jueves, 20 de enero de 2011

GALERÍA DE NOTABLES (V): FERNANDO MUÑOZ

Uno de los personajes de nuestra Historia Nacional que más juego hubiesen dado hoy en las revistas del corazón, fue Agustín Fernando Muñoz Sánchez, nacido en Tarancón el 4 de mayo de 1808, quien, por aquellas de la vida paso a ser, de hijo de un humilde comerciante de su pueblo natal, a Duque de Riánsares, con una docena larga de títulos más, tanto de dentro como de fuera de nuestro país, y esposo de reina.
Por influencias casuales de tipo familiar en la Corte -pues su abuela paterna había sido nodriza de una hermana del rey Fernando VII- nuestro hombre, figura destacable por su gallardía, consiguió situarse en la corte como Guardia de Corps, al servicio de la reina María Cristina en su escolta personal.
Tan sólo habían pasado tres meses de la muerte del rey, cuando la joven reina, fijándose en él, un día le preguntó: -¿No os cansáis de la dureza del servicio? A lo que el gentil taranconero le respondió: - En servicio de Vuestra Majestad no puedo cansarme nunca.
Solía contar tiempo después una de sus nietas, que saliendo de paseo en carroza por los jardines del Buen Retiro: “El coche se metió en un bache, y la reina se golpeó la nariz. Cuando empezó a sangrar pidió un pañuelo a su dama de compañía, pero la señora no tenía uno a mano. Fernando, que cabalgaba al lado, se aproximó y le ofreció galantemente el suyo”. La reina viuda tenía 27 años, y Fernando Muñoz 25.
Son tantos más los detalles que se contaron sobre el mal disimulado afecto de María Cristina de Borbón hacia el Guardia de Corps, que todo cristalizó muy pronto en boda. Contrajeron matrimonio morganático secreto, del que sólo dieron cuenta al gobierno y a algunos miembros de la familia.
Debido a la minaría de edad de Isabel II (sólo 3 años), la hija que había tenido en su matrimonio con Fernando VII, María Cristina ejerció la regencia hasta 1840, año en el que leyó su renuncia al trono ante la Corte.
Durante sus años de regencia, la reina fue combinando su función de reina con los sucesivos embarazos que procuró disimular inútilmente; pues muy pronto se hizo popular en toda España aquella copla que alguna vez hemos encontrado perdida en las páginas de la Historia:

Clamaban los liberales
que la reina no paría,
y ha parido más Muñoces
que liberales había.

Fue el suyo un matrimonio feliz. Se amaron mucho. Cristina dio a luz ocho hijo de Fernando Muñoz. Once años después de su boda privada la volvieron a celebrar públicamente. A Fernando Muñoz se le honró con un sinfín de honores: el Toisón de Oro, condados, ducados y marquesados por doquier; hasta se le ofreció la corona de Ecuador por las autoridades de aquel país, que él rechazó. Prefirió, a cambio, promover varias empresas por toda España, alguna de ellas relacionada con la red de ferrocarriles.
Murió en Le Havre (Francia) en septiembre de 1873. Sus restos fueron traídos a España para ser enterrados en uno de los dos sepulcros que habían mandado construir en la ermita patronal de Nuestra Señora de Riánsares de Tarancón, donde poseían un pequeño palacete al que solían asistir algunas veces con sus hijos. En el otro sepulcro, jamás llegaron a estar los restos de María Cristina; pues como reina y madre de reina que fue, a su muerte fueron trasladados a El Escorial, donde se encuentran en el Real Panteón del monasterio.

viernes, 14 de enero de 2011

OBISPOS DE LA DIÓCESIS DE SIGÜENZA



Como diócesis antigua que es, la de Sigüenza ha contado con obispos de nombre reconocido desde los primeros tiempos de la Iglesia en España. Queda constancia de casi todos ellos, gracias a los laboriosos estudios que en época reciente han llevado a cabo algunos investigadores, los cuales dedicaron una buena parte de su tiempo a buscar documentos, a descifrar inscripciones para así poder, al fin, ofrecer nombres y detalles de más de un cente­nar de mitrados seguntinos de los que queda constancia. Son de un considerable mérito, entre otros, los del Dr. Gómez Gordo, cronista oficial de la ciudad de Sigüenza, así como los del canónigo archivero de la Catedral don Felipe Gil Peces Rata. Por orden de antigüedad en el desempeño de su prelatura, e indicando los años entre los que aproximadamente transcurrió su servicio a la Iglesia como obispos de Sigüenza, ofrecemos la lista de los 102 prelados que, desde Protógenes hasta el obispo actual han regido los destinos de la Iglesia en esta diócesis.


Obispos anteriores a la Reconquista:

PROTÓGENES (589-610) Aproximadamente.

