viernes, 15 de febrero de 2013

"LA ENDIABLADA" DE ALMONACID DEL MARQUESADO

            Desde muchas décadas atrás tenía noticia de una fiesta popular, antiquísima, que cada año celebran en este pueblo de la Mancha Conquense durante los primeros días del mes de febrero. Se trata de una de las festividades costumbristas más importantes que por estas fechas se celebran en centenares de pueblos de toda Castilla y que, por fortuna, dejando a un lado la influencia de los nuevos tiempos, a los que necesariamente nos debemos adaptar, ha llegado hasta nosotros con una autenticidad sorprendente, gracias al entusiasmo y al fervor por lo suyo de este lugar de labradores, reducido hoy por obvias razones a la mitad de población de la que antes tuvo.
            Se ha escrito mucho acerca de la fiesta de la “Endiablada” de Almonacid por parte de etnólogos, antropólogos y folcloristas de todos los tiempos, siendo para mí la más completa de entre las que conozco, la descripción de Julio Caro Baroja, antropólogo y folclorista de reconocido prestigio, y visitante de excepción en las fiestas de la Candelaria y de San Blas en el año 1964; después de él no han faltado los informadores, tanto profesionales como espontáneos, que con motivo de este acontecimiento popular han hecho sus pinitos en los diversos medios de información, de un modo especial en los de última hora, más completos y definitorios que los de la simple palabra escrita, que en asuntos como el que hoy nos ocupa requiere un importante esfuerzo de la imaginación.
            Este año se ha cumplido mi viejo deseo de asistir a esta manifestación festiva de origen medieval, aceptando la invitación de un antiguo compañero de estudios, José Antonio Cuenca, natural de Almonacid, y de su esposa Ana, incondicionales cada año de esta explosión de júbilo, que por mandamiento ineludible de la tradición, convierten a su pueblo en la estrella hacia la que mira toda aquella comarca del viejo Marquesado de Villena, a sólo un tiro de piedra de la ciudad romana de Segóbriga y a cuatro pasos más del histórico monasterio de Uclés, caput ordinis de los caballeros santiaguistas y panteón a perpetuidad del precursor de la poesía romántica, Jorge Manrique, el autor de las famosas Coplas.
 
     
           Día 3 de febrero, San Blas. La fiesta había comenzado el día anterior con actos similares a los de hoy, tanto religiosos como profanos, en honor de la Virgen de las Candelas; digamos que como un ensayo general para la fiesta de hoy, con la única diferencia del tocado que cubre la cabeza de los “diablos”: gorro floreado el día dos, y mitra episcopal el día tres en memoria del obispo San Blas, su santo Patrón, y como tal, referente espiritual de la comunidad almonaceña sobre quien, como después pude ver, tienen puestos todos sus amores y todas sus confianzas.
            A eso de la media mañana se empiezan a ver por las calles los primeros diablos y a sonar por todo el pueblo el estruendo de los cencerros, que con la mitra y la porra forman parte de la indumentaria o aparejo que soportan los diablos; el traje suele ser floreado y de tonos vimos, diverso y al gusto de cada cual. La mitra es roja, orlada con cintas amarillas, todas con las iniciales del nombre y apellido de cada uno, y sobre el frontal suele aparecer una cruz de la misma cinta que los bordes o una estampa del santo Patrón. Los diablos lo son de todas las edades, desde niños de sólo unos meses hasta diablos venerables de curtida piel, como es el caso de Aniceto Rodrigo, el Diablo Mayor, inscrito a los cuatro años en la Hermandad y así hasta el presente cumplidos los setenta y seis. Los cencerros son de distinto tamaño y peso: desde simples esquilas que llevan los niños, hasta los tres cencerros que portan los mayores con un peso de cinco kilos por unidad. No se trata de cencerros comunes, de cencerros al uso de los que antiguamente usaban las yuntas de bueyes, ni de los que en nuestro tiempo llevan los cabestros en los encierros de los toros de lidia, no; se trata de cencerros especiales para el aparejo de los diablos, de cuarenta o más centímetros de largos, que han de sostener por medio correas que bajan desde los hombros, y que en muchos casos obligan al usuario a ponerse una mohadilla protectora debajo del pantalón para aminorar el impacto de los quince o veinte kilos sobre el trasero para hacerles sonar en saltos y carreras.  En este momento la Hermandad está formada por 135 componentes, todos hijos del pueblo según me explicaron, si bien, una mayoría de ellos viven fuera de Almonacid. La juventud, como cabe imaginar, predomina entre los protagonistas de la fiesta.
            A las doce la iglesia está llena; la gente prefiere asegurar un sitio para la misa que llegará después. La plaza está abarrotada de público. Por una calle lateral se aproxima el grupo de “danzantas” bailado al ritmo que les marcan las dulzainas y el tamboril, retumba el sonar de los cencerros. Son ocho mujeres, mas la “alcaldesa”, vestidas con el traje popular festivo a la vieja usanza de los pueblos de Castilla; muchachas incansables en sus movimientos, que danzarán sin parar un instante mientras dura la procesión, previa a la celebración de la misa. Hace años integraron el grupo de danzantes también los hombres, pero algo ha pasado, a modo de general epidemia, que no sólo aquí, sino en tantos pueblos más, el género masculino se ha ido dando de baja en estos menesteres, injusta e injustificadamente; una deficiencia que el folclore popular acusa de manera sensible. Danza de las cintas en la plaza, y momentos después los cientos de asistente nos fuimos situando sobre las aceras de una calle en vertiente, contigua a la iglesia, para observar el paso de la procesión y no perder detalle de las carreras y salto de los diablos que, tras la Cruz y el estandarte de la Hermandad, desfilan abriendo camino delate de la imagen del santo Patrón. Los vivas a San Blas y el retumbar de los cencerros es una constante mientras dura la procesión, que cierran las autoridades eclesiásticas y civiles, las “danzantas” y el público. Las carreras, a una velocidad endiablada en los descensos de las calles, los saltos y los gritos de súplica y los vivas de los diablos con los brazos extendidos mirando hacia la imagen de San Blas, no cesan en todo el recorrido.
 
