La media tarde pasa sobre Cuenca
como una inmensa esponja de cristal que se va prendiendo en los farallones de
las hoces y en las cumbres de los cerros que cercan la ciudad. Hoy es Jueves
Santo.
A
fe que me gustaría conocer si Alfonso VIII de Castilla, el reconquistador de
Cuenca, llegó a vivir la experiencia de estas tardes de abril, calmosas y
encendidas a un tiempo de las sobremesas conquenses, con el espectáculo
provocador de la ciudad vieja como telón de fondo. Pienso que no. De haberla
vivido estoy seguro de que hubiese hecho de ella su feudo, o cuando menos se
hubiese dignado visitarla con una frecuencia mayor después de su reconquista.
Tengo la impresión -y si no es así, que la Historia me los sepa perdonar- de que a pesar de
aquel famoso Fuero que en su día le entregó como agasajo, el rey Alfonso
consiguió por fin entrar en Cuenca en la memorable fecha del San Mateo del año
1177, pero que a Cuenca no le fue posible entrar en él, ni entonces ni durante
el resto de su vida.
La
vieja Cuenca acaba de vivir el instante justo en el que el minarete de Mangana
deja caer sobre los tejados ocres del Seminario que brillan con el sol, sobre
el afilado chapitel de la torre del Salvador, sobre el espejo verde de las
aguas del Júcar, sobre las sombras de los hocinos y de las choperas en sabia,
sobre la espadaña del Hospital y sobre las almas de los conquenses, los cuatro
impactos inapelables del bronce de las horas. De un momento a otro se tirarán
al vuelo, a la vera del río, las campanas de la iglesia patronal de la Virgen de la Luz, de donde están saliendo
los primeros pasos.
Las
calles se han convertido en un decir amén en un
reguero infinito de encapuchados. Un grupo de nazarenos arrastran los
bordes del sayal de su túnicas por el pasadizo de las Casas Colgadas; otros
ensayan, en un destartalado caserón de la calle del Agua, los acordes a cuatro
voces del célebre Miserere de Pradas -divino canto de penitencia tan conquense
como las Hoces, como la propia torre de Mangana o como el Recreo Peral- que
habrán de rizar, mañana mismo, al paso del Cristo muerto cuando haya cerrado la
noche. Bajo los clementes soles del Jueves Santo, la ciudad hace lo posible por
mantener el fervor, que desde antiguo distinguió a su Semana Mayor.
Cuenca
entera, toda Cuenca, la de la Plaza Mayor
y Carretería, la de los Tiradores y la del Puente de San Antón, se ha vestido
de negro, de grana, de blanco marfil y de púrpura, de verde pinar y de morado
penitente, para echarse a la calle bajo el envoltorio de sus caperuzas.
La
única procesión que Cuenca saca a la calle en la tarde del Jueves Santo, se
está comenzando a organizar sobre el puente de San Antón y sobre las primeras
costanillas que apuntan hacia la Catedral. Las campanas de las iglesias, el sonido
desgarrado de las cornetas y el redoblar de los tambores, ahuyentan todo rumor
para dar paso a la piedad popular, a las indefinibles cadencias del agua y de
la piedra, de la verticalidad y del misterio, de lo que Cuenca es su verdadera
sede. Si fuera posible sopesar en una balanza el equilibrio de la ciudad, a la
hora en que se pone en camino la procesión de Jueves Santo, la ciudad se
desplomaría por el Puente de la
Trinidad.

Luego,
allí ya se sabe, horas y horas de subida y de descenso por aquellos pasadizos y
rincones en penumbra que son el alma de Cuenca. Cuando el sol desparece, ya en
la bajada, los sonidos de la comitiva irrumpen sobre el silencio inundando la
noche. Los espíritus se recogen con las tinieblas, y la procesión -sobre el
hombro de los cofrades la
Oración en el Huerto, el Jesús con la Caña, la Verónica, el Cireneo, Nuestro Padre
Jesús del Puente, la Virgen
de la Soledad
bajo lujoso dosel, y otras imágenes más, todas conmovedoras y entrañables-
encuentra su apoteosis en vistosidad y respeto.
La
brisa fría de la tarde se acabará apagando al paso de las cofradías por las
calles más céntricas de la capital. Son las once de la noche. El corazón de los
conquenses se dulcifica con la sola contemplación de los pasos por Carretería.
La noche termina por cerrar sobre el más profundo de los misterios que tiene Cuenca.
Por encima del caserío adormilado de los barrios altos, de las rocas, y de las
calles que todavía sienten lejanos los últimos redobles de los tambores: la
luna, que acaba de llenar, cubre a la ciudad con un manto sutil de plata
envejecida, asomándose al mundo por encima del Cerro del Socorro.
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