HILDISCLO (633 ?)

WIDERICO (647-656) Aproximadamente.

EGICA (675-679) Aproximadamente.

ELLA (681-684) Aproximadamente.

GUNDERICO (685-693) Aproximadamente.

SISEMUNDO Hacia el año 840 (Periodo musulmán)

 
Obispos de Sigüenza posteriores a la Reconquista:

D.BERNARDO DE AGÉN (1121-1151)

D.PEDRO DE LEUCATA (1152-1156)

D.CEREBRUNO (1156-1167)

D.JOSCELINO ADELIDA (1168-1177)

D.ARDERICO (1178-1184)

D.GONZALO (I) (1184-1186)

D.MARTÍN LÓPEZ DE PISUERGA (1186-1191)

FR.MARTÍN DE FINOJOSA (1191-1192)

D.RODRIGO (1192-1221) D.LOPE (I) (1221-1237)

D.FERNANDO (I) (1239-1250)

D.PEDRO MARTÍNEZ (1251-1259)

D.ANDRÉS (I) (1262-1268)

D.LOPE (II) (1269-1271)

D.GONZALO PÉREZ (1271-1274)

D.MARTÍN GÓMEZ (1276-1277)

D.GONZALO (II) (1278-1282)

D.PEDRO GUTIÉRREZ BSO (1281-1285)

D.GARCÍA (1291-1299)


Obispos de los siglos XIV y XV:

D.SIMÓN GIRÓN DE CISNEROS (1301-1327)

D.ARNALDO (1327-1329)

FR.ALONSO PÉREZ DE ZAMORA (1329-1340)

D.BLASCO DÁVILA (1340-1341) D.PEDRO (III) (1341-1342)

D.GONZALO DE AGUILAR (1342-1348)

D.PEDRO GÓMEZ BARROSO (1348-1361)

D.JUAN. Abad de SALAS (1361-1375)

D.JUAN GARCÍA MANRIQUE (1376-1381)

D.JUAN CASTROMOCHO (1381-1382)

D.LOPE VILLALOBOS (1383-1388)

D.GUILLERMO (1388-1390)

D.JUAN SERRANO (1390-1402)

D.JUAN DE ILLESCAS (1404-1416)

D.JUAN GONZÁLEZ GRAJAL (1416-1417)

FR.ALONSO DE ARGUELLO (1417-1419)

D.PEDRO DE FONSECA (1419-1422)

D.ALFONSO CARRILLO (1424-1434)

D.ALONSO CARRILLO DE ACUÑA(1434-1446)

D.GONZALO DE SANTA MARÍA (1446-1448)

D.PEDRO GARCÍA DE HUETE (1449-1449)

D.FERNANDO DE LUJÁN (1449-1465)

D.JUAN DE MELLA (1466-1467)

D.PEDRO GONZALEZ DE MENDOZA (1467-1495)

D.BERNARDINO LÓPEZ CARVAJAL (1495-1511)


Obispos de los siglos XVI y XVII:

D.FADRIQUE DE PORTUGAL (1512-1532)

FR.GARCÍA DE LOAISA (1532-1540)

D.FERNANDO VALDÉS (1539-1546)

D.FERNANDO NIÑO DE GUEVARA(1546-1552)

D.PEDRO PACHECO (1554-1560)

D.FCO. MANRIQUE DE LARA (1560-1560)

D.PEDRO GASCA (1561-1567)

D.DIEGO DE ESPINOSA (1568-1572)

D.JUAN MANUEL (1574-1579)

FR.LORENZO DE FIGUEROA (1579-1605)

FR.MATEO DE BURGOS (1606-1611)

D.ANTONIO VENEGAS FIGUEROA (1612-1614)

D.SANCHO DÁVILA Y TOLEDO (1615-1622)

D.FRANCISCO DE MENDOAZA (1622-1623)

FR.PEDRO GONZÁLEZ DE MENDOZA (1623-1639)

D.FERNANDO VALDÉS (1639-1640)

D.FDO.DE ANDRADE SOTOMAYOR (1640-1645)

FR.PEDRO DE TAPIA (1645-1649)

D.BARTOLOMÉ SANTOS RISOBA (1650-1657)

D.ANTONIO SARMIENTO LUNA (1657-1661)

D.ANDRÉS BRAVO DE SALAMANCA (1662-1668)

D.FRUTOS PATÓN DE AYALA (1669-1671)

FR.PEDRO GODOY (1672-1677)

FR.TOMÁS CARBONEL (1677-1692)

D.JUAN GRANDE SANTOS (1692-1697)

 
Obispos de los siglos XVIII al XX:

D.FRANCISCO ÁLVAREZ Y QUIÑONES (1698-1710)

D.FANCISCO SOLÍS (1711-1714)