            Va a comenzar la Misa Mayor. La iglesia parroquial de Santiago Apóstol no puede acoger a la mitad siquiera del público y de los diablos que han seguido por las calles el paso de la procesión. La ceremonia litúrgica la preside el director espiritual del Seminario de Cuenca, don José Félix Bricio -guadalajareño, por cierto, y hasta hace poco párroco de Albalate y de Almonacid de Zorita- con otros cuatro sacerdotes más. Una misa larga, como corresponde al momento y a la importancia del acto, cumplido sermón sobre la vida y milagros del Santo Patrón. Los que seguimos de pie la ceremonia notamos al final un severo malestar en las rodillas. Acabada la misa toman por suyo el interior de la iglesia el centenar y pico de diablos; pues va a tener lugar el acto más emotivo de toda la fiesta: la danza sin fin rotando por los pasillos a cargo de los diablos, donde parecía imposible poderse revolver para escuchar “los dichos”, intervenciones voluntarias del público -solo mujeres- dando lectura a lo que cada una había preparado para dirigirse al Santo en momento tan excepcional y tan oportuno. Los “dichos” son escuchados por el público que abarrota la iglesia con atención y un silencio sepulcral. Brotan lágrimas en los ojos de las mujeres y en los de algunos diablos hechos y derechos, que no consiguen contener la emoción. Suenan las dulzainas, redobla el tamboril, bailan las danzantas, y atronan los cencerros después de cada intervención. El coro de mujeres, al que hay que felicitar por su actuación durante la misa, canta el mítico y archipopular romance titulado “El arado”, que se acompaña de bailes, tamboril y sonido de dulzainas. Comienzan los “dichos”.
            Es imposible tomar una fotografía en condiciones aceptables dentro de la iglesia una vez acabada la misa, y más complicado aún tomar nota escrita de lo que se ve y de lo que se oye. Cada “dicho” suele tener una duración en torno a uno o dos minutos, y consisten en párrafos sentidos de súplica, a boca y a corazón abierto, o de agradecimiento dirigidos al Santo, cuya imagen preside la bulliciosa escena desde un lateral al fondo de la iglesia. La temática en cada mensaje suele ser de lo más variada; los diez o doce dichos del presente año pedían la curación de algunos enfermos, la divina intervención en un examen para obtener el permiso de conducir, la nostalgia por vivir fuera del pueblo…, todo con la naturalidad propia y la sencillez de quienes hablan con el corazón; pues para los lugareños de todos los siglos, las fiestas de la Candelaria y de San Blas es todo un ritual, que el pueblo procura conservar, y vivir en toda su pureza como algo extraordinario que va mucho más allá del vivir de cada día. “Es lo más grande que tenemos en el pueblo. La gente participa, desde los más jóvenes hasta los más viejos. A muchos niños los hacen “diablos” nada más nacer”, me ha dicho Aniceto, el Diablo Mayor, a la salida de la iglesia. 
            Y qué más añadir a todo lo dicho, como conclusión. No es mal consejo invitar a mis lectores habituales y a los que no lo son tanto, a darse una vuelta por estos pueblos y villas de la antigua Orden de Santiago: Almonacid, Puebla de Almenara, Saelices, Segóbriga, Uclés, motivo más que justificado por su interés como para dedicarle unas horas, un día o un fin de semana de nuestro tiempo; sin echar en olvido la fiesta popular a la que hoy dedico mi colaboración: es a fecha fija los días 2 y 3 del mes de febrero de cada año. Vale la pena pasarse por aquí y deleitarse saboreando in situ el néctar de nuestras raíces. 
 
(En las fotografías: "Diablos en la procesión", "Las danzantas dispuestas a comenzar los bailes en la plaza", "Saltos y carreras en la procesión", "Imagen de San Blas" y Aniceto Rodrigo "El diablo mayor"

