de Cuenca. Como detalle perdurable del antiguo alcázar árabe, su origen es bastante im­preciso. Se ha modificado su estructura en alguna ocasión y, desde luego, su color varias veces. Desde la explanada de Mangana se divisan impresionantes vistas de los distintos barrios y de los alrededores de la capital.

            Terminaremos este apretado recorrido por la "Cuenca en puntillas" asomándonos, a través de una puerta en ojiva que hay en la Anteplaza, a la Bajada a San Miguel, dando vistas a la Hoz del Júcar. A esta escalinata se llamó en principio Cuesta de la Merced, nombre que el tiempo fue borrando capri­chosamente, y cambiando por el que ahora tiene, es decir, Bajada a San Miguel,  precisamente porque a su través se accede hasta la iglesia, romá­nica en origen, dedicada al arcángel. En este templo de extramu­ros recibieron sepultura los famosos orfebres conquenses de la familia Becerril, y se han dado en repetidas ocasiones varios de los conciertos de la Semana Internacional de Música Religiosa. el conjunto de viviendas que dan con sus espaldas en este rincón de la ciudad alta, viene a ser, como en otros vericue­tos conquen­ses, un desafío a las leyes más elementales del equili­brio, un grito de conquista sobre algo que en buena lógica resul­taría increí­ble.

(En la fotografía: El Júcar desde el Puente de San Antón. Al fondo el Seminario Mayor y la torre de Mangana)

jueves, 20 de octubre de 2011

CALLES DE PASTRANA

    
        Señora y bien señora lo es de todas las Alcarrias. Pastrana. La Villa de los Duques. La que se introdujo en las páginas de la Historia impulsada por dos nombres de mujer: Ana y Teresa. Todavía recuerdo a Pastrana, caminando por aquella encrucijada de calles cuestudas en cualquiera de sus barrios, eran aquellos tiempos, antiguos como ella, en los que se vieron envueltos dentro del complicado juego de la vida diaria, hombres y mujeres de las más distintas procedencias, de diferentes credos, de razas dispares, todos ellos comprometidos en una misma empresa: la de embellecer la villa al amparo de sus señores duques.
            Ana y Teresa. Ana la de Mendoza, la de Éboli, un carácter de bronce irresistible; una mujer que había nacido para sembrar la discordia por donde pisaran sus pies, y, sobre todo, había nacido para sufrir, para ser víctima de las circunstancias, de sus propias circunstancias, desde que fue niña.. Y Teresa de Jesús, Teresa la Grande, demasiada Teresa para haber nacido mujer y para ser santa, maestra de espiritualidad donde las haya habido, insigne doctora de la Iglesia, renovadora eficiente de la Orden del Carmelo, “fémina inquieta y andariega”, y mujer de dios sobre todas las cosas.
            La sombra de estas dos damas, a las que la casualidad quiso poner frente a frente, precisamente aquí, se mece de día y de noche sobre Pastrana como latido de su viejo corazón de Señora de la Alcarria.

            Hay que descubrirse, amigo lector, antes de entrar en Pastrana. A la Villa Ducal conviene acercarse con el corazón repleto de buenos propósitos y con el alma limpia de toda perversa inclinación. Pastrana es una ciudadela que tiene la virtud de enamorar a quienes a ella se acercan con el ánimo libre de prejuicios. Los romanos la llamaron Palaterna allá por tiempos del Imperio, y Paterniana después. Durante los cuatro o cinco primeros siglos de nuestra era, Pastrana debió de ser una ciudad distinguida, de la que quiere la tradición que fuese San Avero su primer obispo allá por los años medios del siglo quinto.
            Un largo silencio en el correr del tiempo nos pone en 1174, año en el que el rey Alfonso VIII de Castilla dona a la Orden de Calatrava el castillo de Zorita, y con él todas sus tierras y sus caseríos anejos, entre los que se contaba Pastrana. Algunos siglos mas tarde el emperador Carlos I la vendió a doña Ana de la Cerda, viuda a la sazón de don Diego de Mendoza, conde de Melito, con lo que comenzaría a resplandecer para tiempos venideros por aquellos lares una nueva estrella de la constelación Mendocina. En el año 1569, una nieta de su compradora, doña ana de Mendoza y de la Cerda, “Princesa de Éboli”, y su esposo Ruy Gómez de Silva, consiguieron del rey Felipe II el título de Duques de Pastrana, lo que les dio la oportunidad de emprender de inmediato la urbanización y el embellecimiento de la villa sin reparar en gastos, para lo que les fue necesario buscar donde los hubiere a los más diestros peritos en el arte de la ornamentación y del tejido, mozárabes en su mayoría, que se fueron estableciendo en el barrio morisco del Albaicín.