D.FCO.RODRÍGEZ MENDAROZQUETA(1714-1722)

D.JUAN DE HERRERA (1722-1726)

FR.JOSÉ GARCÍA Y CASTRO (1727-1746)

D.GASPAR VÁZQUEZ TABLADA (1749)

D.FRANCISCO DIAZ SANTOS BULLÓN (1750-1761)

D.JOSÉ LA CUESTA VELARDE (1761-1776)

D.FRANCISCO DELGADO VENEGAS (1769-1776)

D.JUAN DIAZ DE LA GUERRA (1777-1800)

D.PEDRO INOCENCIO BEJARANO(1800-1819)

D.MANUEL FRAILE Y GARCÍA (1819-1837)

D.JOAQUÍN FERNÁNDEZ CORTINA (1848-1850)

D.FRANCISCO DE PAULA BENAVIDES (1858-1876)

D.MANUEL GÓMEZ SALAZAR (1876-1879) D

D.ANTONIO OCHOA Y ARENAS (1879-1896)

D.JOSÉ CAPARRÓS Y LÓPEZ (1897)

FR.TORIBIO MINGUELLA ARNEDO (1898-1917)

D.EUSTAQUIO NIETO Y MARTÍN (1917-1936)

D.LUIS ALONSO MUÑOYERRO (1944-1950)

D.PABLO GURPIDE BEOPE (1951-1955)

D.LORENZO BERECIARTUA (1955-1963)

D.LAUREANO CASTÁN LACOMA (1964-1981)

D.JESÚS PLA Y GANDÍA (1981-1991)

D.JOSÉ SÁNCHEZ GONZÁLEZ (1991-2011)

D.ATILANO RODRÍGUEZ MARTÍNEZ (2011-....)

a fotografía de cabecera está tomada del enterramiento del primer obispo después de la Reconquista, D. Bernardo de Agén, en la catedral de Sigüenza).

viernes, 7 de enero de 2011

OBISPOS DE LA DIÓCESIS DE CUENCA


En la presenta relación se ofrecen por orden cronológico los nombres de los obispos titulares de la diócesis de Cuenca, comenzando por el primero del que, al parecer, se tiene noticia, el obispo Juan Yañez, inmediatamente anterior en el tiempo a San Julián, patrón de la diócesis; y terminado por el obispo actual, don José María Yanguas Sanz. Las fechas que aparecen colocadas entre paréntesis después de cada nombre, se corresponden con el tiempo que ejercieron su ministerio pastoral en la diócesis. La fotografía que figura en la cabecera es la de don Cruz Laplana, el Obispo Mártir, en una visita pastoral que realizó al pueblo alcarreño de Salmerón (Guadalajara) al principio de los años treinta del siglo XX. Muchos pueblos de la Alcarria de Guadalajara pertenecieron a la diócesis de Cuenca hasta mitad del pasado siglo.

OBISPOS DEL SIGLO XII AL XV:
1.- JUAN YÁÑEZ (1183-1195)
2.- SAN JULIÁN (1196-1208)
3.- DON GARCÍA (1208-1225)
4.- DON LOPE (1225- ¿? )
5.- GONZALO IBÁÑEZ (1236-1246)
6.- MATEO REINAL (1247-1257)
7.- DON RODRIGO (1260- ¿?)
8.- PEDRO LAURENCIO (1264-1271)
9.- GONZALO GUDIEL (1272-1275)
10.-DON DIEGO (12376 ¿?)
11.-DON TELLO (1284)
12.-GONZALO GARCÍA GUDIEL (1285-1289)
13.-GONXZALO DIEGO DIAZ PAL (1285-1289)
14.-DON PASCUAL (1299- ¿?)
15.-DON ESTEBAN O.F.M. (1322-¿?)
16.-DON FERNANDO (1326-¿?)
17.-JUAN DEL CAMPO (1327-1328)
18.-DON OTÓN (1328-1338)
19.-GIONZALO AGUILAR HINOJOSA (1339-1341)
20.-DON GARCÍA (1342-1359)
21.-BERNAL ZAFÓN (1362-1372)
22.-PEDRO GÓMEZ BARROSO (1373-1378)
23.-NICOLAS DE VIEZMA (1379- ¿?)
24.-ÁLVARO MARTÍNEZ (1382-1396)

OBISPOS DEL SIGLO XV AL XVIII:

25.-JUAN CABEZA DE VACA (1396-1403)
26.-DON JUAN (1407)
27.-DIEGO ANAYA MALDONADO (1408-1417)
28.-ÁLVARO NÚÑEZ DE ISORNA (1418-1445)
29.-LOPE BARRIENTOS (1445-1469)
30.-ANTONIO JACOBO DE VÉNERIS (1469-1479)
31.-ALONSO DE BURGOS O.P. (1482-1485)
32.-ALONSO FONSECA (1485-1493)
33.-CARD. RAFAEL GALEOTE (1493- ¿?)
34.-DIEGO RAMÍREZ DE FUENLEAL (1518-1537)
35.-CARD. ALEJANDRO CESARINI (1538-1542)
36.-SEBASTIAN RAMÍREZ ARELLANO (1542-1547)
37.-MIGUEL MUÑOZ (1547-1553)
38.-PEDRO DE CASTRO (1553-1561)
39.-BERNARDO DE FRESNEDA (1562-1571)
40.-GASPAR DE QUIROGA (1571-1577)
41.-RODRIGO DE CASTRO (1578-1581)
42.-GÓMEZ ZAPATA (1582-1587)
43.-JUAN FERNÁNEDEZ VADILLO (1587-1595)
44.-PEDRO PORTOCARRERO (1597-1600)
45.-ANDRÉS PACHECO (1602-1622)
46.-ENRIQUE PIMENTEL (1623-1653)
47.-JUAN FRANCISCO PACHECO (1653-1663)
48.-FRANCISCO ZÁRATE TERÁN (1664-1679)
49.-ALONSO ANTONIO SAN MARTÍN (1681-1705)

OBISPOS DEL SIGLO XVIII HASTA HOY:
50.-MIGUEL DEL OLMO (1706-1721)
51.-JUAN DE LANCASTER (1721-1733)
52.-DIEGO DE TORO Y VILLALOBOS (1734-1737)
53.-JOSÉ FLÓREZ OSORIO (1738-1759)
54.-ISIDRO DE CARVAJAL LANCASTER (1760-1771)
55.-SEBASTIAN FLORES PAVÓN (1771-1777)
56.-FELIPE ANTONIO SOLANO (1779-1800)
57.-ANTONIO PALAFOX Y CROY (1800-1802)
58.-RAMÓN FALCÓN SALCEDO (1803-1826)
59.-JACINTO RAMÓN RODRÍGUEZ (1827-1841)
60.-JUAN GUALBERTO RUIZ (1847-1848)
61.-FERMÍN SÁNCHEZ ARTESERO (1849-1855)
62.-MIGUEL PAYÁ Y RICO (1858-1874)
63.-SEBASTIÁN HERRERO ESPINOSA (1875-1876)
64.-JOSÉ MORENO MAZÓN (1877-1881)
65.-JUAN MARÍA VALERO NACARINO (1882-1890)
66.-PELAYO GONZÁLEZ CONDE (1891-1899)
67.-WENCESLAO SANGÜESA (1900-1922)
68.-CRUZ LAPLANA Y LAGUNA (1922-1936)
69.-INOCENCIO RODRÍGUEZ DÍEZ (1943-1973)
70.-JOSÉ GUERRA CAMPOS (1973-1996)
71.-RAMON DEL HOYO LÓPEZ (1996-2006)
72.-JOSÉ MARÍA YANGUAS SANZ (2006.Obispo actual)