lunes, 7 de enero de 2013

GUÍA DE ENFERMOS DE LOS BAÑOS DE TRILLO



            En el año 1992, el Ayuntamiento de Trillo publicó en edición facsímil dos libritos cuya edición primera había visto la luz en el año 1840. Los dos constituyen un valioso documen­to acerca de los que fueron en sus momentos de esplendor los famosos Baños de Carlos III, cuya ubicación conocemos y somos testigos de su paso al admirable mundo de la leyenda. Uno de ellos se titula "Tratado de las aguas minero-medicinales del establecimiento de baños de Carlos III" del que fue su autor D. Mariano José González y Crespo, médico-director por S.M., que trata, como en su largo título se anuncia, de la composición de las aguas del establecimiento, de las enfermedades para las que eran recomendables, además de otros datos referentes a la época, al paraje y en general a la villa de Trillo. El otro se titula "Guía de enfermos ó itinerario de Madrid á los baños minerales de Trillo", cuyo autor no figura en la portada y lo fue el mismo del libro anterior, aunque sí  que aparece el nombre de la imprenta, la de don Norberto Llorenci, advirtiéndose al lector que la obra escrita es propiedad del editor, cuya rúbrica figura impresa en cada ejemplar.
            Al segundo de los dos libros reseñados es al que hoy vamos a dedi­car este breve comentario, por lo que tiene de evocador y de ilustrativo a pesar de su corta extensión, pues no va más allá de la 48 páginas en tamaño octavilla, incluyendo títulos, créditos, índice, y demás aditamentos que siempre debe llevar todo libro que se precie, y más todavía los que proceden de aquella época tan característica, la efervescencia del movimiento romántico por toda Europa, cuando a estas cosas los editores solían prestar especial cuidado y los lectores la mayor importancia.
            La fama de los balnearios en aquellos tiempos debió de ser extraordinaria. Las familias más pudientes del país solían acudir a ellos con cierta regularidad, buscando solución a sus proble­mas de salud, o simplemente al reclamo de la comodidad, o del glamour que ya se apuntaba, y que por lo general ofrecían a sus clientes tanto las instalacio­nes como los parajes, siempre en contacto directo con la naturaleza. Algunos de estos lugares, como el Solán de Cabras en la Serranía de Cuenca,  o La Isabela en la Alcarria, tomaron para la posteridad la etiqueta de "rea­les sitios", por ser asiduos entre los usuarios los Reyes de España, sobre todo Fernando VII, quien, de baño en baño, buscaba solución a la infecundidad de sus esposas inútilmente.

             En viaje sobre ruedas acudían los bañistas desde Madrid hasta Trillo, es decir, haciendo uso de góndolas, fastones, galeras, coches, tartanas y calesines, bien como encargo o alquiler, bien con carruajes de punto en línea regular. Según la "Guía de enfermos", los vehículos a tiro de caballo salían de Madrid por la Puerta de Alcalá; pasaban luego por Canille­jas, Puente de Viveros, Torrejón de Ardoz, Alcalá de Henares, Venta de Meco y nuevo parador del conde de la Cortina, Guada­lajara, Taracena, Valdenoches, Torija, Brihuega, Malacuera, Solanillos y Trillo. Salían de Madrid al amanecer y pernocta­ban en Taracena; el día siguiente lo empleaban completo para llegar a Trillo: «La última jornada -se dice en la Guía- es más embarazosa por ser las leguas de Torija a Trillo muy largas, por no hallarse la carretera en el brillante estado que el arrecife de Zaragoza, y por haber varios pedazos de terreno bastante quebrados, siendo los más notables las cues­tas de Brihuega y la de Malacuera, las vueltas y revueltas que hay antes de bajar a Solanillos, y algunos otros sitios dema­siado pendientes que existen desde este pueblo a Trillo, y así en el segundo día, a pesar de ser menor el número de leguas, se invierte en el camino, por lo menos, tanto tiempo como en el primero.»
            El precio total del asiento en góndola, que era el vehículo más cómodo, era de setenta reales en la berlina, sesenta en el centro y cincuenta en la rotonda; en las galeras el precio era de cuarenta reales, de los cuales los niños pagaban sólo la mitad. Los carruajes salían de Madrid cada cinco días.

            Nos da cuenta el librito a continuación acerca de la villa de Trillo, y detalladamente sobre el establecimiento de los baños: «Hay en él bellas y majestuosas alamedas de gruesos y elevados chopos, llanos y cómodos paseos, montes pintorescos, cubiertos de eterno verdor, infinidad de plantas aromáticas que embalsaman su pura y saludable atmósfera, y buenos y sólidos edificios. En este valle o cañada brotan siete manan­tiales minero-medicinales, cuatro de ellos de diversa tempera­tura y naturaleza.»
            El primero de los manantiales a los que se refiere el texto, es decir, al primero que se encontraba yendo desde Trillo, fue el de la Princesa, con cuatro habitaciones (dos para pilas y dos para el descanso) y agua que brotaba a trein­ta grados centígrados de temperatura. Al segundo le llamaban la fuente del Director, que se descubrió en el año 1830 y brotaba por un sólo caño; su temperatura era de veinticuatro grados. El tercero de los manantia­les era la fuente del Rey; debía de ser una fuente muy hermosa, con dos caños de bronce y abundante caudal; el agua salía a veintiocho grados y medio de temperatura. El cuarto manantial era el más abundante de todos; de él se surtía la fuente del Rey. El edificio contaba con cuatro pilas y ocho habitaciones. El quinto manantial se llamaba del Príncipe o de militares Pobres; el agua le llegaba canalizada desde la fuente del Rey, siendo la temperatura muy similar a la que tenía en su nacimien­to; constaba de dos departamentos diferentes, y en su balsa podían bañarse con toda comodidad hasta diez personas. El de la Condesa era el sexto manantial; estaba situado en las orillas del Tajo; cuando lo disponía el Director el agua de la fuente se mezcla­ba con la del río, para disminuir su efecto en los casos que era necesario; sólo contaba con una pila, aunque hubiera podido soportar tres más con la riqueza de su caudal. El séptimo quedaba junto al edificio de baños de la Princesa; era de diferente naturaleza al resto de las fuentes; su temperatu­ra solía ser de veintiséis grados. A la última fuente se le llamaba Leprosa, debido a la virtud de sus aguas para curar toda clase de erupciones en la piel por graves que fuesen.
            De los efectos curativos nos da idea el siguiente párra­fo: «con el uso de estas aguas en bebida y baños se han curado infinidad de herpes horrorosos, sarnas envejecidas, úlceras rebeldes de esta naturaleza, irritaciones crónicas de la piel irisipelatosas y pustulosas, comezones insufribles, lacerías incipientes y otras muchas dolencias que habrían resistido al plan terapéutico más enérgico...»