            La costosa puesta en pie del palacio de los duques es una muestra palpable del gusto exquisito, a la vez que del poder económico, de sus primeros duques, y muy en especial de doña ana de Mendoza, la Princesa, mujer de complicado carácter a la que el tiempo se encargó de acrecentar sus ya abultados defectos y de juzgar con injustificable parcialidad. El arzobispo Fray Pedro González de Mendoza, hijo de los Príncipes de Éboli, emprendió allá por los albores del siglo XVII la ampliación de la actual Colegiata, con el doble fin de convertirla en un templo digno dedicado al culto, y en panteón familiar para él y para sus padres, a los que amó y admiró con reverencia.

Los tres barrios de Pastrana
            Por cualquiera de las calles de Pastrana se respiran al pasar los viejos aires de la España del Renacimiento. “Pastrana recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo, y algunas veces, a Santiago de Compostela”, dejó escrito como primera impresión de la villa en su primer viaje por la Alcarria C.J.Cela.
            Son tres, contados y diferentes, los barrios los barrios que recuerdan al visitante la vida española en la Castilla del siglo XVI, tal como fue o como nosotros nos la imaginamos: Albaicín, Palacio, y el viejo barrio cristiano de San Francisco, que tiene como culmen la voluminosa fábrica de la Colegiata.
            En el barrio de Palacio queda abierta, mirando a todos los soles de la Alcarria, la Plaza de la Hora, con sólo tres caras y una potente barbacana que da vista hacia la vega del Arlés. El nombre de esta señorial plaza, le viene dado por haber sido una hora cada día el tiempo que a la desdichada Princesa de Éboli se le permitía contemplar el mundo desde la famosa reja que todavía existe; y así durante largos años de prisión en su propio palacio, que hubo de cumplir por expreso mandato del rey Felipe II hasta el día de su muerte. Del barrio de Palacio sale bajo arco la Calle Mayor hasta la plazuela de la Colegiata.
            El Albaicín, como antes se ha dicho y es fácil adivinar por su nombre, es el barrio morisco, el barrio en el que residieron los granadinos acarreados por los primeros duques para instalar en la villa la industria de la seda. Fue el barrio de los tejedores y de los artesanos, cuyo producto, hasta bien entrado el siglo XVIII, gozó de justa estima en los mercados de toda la península y de ultramar. No faltan quienes aseguran que “Las Hilanderas” de Velázquez representan un telar del viejo bario morisco de Pastrana.
            El Albaicín se encuentra al noreste de villa, separado del resto de la población por la carretera que baja hacia la vega. Al volver de una curva, con su galana estampa de piedra sillar mirando al saliente, se encuentra la recia mansión, dos veces centenaria, de Moratín. El autor de la “Comedia nueva” pasó largas temporadas en Pastrana. Su abuela paterna, doña Inés González Cordón, dama bellísima, hija de modestos labradores, era natural de Pastrana. Se dice que don Leandro Fernández de Moratín escribió en su casa de la Alcarria “La Mojigata” y una buena parte de “El sí de las niñas”.
            En el barrio de San Francisco destaca como edificio principal el de la iglesia Colegiata. Es el barrio con más sabor a siglos que tiene la villa. Muy cerca de la plazuela de la Iglesia y del Ayuntamiento está la Plaza de los Cuatro Caños, nombre que le presta su fuente en forma de copa estriada de la que penden cuatro chorros sobre un pilón octogonal de piedra labrada. Hasta hace muy poco se creyó que la fuente de los Cuatro Caños era obra dieciochesca, pero en la reciente restauración se ha descubierto, y así queda a la vista de todos inscrita sobre la piedra del pilón, la de 1588 como año de su construcción, lo cual viene a despejar al respecto todas las dudas. Cuenta la tradición que en una de las más antiguas viviendas –ahora restaurada- de esta típica plaza, habitó durante algún tiempo la reina doña Berenguela de Castilla, madre del rey Fernando III el Santo.
            Y a partir de aquí callejones perdidos en cuesta, aleros envejecidos que casi se tocan, dejando entre su oscuro maderaje un simple firlacho de luz por el se cuela el cielo azul de la Alcarria, sin permitir siquiera que el sol llegue a besar las piedras del pavimento. Esquinas con la señal acaso de candilejas que alumbraron, en las noches de lejanas centurias, alguna cruz de palo o el nicho sombrío donde los antiguos colocaron a devoción, como protector de sus vidas y de sus hogares, la imagen de algún bienaventurado. En la Calle de la Palma luce su portada de dovelas la Casa de la Inquisición, con escudo incluido; y en la del Heruelo la Casa de los Canónigos, y a cuatro pasos de allí la del Dean, mientras que el Callejón del Toro llega en vertiente hasta la Plaza de la Hora.
            Por todas partes, aunque la villa poco a poco va cambiando de aspecto, la presencia viva de otros siglos, hecha recuerdo en casonas anónimas y en conventos donde el tiempo, desde los años de su pasado esplendor, parece haberse detenido para siempre.