domingo, 2 de enero de 2011

EL SALÓN CHINO DEL PALACIO DE LA COTILLA


Con ocasión de una visita oficial, o protocolaria, tuve la oportunidad de conocer por primera vez no hace mucho, después de su restauración, tres de los detalles monumentales que durante los últimos tiempos ha recuperado para la ciudad el Ayuntamiento de Guadalajara. Restos honorables de nuestro pasado los tres, sacados a la luz para gozo y admiración de propios y extraños. Se trata del torreón del Alamín; de la capilla de Luis de Lucena, anexa a la desaparecida iglesia de San Miguel del Monte en la cuesta que lleva su nombre, y el Salón Chino del palacio de la Cotilla. Los tres están hoy a disposición del público, pueden ser visitados por quienes lo deseen durante los fines de semana. Sin duda, un atractivo importantísimo para esta ciudad cargada de encantos, pero que el turismo se resiste a visitar con la frecuencia que merece. Sin duda, algo más de lo que se hace habrá que hacer para evitarlo. Es verdad que la ciudad de Guadalajara nunca destacó ante el gran público como punto final de atractivos turísticos, pero habremos de reconocer, empezando por quienes vivimos en ella, que cuenta hoy con motivos bastantes para deleitar a quienes lleguen a ella atraídos, aunque sólo sea, por la escasa distancia que le separa de Madrid. Luego, una vez abierta la brecha, el turismo llama al turismo. Algún día no muy lejano dedicaremos nuestra sección a esos asuntos.
De los tres lugares –que ya conocía antes de su reparación, en horas de abandono- hoy me voy a referir al más sorprendente de todos, al menos por lo que tiene de inesperado después que la mano del restaurador le haya dedicado largas y pacientes horas de trabajo. Hablamos del Salón Chino del palacio de la Cotilla, residencia que fue de los marqueses de Villamejor en la antigua carretera de Zaragoza.
El edificio que acoge a este singular salón merece por sí sólo ser conocido. El Ayuntamiento de la ciudad lo incorporó a su patrimonio por expropiación forzosa en el año 1972, y hoy se dedica a sede de las escuelas municipales de música, danza y artes plásticas. El hecho de haber servido como residencia familiar de aquella destacada familia guadalajareña, de la cual fue el más conocido de sus miembros el Conde de Romanones, nos puede dar una idea de su magnificencia, sin que ahora, una vez restaurado, sea preciso echar mano al recurso de la imaginación. Su origen podría fecharse en la primera mitad del siglo XVI, y en su construcción se respetó el estilo particular de la época, con materiales (ladrillo visto y mampostería intercalada) al uso de los palacetes de la Campiña y de la Alcarria, tan frecuentes en nuestros pueblos y villas en los que la nobleza guadalajareña clavó raíz.
Pero, aunque bien valdría la pena como edificio importantísimo de la ciudad, no es al palacio de la Cotilla en su conjunto al monumento que en esta ocasión vamos a dedicar nuestro espacio, sino al más sorprendente de sus salones, al que algunos llaman Salón Oriental y otros Salón Chino, con el que se nos antoja pasará a los anales de la ciudad como pieza única e incomparable, naturalmente que se trata del salón principal que en sus mejores horas tuvo el palacio, y que a nosotros se nos ocurre imaginar en todo su esplendor, tal y como nos lo muestra la bella fotografía de foto-estudio Reyes, tomada hace casi tres cuartos de siglo, y que hoy ha tenido la gentileza de cedernos para su publicación en este trabajo.
He vuelto a pasar por el salón hace sólo unos días para tomar algunas fotos. En aquel momento giraba visita un grupo de jóvenes universitarios procedentes de distintos lugares de España. El grupo de muchachos llevaba como espiquer a Raúl Lozano, guía turístico titulado, a quien a veces sorprendemos explicando la maravilla de su fachada frente al palacio de los duques del Infantado ante un grupo de visitantes, por lo general la mar de variopinto. Contar con Raúl Lozano como guía oficial ha sido, naturalmente que con las restauraciones de las que antes hablamos, el primer intento serio por colocar el nombre de Guadalajara en el panel de ciudades españolas que merecen ser conocidas.
Llegamos al palacio de la Cotilla cerca del medio día de un sábado apacible, en el que la bonanza de la mañana se había aliado con el grupo de muchachos que llegaban allí –viajando en autobús, naturalmente-, con el aspecto característico de quienes han visto muchas cosas en poco tiempo, demasiadas cosas, en una visita marcada por el correr del reloj sin contar siquiera con lo que todavía les quedaba por ver: el panteón de la Vega del pozo, el palacio del Infantado, la capilla de Luis de Lucena, el torreón del Alamín, y ahora el Salón Chino del palacio de la Cotilla. Una estancia apacible, inesperada, infrecuente, donde el visitante no sabe siquiera qué preguntar porque la mente es toda una pregunta, una duda que crece a medida que se van viendo estampadas en los cuatro muros del salón las escenas increíbles a las que no se acierta a dar crédito. Me hubiera gustado saber cuántos, si quinientos, si mil, si dos mil, son los personajes que hay representados en las diferentes escenas orientales que adornan la sala. La pregunta, por inconveniente, seguro que se hubiese quedado sin contestar por parte del guía; pues nadie, creo yo, habrá tenido la paciencia de meterse en esa tarea, pero por ahí debe de andar, en torno a los mil, el número de chinitos y chinitas representados.
Las pinturas, hechas a mano casi todas ellas sobre papel de arroz por artistas orientales, y venidas a España creo que por vía Marsella para decorar el salón de té de los señores marqueses de Villamejor, impresionan en su conjunto, si bien, dada la manera de entender la vida y de desenvolverse en países tan lejanos a los nuestros en épocas imperiales por su lugar de origen, nos complican demasiado a la hora de entender el qué y el porqué de las escenas en magnífico color que vemos allí: el divo imperial portado a hombros en silla gestatoria; el mismo personaje, ahora sentado en su trono y rodeado de súbditos y de árboles extraños, pero de una belleza indudable; hombres y mujeres adorantes u ocupados en raros quehaceres, es la conclusión, siempre surrealista, que el profano suele sacar al vivir aquella experiencia. Sin duda, y con el interior del panteón de la Vega del Pozo, es ésta del Salón Chino la imagen que con más fuerza se graba en el recuerdo de los que pasan por allí, y que muy pocos guadalajareños conocen hasta el momento.
Hace seis u ocho años que vi por primera vez el salón. Estaba completamente abandonado. Los trozos de papel despegados y rotos colgaban de las paredes. Servía de almacén trastero, de nido de polvo y de polillas sin que a lo largo de muchos años nadie se hubiera fijado en él, y mucho menos que en la mente de alguien que hubiese podido hacerlo, se plantease la posibilidad de su restauración. El Ayuntamiento afrentó al fin la tarea y Guadalajara debe agradecerlo. Iván Camacho, Lucia Casado y Ángel Camacho, fueron los pacientes a inspirados restauradores. A unos y otros llega también nuestra gratitud, y de manera indirecta también, ¡por qué no decirlo!, a aquellas familias pudientes que, tal vez sin pretenderlo, dejaron para la capital un legado admirable. Gracias a todos. Y a los lectores, que a veces siguen nuestros consejos, animarles a pasar por allí cualquier fin de semana; estoy seguro de que saldrán satisfechos. Hagamos algo por Guadalajara; pero, eso sí, empezando por nosotros mismos.