            Los baños eran de primera y de segunda clase aunque fueran los mismos, sólo se distinguían en las temporadas de mayor concurrencia, por tener o no una hora fija para bañarse. A los primeros se les llamaba "baños de hora" y costaban ocho reales cada baño; los de segunda clase pagaban cuatro reales por baño, si bien, padre e hijo, madre e hija, marido y mujer, podían bañarse los dos por el precio de uno en presencia del Director.
            El orden por cuanto a higiene era admirable dentro de los precarios medios de los que se disponía en comparación, naturalmente, con los que disponemos hoy. En lo posible se procuraba evitar los contagios haciendo el debido uso de las corrientes del agua. Así se explica en la guía en su capítulo VI: «Todos los enfermos acomodados se bañan separadamente, sin que jamás sirva a uno el agua del otro; ésta corre de continuo todo el tiempo que dura el baño, estando a discreción del bañista el disminuir la cantidad absoluta del caudal que arroja el surtidor.» 
            Curioso e interesante. Lástima que el espacio del que disponemos no nos permita reseñar más detalles. Con la "Guía de enfermos" en la mano -documento admirable- uno trae a la imaginación el vivir de nuestros bisabuelos; pues si los más pudientes de la sociedad española de entonces solucionaban sus problemas de salud de aquella manera, ¿cómo lo harían las clases menos pudientes, los campesinos de a pie que fue la raíz y el origen de tantos de nosotros? La media de edad en todo el occidente europeo, el espacio más civilizado de la tierra, no llegaba a los cuarenta años. 

(En las fotografías: el río Tajo a su paso por Trillo; Edición facsimil de la "Guía de  enfermos"; y estado actual de la casa de los Baños.)

jueves, 29 de noviembre de 2012

NOCHE DE TORMENTA EN UÑA




Fragmento de mi libro "Viaje a la Serranía de Cuenca", publicado en 1983 después de un viaje a ese bello rincón de España realizado el año anterior. La fotografía corresponde a la Laguna de Uña, tomada aquella misma tarde. El fragmento pertenece al final del capítulo IV, "Por el valle donde la piedra duerme"

      «Cuando la noche ha cerrado en las afueras de Uña, el pueblo presenta todo el aspecto de un paraíso en calma. La calle es una delicia a estas horas de pícaros y maleantes. Los murmullos del río se sienten en la oscuridad como ronquidos mudos de una natu­raleza adormilada. El cielo se alumbra, cada vez con mayor insis­tencia, de culebrinas que pasan sobre los montes dejando al des­cubierto, por un brevísimo instante cada una, el rostro fantasmal de las risque­ras, presentes, aunque no visibles, en el vacío espectacular de la noche.
       De vez en cuando, los faros de algún automóvil que regresa de la capital alumbran los bordes del puente. Son los coches de los veraneantes que conocen como la palma de la mano los caminos de la Serranía, y prefieren las horas de vigilia para viajar a sus anchas.
       El revoltillo atmosférico, que de alguna manera se había venido anun­ciando a lo largo del día, toma al cabo de un rato serios síntomas de amenaza. La jornada desde el amanecer había sido indecisa, y al final parece decidirse por la vía del espec­táculo aprovechando las horas en las que los hombres duer­men, cuando el ambiente general de la sierra se cierne en una estreme­cedora quietud, en una soledad inusitada: sin luna, sin estre­llas, sin otra señal de vida que el desesperado y arrítmico croar de las ranas en la vega y el sollozo del río.
       Un relámpago por el poniente divide en dos el oscuro cielo de Uña. Le sigue el restallido estrepitoso del trueno que reco­rre, unos segundos después, su mismo camino, y repetirán seguida­mente los ecos de los montes en un albo­roto colectivo de natura­leza irritada.
       El pueblo se ha quedado a estas horas todavía más sólo. La tupida masa oscura de la chopera ha comenzado a rugir zarandeada por la fuerza del venda­val. A través de la luz de las farolas brillan al caer las primeras gotas que se clavan en la piel como finísimas agujas de hielo. Sobre el pavimento duro de la expla­nada se estrellan, revueltas en la lluvia, algunas bolitas de granizo. Un nuevo trallazo de luz descarga en el cielo, al que sigue lo mismo que antes el es­truendo de la tormenta. El aguacero arrecia.
       En el bar de La Laguna quedan aún media docena de clientes que toman coñac y contemplan cariacontecidos lo novedoso del espectáculo a través de la cristalera. Uña, sacudido en la oscu­ridad de la noche por la furia de la tor­men­ta ha tomado tintes de paraíso, de leyenda tardomedieval, de lugar común en donde fra­guar, al ampa­ro de la propia soledad, tremendos aconteceres de fábu­la con fondo delicado y romántico, idílicas componendas vividas entre sí por ninfas enamora­dizas y faunos mitológicos con el corazón de piedra.
       - ¿Podría ya subir a la habitación?
       - Cuando usted quiera -me dice el dueño del bar-. El servi­cio lo tiene nada más salir al pasillo. Si desea madrugar, me lo dice y le damos un toqueci­to.
       - Muchas gracias. Creo que despertaré por mi cuenta; pero si por una de aquellas no me ve aquí de pie allá sobre las siete y media, usted me da un aviso. Buenas noches.
       En la cómoda habitación que me tocó en suerte, me siento a escuchar durante unos minutos el incesante soniquete del agua sobre los cristales de la ventana. Afuera, el aspecto de la calle se va tranquilizando a medida que el nubarrón suelta de su entra­ña la carga de electricidad y de agua que almacenó a lo largo del día. Con los efectos del cansancio sobre los huesos y los no menos sedantes del rumor de la lluvia, el sueño llaga muy pronto, plácido, reparador, un sueño de niño harto de retozar a su antojo, hasta la madrugada.»