Los monumentos
            Es ahí, en sus monumentos, donde se manifiesta de manera más real el poso de las glorias pasadas. El Palacio Ducal, ahora restaurado y para tantos desconocido; la Iglesia Colegiata, con su famosa colección de tapices flamencos -la más importante del mundo en estilo y época-, y la cripta enterramiento de varios de sus duques; el Convento Franciscano, antes de Carmelitas, fundado por Santa Teresa, dedicado hoy a menesteres bien distintos, quedan ahí para hablar de ellos en otra previsible ocasión. En ésta es el alma silente de Pastrana, sus calles y sus rincones más característicos, los que nos han entretenido el tiempo y el espacio del que disponemos.            

sábado, 15 de octubre de 2011

UN PASEO POR LA CUENCA ANTIGUA



Un paseo a pie, naturalmente. En Cuenca, debido a la enorme cantidad de motivos que así lo requieren y a la curiosa configuración de sus más pintorescos rincones, no es aconsejable caminar de otro modo.

Como es de pura lógica el suponer que nuestro imaginario compañero de viaje que visita Cuenca por primera vez pudiera estar situado en medio del tráfico ciudadano de Carretería, es decir, perdido en la calle de las tiendas sin saber qué hacer ni hacia adonde dirigirse, yo le aconsejaría que siguiese por cualquiera de las dos calles la de Gil de Albornoz o la de Alonso Chirino que le llevarán en seguida hasta el Parque de San Julián. Se trata de un amable rinconcito de recreo al aire libre; un rectángulo geométricamente perfecto, distribuido en umbrosos paseos con una ancha plazuela central que acoge en su justo medio un templete para las actuaciones veraniegas de la banda de música. El Parque de San Julián, con sus cómodos bancos y sus fuentes de agua primeriza, fue y sigue siendo el lugar de descanso al que han acudido, durante muchas genera¬ciones, los más ancianos y los más tiernos de los habitantes que tuvo y que ahora tiene la ciudad.

Con sólo atravesar un estrecho pasadizo, que queda disimulado a la altura del ángulo izquierdo al otro lado del parque, se llega a la calle de Los Tintes, sin duda, una de las más características y sugerentes que tiene Cuenca. Como ya anuncia su nombre, en esta calle estuvieron instalados, durante los siglos XVI y posteriores, los talleres de tintorería de la ciudad, en donde se daba color cada año a cientos de miles de toneladas de lana, con destino a los tapices que por aquellos tiempos hicieron famosa a la indus¬tria conquense en esta especialidad. Resultaban admirables los tonos amarillos y ocres, conseguidos a base de azafrán y de otras plantas teñidoras que solían darse en las vegas del río Moscas. Entre las casas y los sauces de la calle de Los Tintes baja desde la Puerta de Valencia, arrastrando a menudo sobre el cemento su escaso caudal, el río Huécar. Por un puente escalonado que cruza sobre el río, abocamos por debajo de las casas a la recoleta Plaza de las Escuelas, o del Cardenal Payá. A nuestra derecha vemos cómo se dan la mano los tejados de la calle de La Moneda, mientras que a nuestra izquierda nos espera, no lejos, la que en otro tiempo fuera casa del Pósito Real, más conocida por El Almudí, obra representativa del renacimiento conquense, sobre cuya arcada en suave sillería almohadillada, se luce en antiguos mediorrelieves el escudo de la ciudad.

Con marcada inclinación desde estos inicios de la escalada por la ciudad, damos ahora con la calle de la Esperanza, donde se encuentra la fachada principal del convento de monjas Benedictinas Benitas, las llaman los conquenses bajo la advocación de Nuestra Señora de la Contemplación. Más arriba queda, detrás de una verja, un rincón con espadaña que se corresponde con el del antiguo Hospital de Todos los Santos.