(En la foto, un detalle de las pinturas del Salón Chino)

martes, 14 de diciembre de 2010

PRIEGO



Espero que no se enojen los amigos de Huete si digo que Priego es la capital de la Alcarria de Cuenca. Alegarán, no faltos de razón, que Priego es menos Alcarria, que sus campos tienen olor, color y casi sabor a pino serrano, apenas pasar las peñas del Estrecho por donde se cuelan las aguas del Escabas que baja desde la Serranía. Dejémoslo, pues, estar, y que cada cuál interprete a sus anchas mi inocente manera de decir.
He oído decir que el nombre de Priego proviene de "prio ego", yo rompo, refiriéndose al río que horadó las rocas, recordando así al caminante su origen latino. Hace frío hoy en la villa de Priego. En ocasiones preceden­tes que anduve por aquí, el sol impío de las Alcarrias sacudía fuego sobre los cerros y sobre los barrancos, sobre los huertos y sobre las rocas, que de todo hay en los entornos de este histórico lugar. Uno, que medianamente conoce la historia de Priego, porque hace tiempo que alguien se la contó o le ofreció la oportunidad de aprenderla, se pasea medio encogido por su Plaza Mayor pensando en las vueltas que da la vida; en que los hombres, por mucho que nos empeñemos en demostrar lo contrario, somos pobres marionetas movidas por el hilo invisible del tiempo y de las circunstancias. Priego, la villa que hoy me acoge, con sus escudos heráldicos recordatorios y con su tradición artesanal impresa como una constante en el alma de los ciudadanos, es algo así como una lección permanente que viene a reforzar ese criterio palpable.
En la Plaza Mayor hay una casona blasonada. Los habitantes le llaman el Hospital del Niño. Está construida con piedra noble del siglo XVI, que fue el siglo de Priego. La calle Larga es la avenida más importante que tiene la villa. La calle Larga se cuela enseguida por el ojo de un arco que los nativos reconocen como Arco de Molina. Nadie me ha sabido explicar por qué. Estas hermosas calles, como las de Pastrana o las de la vieja Toledo, conjugan su antigüedad con un interesante comercio, tal corres­ponde a la nostálgica ciudad cabecera de comarca.
La iglesia de San Nicolás de Bari destaca por su monumental torre cuadrada. Vista desde el pie la torre de la iglesia es sencillamente grandiosa, está construida con piedra sillar almohadillada; sobre la piedra perdura alguna inscripción alusiva al gremio de labradores. Ya en su interior, roba la mirada del visitante el estupendo retablo que desde 1991 sirve de fondo al presbiterio. Es un retablo nuevo, distribuido en siete calles entre columnas doradas al gusto jónico y corintio; lo adornan quince pinturas y ocho imágenes en magnífica talla. El retablo se corona con un lienzo que representa el Calvario y otros dos, uno a cada lado, con el Bautismo y la Resurrección de Cristo como motivo. En uno de los laterales de la iglesia queda la llamada Capilla de los condes, personajes principales de su tiempo y algo así como el cañamazo sobre el que se entreteje la historia local.
Por cuanto a su importancia en el pasado, se sabe que doña Teresa Carrillo, señora de Priego, Escabas y Cañaveras, casó con don Diego Hurtado de Mendoza, señor de Castilnuevo y pan de pecho del Señorío de Molina, a quien la augusta majestad del rey don Enrique IV de Castilla, otorgó el título de Conde en carta firmada en la villa de Olmedo el día 6 de noviembre de 1465. El sexto conde de Priego fue don Fernando Carrillo de Mendoza, mayordomo de don Juan de Austria, personaje histórico al que siguió con sus dos hijos, don Luis y don Antonio, en la memorable batalla de Lepanto. A él, a don Fernando Carrillo de Mendoza, cupo el honor de llevar la noticia de la victoria naval al papa Pío V, como enviado del propio don Juan de Austria, lo que fue motivo bastante como para prometerse a sí mismo la construcción de un convento religioso en la villa cabecera de su condado, como exvoto y conmemoración solemne de «la más grande ocasión que vieron los siglos». Y allí queda hoy, después de las importantes reformas de 1777, el convento de San Miguel de las Victorias, bajo el roquedal montuno del Monte Santo sobre el que otean los buitres en las orillas de Priego, albergando la imagen venerable del Cristo de la Caridad, obra probable de José Salvador Carmona, copia no muy bien lograda del nuestro del Perdón que se guarda en la iglesia de Atienza, y que salió, años antes que éste de Priego, del taller madrileño de Luis Salvador, el más notable de los Carmona.
En las celdas monacales de San Miguel de las Victorias rezó, trabajó e hizo sacrificios siguiendo las reglas de la Orden, el franciscano alcarreño fray Juan de Sacedón, diseñador que fue del plan de regadíos y fundador de la ciudad mejicana de Monterrey; y fray Antonio Panés, maestro en el arte de la versificación, que lleno de inspiradas décimas las paredes de las celdas y las del refectorio, siendo la más conocida -la más universal- de todas, aquella de «Bendita sea tu pureza», dedicada a la Virgen Santa María; y fray Jorge de la Calzada de Calatrava, que desterró milagrosamente de aquellos campos a los gorriones porque "se comían toda hortaliza y lo demás de la huerta", sin que los pajarillos, según me contaron, hayan vuelto por allí.
Se dice que una hija de los condes de Priego, doña María de Mendoza, fue durante muchos años prometida de don Juan de Austria, y sin que las nupcias llegaran a celebrarse, profesó como monja en el monasterio de Santa María del Rosal, fundado por un tío suyo, y cuyo campanario, muros desmantelados de la iglesia y arcadas del claustro, aún se conservan en estado de ruina no lejos de la villa, a escasa distancia por la carretera comarcal que sigue hasta Alcantud.
Se me ha ido el tiempo, y lo que es peor, el espacio, con esas cuatro pinceladas de la historia de Priego que apenas servirán para hilvanar medianamente en el ánimo del lector la importancia de su pasado. Sobre ser un lugar clave en aquella España de leyenda de los Carrillos y de los Mendozas, hoy Priego se nos presenta como un pueblo sin demasiadas perspectivas. La gente vive del campo, un poco del comercio, y no sé si mucho más de la alfarería y de las labores de mimbre que han ido saliendo de sus obradores durante los últimos años, casi todas con destino a la exportación.
Si de algo pudiera servir, dejémoslo sobre la plataforma que rodea el Escabas con su convento de San Miguel de las Victorias como enseña, con su silencio y con el rancio soplo de la Historia pesándole sobre la piel.
-¡Oiga...! No ha dicho nada de Luis Ocaña, el ganador del Tour de la Francia en el año 1973. Era de aquí.
-Tiene usted toda la razón. Hubiera sido un fallo imperdonable. Queda dicho.