martes, 20 de noviembre de 2012

"GUADALAJARA Y CUENCA" de Quadrado y de la Fuente



            Para mi uso Guadalajara y Cuenca son las dos provincias más parecidas de nuestra comunidad autónoma, y las que más trato mantienen entre sí sus habitantes de las cinco que forman la región de Castilla La Mancha; de hecho, ambas participan de una comarca común, la Alcarria, que con la Mancha, son las dos comarcas naturales más importantes de todo el Centro de España.

          Pues bien, aparte del presente blog, y ciento cincuenta años antes de que éste existiera, un importante autor del siglo XIX, don José María Quadrado, escribió un libro sobre ellas en conjunto que formó parte de la serie España: sus monumentos y artes, su naturaleza e historia, al que puso como título el nombre de las dos “Guadalajara y Cuenca”, que llevaría el número dos, de los tres que dedicó a Castilla la Nueva; el primero era Madrid y el tercero sería Toledo y Ciudad Real. La primera edición, de 1853, fue aumentada y actualizada con bellos dibujos de Pascó y algunas fotografías de la época en 1885 por Vicente de la Fuente. Un libro que debió de desaparecer enseguida, y que a pesar de su interés quedaría recluido en bibliotecas públicas y particulares, condenado al olvido, y del que tan sólo andaba por ahí alguna ligera reseña, como ésta del Marqués de Lozoya, quien al referirse a la edición completa de la obra, con todas las provincias de España, señaló cómo “su bello lenguaje penetrado de espiritualidad, de emoción, de humanismo…, caso singular, único, al cual es difícil encontrar otro equiparable en su tiempo”.
            En 1978, Ediciones El Albir de Barcelona, sacó al mercado una edición facsimil realmente encomiable. Una edición numerada, de mil ejemplares, de la que tuve la suerte de conseguir uno de ellos, que conservo con un cuidado y un afecto muy especial.

            Este año de 2012, la Editorial Aache de Guadalajara, decidida a apostar por la publicación de libros sobre la provincia alcarreña y sobre el resto de las provincias de la región castellanomanchega en formato digital, ha sacado a la luz, y a la venta, un CD con el texto y las ilustraciones del libro de Quadrado y de la Fuente, sobre cada una de las cinco provincias de la antigua Castilla la Nueva, es decir, Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara, según aprendimos en la escuela, que al menos para mí son libros entrañables que debemos tener y conservar, más todavía los que somos y vivimos en estas tierras, que por lo general y de una manera u otra tenemos el alma y el corazón muy pegados a ellas. La presentación es magnífica, y la reproducción de las ilustraciones originales, dibujos de Pascó y antiguas fotografías, perfecta.   

(En las fotografías: Carátulas de "Guadalajara y Cuenca" en edición digital, y los dibujos de Pascó donde aparecen el primitivo Puente de San Pablo, de Cuenca, y la iglesia de San Ginés de Guadalajara)     