Al lado mismo, ya casi en la Plazuela del Salvador, aparece, recia y severa, enmarcada por jambas y dintel de buena sillería, la portada de la casa curato de la parroquia del Salvador, sobre la que pervive el elegante escudo en piedra de los Valdés, familia conquense de la que salieron dos de las más destacadas celebridades del humanismo español en el mundo de las letras y del pensamiento: Juan y Alfonso de Valdés, el primero de ellos autor del famoso "Diálogo de las Lenguas".

Llegamos, pues, a la parroquia del Salvador. Antes que la ciudad se extendiese por la zona baja, fue la del Salvador la principal parroquia que tuvo Cuenca, aparte de la Catedral, naturalmente. La portada, según sacamos en consecuencia a primera vista, data de los tiempos de transición entre el arte del Renacimiento y el Barroco; cierra en doble hoja recubierta y se adorna en fortísimos herrajes y clavetería trabajados en las ya desaparecidas fraguas de Cuenca. Sobre el conjunto parroquial, y sobre todo el barrio, destaca su curiosa torre de campanario apuntado, fuera de todo estilo, con tres cuerpos, siendo el segundo de ellos el que muestra en cada cara elegantes ventanales con parteluz, mientras que el chapitel señala al cielo elevando en la cúspide una artística cruz de hierro. En el interior de la iglesia hay una sola nave con siete capillas laterales; en algunas de estas capillas se guardan durante todo el año varias de las imágenes procesionales de la Semana Santa. El retablo mayor, de clara intención renacentista, es todo un monumento en proporciones y en interés; seis enormes columnas estriadas con capiteles corintios delimitan las diferentes hornacinas en donde se muestran buenas tallas de evangelistas, de santos mártires y de confesores de la fe.

Si dejando atrás la iglesia del Salvador, subimos pegados a las verjas del jardín por la calle Solera, acabaremos al pie mismo de un rincón la mar de original; se trata de la calleja escalonada que llaman de la Madre de Dios, descubierta hace tan sólo tres o cuatro décadas. Es preciso subir hasta el último peldaño para sentir en los ojos, en el corazón y también en las piernas, el gozo y la tragedia de la "ciudad en volandas" de la que habló don Federico Muelas, el poeta de Cuenca. Como ofrenda final, ahí queda, estática encima de su peana esquinada, la bella imagen en piedra de la Madre de Dios que, allá por los años cincuenta, sacó de su cantera el escultor conquense Fausto Culebras. (Seguiremos otro día)

(En la fotografía, "El río Huécar por la Puerta de Valencia")



jueves, 6 de octubre de 2011

LA UNIVERSIDAD DE SIGÜENZA

La ciudad de Sigüenza con una de las universidades más prestigiosas y más conocidas del siglo XVIII. Tuvo como predecesor aquel importante centro cultural al antiguo Colegio Jerónimo de San Antonio de Portacoeli, sito en los arrabales de la ciudad al otro lado del río, y que había sido fundado en el año 1746 por el canónigo y arcediano de Almazán don Juan López Medina.

Fue instituida como Universidad en 1489, mediante bula otorgada por el Papa Inocencio VIII a petición del Cardenal don Pedro González de Mendoza, en abril de aquel mismo año. En ella se concedieron los grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor, primero en Artes, Teología y Cánones, y más tarde también en Filosofía y Lógica. Ya a mediados del siglo XVI (año 1551) se crearon las facultades de Derecho Civil y Canónico, así como la de Medicina. Fueron notables durante aquellos años algunos profesores de la Universidad Seguntina, tales como el propio Fray José de Sigüenza, Pedro Ciruelo que enseñó Filosofía, Pedro Guerrero maestro en Teología, y Juan López de Vidania que fue el primer catedrático de Medicina que tuvo la Universidad.

Con el siglo XVII comenzó el retroceso en aquel prestigioso centro universitario. Se intentó cambiar el lugar de su emplaza¬miento (de extramuros al centro de la ciudad) como así se hizo; la calidad de la enseñanza comenzó a desmerecer y a quedarse anticuada; por falta de alumnos se hubieron de suprimir las facultades de Derecho y Medicina en 1771; se crearon nuevos colegios en su entorno (San Martín, San Felipe, San Bartolomé) que fueron asumiendo parte de las disciplinas que en ella se impartían; y así hasta la reforma de 1807 que acabó con ella. Años después, se intentó reavivar de nuevo la llama de sus recuerdos universitarios, volviendo a la apertura de algunas de las clases como un simple Colegio Mayor, para llegar a la clausura definitiva en el año 1837.

En memoria de aquella antigua condición de ciudad estudiantil, en nuestros días la Universidad de Alcalá ha constituido a Sigüenza como sede de sus famosos cursos de verano, que cada año se vienen desarrollando con gran éxito.