(En la foto, "Fachada del Ayuntamiento de Priego")

viernes, 10 de diciembre de 2010

LA BATALLA DE VILLAVICIOSA. TERCER CENTENARIO


Hoy se cumplen trescientos años de la Batalla de Villaviciosa. Éste fue el último enfrentamiento que sostuvieron en la llamada Guerra de Sucesión los ejércitos del Archiduque Carlos de Austria y los de Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luís XIV; ambos aspirantes al trono de España tras la muerte sin descendencia del último de los reyes de la Casa de Austria, Carlos II El Hechizado. Una vez que la suerte en la zona de Valencia pareció decidirse en la batalla de Almansa, el entusiasmo de los soldados del futuro Felipe V fue grande. El 10 de diciembre de 1710, los aliados del Archiduque se vieron derrotados definitivamente en Brihuega primero y en Villaviciosa después, lugares muy próximos0 situados en el corazón de la Alcarria. La última de estas batallas fue decisiva. Felipe V personalmente, con el duque de Vêndome, estuvo al frente de su ejército que, al salir victorioso, sirvió para colocarle en el trono e instalar en España la nueva dinastía de los Borbones. Un monolito en los altos alcarreños próximos a Villaviciosa, recuerda aquel enfrentamiento bélico de tanta trascendencia para la moderna Historia de España.
Los actos conmemorativos, con participación del Ejército, en recuerdo del tercer centenario de tan decisiva batalla, se están celebrando en ambas localidades alcarreñas durante estos días.