sábado, 27 de octubre de 2012

LA GUADALAJARA DE AMADO NERVO


            
Dentro de unos meses se cumplirán los primeros cien años desde aquel 1913 en que un mexicano ilustre, el poeta Amado Nervo, visitó esta pequeña urbe castellana de nuestros amores y de nuestros pecados. De aquella visita casual a Guadalajara, ignorada para tantos, dejó escritas media docena de páginas únicamente, que vienen a ser un valioso documento para los que vivimos hoy, para los que hemos conocido una Guadalajara diferente a aquella otra de la que él nos habla, pero no tan distinta como para negarse a reconocer con asombro que las calles, los monumentos, las costumbres y las personas, hayan podido cambiar tanto en menos de un siglo.
            A uno, que disfruta hasta lo indecible descubriendo alguna cosa nueva cada día que amanece, le vino a las manos hace tiempo la crónica del autor de la "Amada inmóvil" en un tomo de edición reciente en el que se recogen sus obras completas. Aprovechó el autor modernista su viaje para llevar al papel la impresión, escrita en bellísima prosa, que le produjo esta ciudad junto al Henares donde encontró, como ahora veremos, tantas cosas interesantes para ver y de las que escribir.
            «De la estación -dice el autor al comienzo de su trabajo, refiriéndose, naturalmente, a la del ferrocarril- la carretera bordeada de olmos nos conduce, ondulante y en suave ascenso a la ciudad. Hay troncos que deben medir dos metros de circunfe­rencia. Yérguense derechos, poderosos, con no sé qué de monacal en el aspecto... Para que el encanto sea mayor, el Henares aquí corre límpido, luciendo sus cristales de un verde profundo, en el fondo de un cauce que recuerda el del Tajo, aunque en éste no haya bravas rocas, sino taludes de tierra roja, que con facilidad se desmoronan.» Luego habla de un molino que las aguas del río se encargan de mover apenas se pasa el puente, y que es, sin duda, el que da nombre y sirve de parcial escenario a uno de los dramas románticos de José Zorrilla "El molino de Guadalajara", sin que de él haya venido a quedar apenas el recuerdo de sus ruinas en la memoria de algunas de las personas más ancianas del lugar. Después, el autor continúa: A la derecha, al lado de una vieja iglesia linajuda, se levanta, capaz, limpia, albeante, la Academia de Ingenieros... La Academia de Ingenieros es el alma de Guadalajara, que sin ella y sin su famoso Parque de Aerostación, bostezaría perennemente con el tedio y la modorra provincianos. Ni qué decir que ni lo uno ni lo otro existen ya, que desaparecieron durante los penosos años del desmantelamiento, y que la ciudad -es muy posible que así fuera- quedaría por unas cuantas décadas adormilada, ahogada en la penuria, viendo cómo sus propios hijos la iban abandonando con los ojos puestos en la vecina Capital de España, por no tener nada mejor que ofrecerles.
            El palacio de los Duques del Infantado impresionó durante el viaje al ilustre huésped, lo mismo que impresiona a quienes lo descubren hoy: Yo no conozco edificio más admirable -dice- en esta España de los admirables edificios: por lo que insinúa, por lo que sugiere, por su poder invencible de evocación. La reseña se corresponde por su merecimiento con la cosa reseñada. Sin salir del palacio mendocino, Amado Nervo subraya en su crónica que dentro de las salas y alojamientos se educaban y guarecían doscientas niñas "huérfanas de las guerras peninsulares y coloniales", alojadas como reinas y bajo los cuidados de unas cuantas hermanas de la Orden de la Sagrada Familia. A continua­ción, se detiene en proferir elogios en honor de las diferentes estancias palaciegas, de sus bellísimas pinturas murales, de sus ricos artesonados, y de los azulejos de Talavera que recubrían los muros a manera de friso. Los tapices, que ya no debían de existir por aquel entonces, "ahora los sustituyen por un papel pintado de tonos oscuros".

            El viajero continúa su camino para detenerse en la iglesia de Santa María. Luego de describirla en su exterior de forma somera, el poeta dice que allí «existe otra de las maravillas de Guadalajara: la Virgen de las Batallas, que Alfonso VI, el soberano del Cid, llevaba consigo dondequiera. Es una estatuita sedente, como de setenta centímetros de altura, con el Divino Infante en los brazos.» Al hacer mención de la capilla lateral a la nave, refiriéndose, claro está, a la del Santísimo de la concatedral, el autor escribe: Una capilla anexa, llena de severidad y de penumbra, sirve de panteón a los Duques de Rivas. Allí duermen, "esperando la resurrección", como he leído alguna vez en ciertos epitafios, desde don Nuño Guzmán y don Gómez Suárez (1501), hasta los padres del autor de "El moro expósito". Como puede verse, aun no libre de ciertas imprecisiones propias de un primer contacto, como pudiera ser el hecho de atribuir al retablo mayor de la ahora concatedral de Santa María ciertas reminiscencias del Greco, cuando sus tallas y relieves nada tienen que ver con las figuras espiritualizadas y deformes del pintor candiota, el relato es, no obstante, sugestivo y no falto de valor teniendo en cuenta que se trata de una visión fugaz, lógica en un turista que viene de paso, aunque en esta ocasión el visitante sea un personaje excepcional, cuyo nombre mereció inscribirse en el listín de las grandes celebridades nacidas en la América Hispana.
 
            Nuestro hombre pudo observar con sus propios ojos y en su mejor estado, lo que después de los destrozos de la guerra civil ahora no nos es posible: los bellísimos mausoleos de don Pedro Hurtado de Mendoza y de su mujer, doña Juana de Valencia, en ambos lados del presbiterio en la iglesia de San Ginés. Y así, mucho más afortunado que nosotros, Amado Nervo apuntó en su cuaderno de viaje unos cuantos detalles referentes al desaparecido templo de San Esteban, situado en la plaza que ahora lleva ese mismo nombre, y del que el autor cuenta, no poco sorprendido, lo siguiente: En San Esteban, iglesia limpia y modernizada de uno de los conventos de Guadalajara (calle de San Bartolomé) dizque está enterrado nada menos que Alvar Fáñez de Minaya, el que llevó los famosos presentes aquellos, de parte del Campeador, al Rey don Alfonso, el formidable compañero y primo del Cid, el conquistador, en fin, de la ciudad... Yo busco en vano huellas del sepulcro, tembloroso de emoción. Entre las penumbras de la tarde, solo encuentro el de Beltrán de Azagra: "Aquí está sepultado -dice la inscripción de la hornacina (crucero de la izquierda)- el magnífico caballero Francisco Beltrán de Azagra, hijo de los muy magníficos señores Diego Beltrán de Azagra y doña María Teresa Lozano y Bobadilla. Murió a veinticuatro días del mes de noviembre de 1547". El magnífico caballero duerme abrazado a su espada, en su apetecible sosiego de más de tres centurias. Aunque en algún lugar debió aparecer escrito, ni en el desapare­cido templo de San Esteban de Guadalajara, ni en el monasterio de Uclés en la Mancha conquense, reposan los restos del fiel Alvar Fáñez, sino en San Pedro de Cardeña, junto a los de otros muchos guerreros y amigos del Cid, aunque muy bien hubiera podido tener en cualquier templo de la ciudad su sitio como reconquistador que lo fue de la misma.
     
       Un detalle simpático recoge el poeta mejicano al final de su breve trabajo al que tituló "La Guadalajara de acá", y que, debido a su interés costumbrista creo conveniente, como válido documento que es, la transcrip­ción literal del mismo. Dice así:
            «Al salir de nuevo a la Calle Mayor, un tropel de niños me rodea:
            - ¡Caballero, un cuarto para la Maya!
            Y me tienden minúsculas bandejas...
            Las Mayas son niñas a las cuales, en algunos pueblos de España, visten graciosamente, lo más majas posibles, el día de la Cruz de Mayo. Siéntanlas en una especie de trono, y los chicuelos del barrio piden cuartos para ellas, con los cuales ofrecen después una merienda suculenta.
            Tengo la fortuna de ver a dos Mayas en dos portales oscuros. Son las dos criaturas monísimas. Están allí muy adornadas, inmóviles, hieráticas (la Maya no debe hablar ni reírse), rígidas y graves como vírgenes españolas. Doy mi óbolo para cada una, y cumplido este deber con nuestra dama la Tradición -¡muy señora mía!-, me encamino, por la cinta de plata de la carretera hacia la estación.»
            Honor y gratitud, cuando menos al poeta,  casi un siglo después de su viaje casual a la “Guadalajara de acá”, y que como tantos que a lo largo de los últimos siglos pasaron por ella, dejó señal perdurable, a la que, tiempo por medio, gusta echar mano en un intento de conjuntar, en el paisaje donde ahora nos movemos, a la imaginación con el recuerdo. 

(En las fotografías podemos ver: El Palacio de los Duques del Infantado; el puente de piedra sobre el río Henares; y la imagen aludida por Amado Nervo, conocida por La Virgen de las Batallas)

domingo, 14 de octubre de 2012

Nª Sª DE MANJAVACAS, PATRONA DE MOTA DEL CUERVO


            Durante una semana casi completa del pasado verano, y por motivos que no vienen al caso, he vivido en la villa-ciudad manchega de Mota del Cuervo. Sólo recordaba de La Mota -como decimos por allí- sus famosos cántaros de cuidada alfarería que, en carros de mulas abarrotados de material, llevaban a vender por nuestros pueblos cuando éramos niños. Alguna visita fugaz, por añadidura, a sus famosos molinos de viento, y creo que nada más, fue mi experiencia anterior con relación a este importante lugar de la Mancha Conquense. ¡Ah, sí!, también que éste es el pueblo natal de la madre y del abuelo de Manolito el “Gafotas”, simpático personaje de la literatura infantil contemporánea.

            No sé mucho del origen y antigüedad de Mota del Cuervo, y muy poco de su pasado. Sí, en cambio, de la vieja devoción que en el pueblo profesan a su patrona, Nuestra Señora de la Antigua de Manjavacas, cuyo estupendo santuario he tenido ocasión de visitar y de admirar en la inmensa llanura cervantina.

            Naturalmente que no llegué a conocer la primitiva imagen de la Patrona de Mota del Cuervo. La actual -bellísima, por cierto- es una reproducción de aquella del siglo XVI, que transportaron según la creencia popular por los caminos que conducían desde Valencia a Toledo; pero que al llegar al paraje conocido por Manjavacas, a siete u ocho kilómetros de distancia de La Mota, el carro de tiro que transportaba la sagrada imagen, se detuvo, resultando inútil todo esfuerzo por hacerlo avanzar. La gente intuyó que era voluntad del Cielo que se la venerase en aquel mismo lugar; por lo que allí se levantó un santuario, que siglos después sería pasto de las llamas, junto a la imagen de la Virgen, durante la guerra de 1936. La imagen actual, así como el grandioso santuario y edificios anejos, son en el tiempo posteriores a la Guerra de Liberación.

            La costumbre entre sus devotos es la de trasladar la imagen a hombros, desde el santuario hasta el pueblo, en una determinada fecha cada verano. Los anderos, que son las personas que llevan las andas, cubren el trayecto corriendo, y la gente que les acompaña, también, a pie, a caballo, y algunos montados en tractores el día de la romería. Suelen tardar entre 35 y 40 minutos en cubrir todo el trayecto (el record hasta hoy está en treinta y cinco), al que asisten las autoridades y miles de romeros.

            La imagen de la Virgen de Manjavacas es venerada en una extensa comarca manchega. El Papa Pablo V concedió indulgencia plenaria, en las condiciones requeridas, cada vez que se visitara la imagen de la Virgen en su santuario.       