(En la fotografía: Monumento conmemorativo a la batalla, existente en Villaviciosa, junto a la carretera, que recuerda al caminante cómo en aquellos campos se libró la batalla. Fue erigido, según consta grabado sobre la piedra, por el pueblo y el Ejército en diciembre de 1910, segundo centenario)

martes, 7 de diciembre de 2010

EN LA CIUDAD ROMANA DE VALERIA


Hemos viajado a un pueblo de nuestra región, notable por su antigüedad y por los restos que allí quedan a la vista de todos. Más de veinte siglos de existencia testimonian las excavaciones llevadas a cabo en torno al pueblo, si bien, conviene reseñar que una buena parte de lo que todavía se ve nunca quedó sepultado bajo tierra, sino que muy por el contrario siempre estuvo a la vista, aguantando todo tipo de efectos dañinos a la intemperie, hasta el día de hoy en que a expensas de los organismos oficiales se van descubriendo nuevos restos y ampliando el recinto de la que en otro tiempo fue la ciudad romana de Valeria, una de las tres que asientan en la actual provincia de Cuenca. Las otras dos serían Segóbriga y Ercávica, ésta última muy cercana a nosotros en la Alcarria del Guadiela.
La ciudad de Valeria estuvo situada en lo alto de un cerro al que rodea la hoz espectacular que tajó el arroyo Gritos, junto a la carretera que va desde Cuenca a la villa de Valverde del Júcar. Un paraje muy particular de nuestra región, al que nunca se le dio la importancia histórica y paisajística que merece.

Se necesitaría, como es fácil suponer, todo un tratado para dar mediana cuenta del pasado de esta ciudad romana, lo que está completamente fuera de nuestro propósito. Documentos hay, escritos por responsables investigadores, en los que uno se puede informar debidamente de lo que hasta los primeros años del siglo VIII pudo ser la que ha llegado hasta nosotros con el rotundo apelativo de la Gran Valeria.
Todo apunta a que la ciudad fue fundada hacia el año 82 antes de Cristo por el pretor Valerius Flacus. Se sabe que Roma le concedió el derecho del Lacio y la incorporación al Convento jurídico Cartaginense. Durante la España visigoda alcanzó el rango de sede episcopal, sufragánea de la metropolitana de Toledo. Ya en el año 589 aparece documentado el nombre de su primer obispo, de nombre Juan, uno de los presentes en el Tercer Concilio de Toledo, aquel en el que, renunciando al arrianismo, el rey visigodo Recaredo se convirtió a la fe católica con todo su pueblo. Los sucesivos obispos valerienses asistieron a todos los concilios toledanos, hasta el punto que el último de ellos, llamado Gaudencio, participó en el decimoprimero y en todos los demás hasta el decimosexto, siendo en éste en el que suscribió las actas en primer lugar por tratarse del obispo más antiguo entre los asistentes. De la sede valeriense, y aun de la propia ciudad, se dejó de tener noticia a partir de la segunda década del siglo VIII, a cuya decadencia y posterior desaparición debió de contribuir la invasión musulmana de la Península iniciada en el año 711.
A diferencia de otras ciudades romanas, Valeria nunca ha ofrecido dudas en su localización; pues ha conservado su nombre latino hasta nuestros días, si bien salvando algún periodo de la historia reciente en el que se llamó Valera de Arriba, hasta recobrar de nuevo su denominación primitiva a mediados del pasado siglo. De ahí que las referencias han sido continuas en los tratados de los más importantes historiadores, sobre todo a partir del siglo XVI. Martín del Rizo la llama Quemada, por haber sido incendiada por los romanos en su lucha contra los cartagineses, nombre que antes había empleado al referirse a ella el P.Mariana. Marcos Burriel, el P.Florez, Ponz, Cean Bermúdez, y muchos más en épocas recientes, se han ocupado de recopilar datos y de descubrir inscripciones en sus piedras. Las excavaciones, llevadas a cabo no con demasiado empeño, comenzaron en el año 1974.

Lo más interesante que hay a la vista entre lo descubierto en las ruinas de Valeria, es el “ninfeo” o fuete gigante a la que en su tiempo bajaban las aguas desde los grandes aljibes situados en la parte superior. Tanto la recogida de aguas como su distribución a la ciudad por los diferentes canales que se iban alineando uno junto al otro, abasteciéndose del contenido de los aljibes a través de una galería abovedada en conexión con las diferentes salidas, debieron ser la nota más sobresaliente de la ciudad; pues los 85 metros de longitud que tiene la galería abovedada, solo fue superada en cuatro metros más por el “Splizonium” de Septimio Severo, en Roma, destruido hacia el año 500. De la grandiosidad de esta obra, nos da hoy una idea bastante aproximada lo que en estado de ruina todavía se conserva.