martes, 2 de octubre de 2012

DE PASO POR LOS PUEBLOS DEL ALTO REY


                                
            La temporada estival, a lo largo y a lo ancho de esos tres meses (nada más) que viene a durar en las sierras de esta provincia, permite acercarse hasta ciertos rincones del medio rural que, unas veces porque el tiempo no acompaña, y otras porque la pereza se hace dueña del ánimo y debilita los deseos de tirarse al camino, uno prefiere quedarse en casa al margen de todo riesgo. No es aconsejable, creo yo, ponerse al servi­cio de la comodidad en este sentido, pero lo cierto es que así ocurre, y a veces con demasiada frecuencia.
            Hace algunas semanas decidí dedicar una tarde a recorrer, un poco a la ligera, aquel grupo de pueblecitos serranos que asientan al pie del Alto Rey por sus distintas vertientes. Es un viaje fugaz, que puede hacerse en un día cualquiera y aún sobra tiempo para volver a casa con una hora de sol. Yo lo hice en una tarde y no hube de correr demasiado para catar el ambiente, para comparar sobre todo el presente y el pasado de los cuatro pueblos que visité, en los que, por cierto, pude advertir una evolución distinta en cada uno de ellos durante los diez o quince años que hace que no había vuelto por allí.
            Aldeanueva de Atienza fue el primero que visité entrando por los Condemios y por la carretera pinariega del merendero que hay junto al arroyo Pelagallinas. El cambio habido en Aldeanueva durante las dos últimas décadas ha sido diametral, yo creo que excesivo. Su vieja condición de pueblo negro lo ha dejado de ser, y eso puede ser hasta un mal que arrastre en su propio perjuicio. Apenas algún casillo situado en las afueras, alguna paridera a mitad de vertiente, o alguna vivienda medio ruinosa, nos sirven hoy como único botón de muestra con el que adivinar su pasado. Aldeanueva de Atienza es en este momento un pequeño paraíso donde pasar el verano; un pueblo de casa nuevas, de tejados ocres con algún ligero matiz que los distingue, de cómodos chalés escondidos entre las huertas y los frondosos frutales del barranco, pequeñas mansiones levan­tadas con materiales del momento que han convertido el valle en sólo un espejismo de lo que fue en otro tiempo. Sólo aque­llas laderas de piedra y matorral permanecen, el manar abun­dante de la fuente a la caída, y la brisa suave de las cinco, nos traen a la memoria la imagen del pueblo viejo.

            Villares de Jadraque, o simplemente Villares, es otra cosa. Ha cambiado mucho en su favor desde que no lo veo. Al pueblo de campesinos y pastores que conocí por primera vez en la década de los setenta, le han dado la vuelta como a un calcetín. Lo han hecho poniendo en práctica el sentido común y la buena voluntad al dar la vuelta al pueblo. En nada y para nada se ha trastocado en este cambio su serio compromiso con la arquitectura tradicional de la comarca, con el entorno y con el paisaje. La piedra de pizarra -con las características pintas argentíferas propia de la zona- se han empleado con rigor en los muros de las nuevas viviendas, comenzando por la que debe dar ejemplo, la casa-ayuntamiento, y que son muchas con una elegancia y un empaque indiscutibles. Queda tal cual lo era antes la pequeña iglesia de San Miguel, con su primiti­va espadaña mirando hacia el último sol. La Plaza de la Igle­sia, el Parque, y la Plaza de la Fuente, escalonadas por orden descendente a como aquí se enumeran, son un ejemplo claro del bien hacer. En la Plaza de la Fuente continúan manando aque­llos dos chorros de agua potable que hace muy poco cumplieron su primer siglo, y al lado el antiguo lavadero, donde buscan refugio los hombres de más edad en las tardes de sol.
            La Plaza Mayor de Gascueña de Bornova era como una espe­cie de zoco moruno la tarde que anduve por allí. Estaba llena de camiones y furgonetas, de turismos y de maquinaria de albañi­lería en funcionamiento. Sigue señero y espléndido como fondo a la plaza el edificio del ayuntamiento, con su arboli­llo tierno en mitad, y un cartel colocado en la esquina donde se lee: "La Estancia del Bornova. Casa Rural". Huertas, muchas huertas alrededor del pueblo, y robles en la media distancia. Una campana para llamar a los fieles y una pequeña cruz a la altura del tejado, dan cuenta de que la ermita que hay junto al lavadero sigue prestando funciones de parroquia desde hace años, desde que se hubo de abandonar la iglesia (tardorrománi­ca en su origen) por razones de seguridad que hay sobre un alti­llo en las afueras del pueblo.
            Prádena de Atienza, más escondido que los demás pueblos de aquella sierra, es la otra cara de la moneda. Sigue siendo el pueblo de pastores y de campesinos que conocí cuando mi primer viaje en un ochenta por ciento. Es casi todo igual. Alguien me dijo que para mayor comodidad de los vecinos algu­nas de las casas las han ido arreglando por dentro; pero en su aspecto exterior, en lo que los ojos del visitante pueden ver cuando llega hasta él, ha cambiado muy poco. Prádena conserva con autenticidad casi absoluta el estilo rural propio de la sierra. Un pueblo en cuesta, donde las casas a distinto nivel siguen manteniendo algo así como el valor irremplazable de la primera edición de los llamados pueblos negros, precisamente ahora, cuando tanto se pretende de cara al exterior y tan poco se procura mantener el valor de lo auténtico.
            Nos consta que el pueblo de Prádena, metido dentro de un anfiteatro de montañas y de peñas altísimas, no tuvo entrada ni salida para vehículos hasta una época muy reciente, hasta el año 1965 en que los vecinos hicieron su propia carretera a prestación personal por riguroso. En ese mismo año entró al pueblo el primer vehículo a motor. Tal vez haya sido esa la causa de haber perdido, por el momento, el tren en marcha de la modernidad. Sería bueno que a medida que el pueblo se vaya adaptando a las nuevas maneras de vivir, lo haga guardando en lo posible lo que es suyo: su estampa, su originalidad, su carácter; pues eso es lo que queda como de más valor en el recuerdo de quienes pasan por allí.

(En las fotos: Panorámica del pueblo de Gascueña de Bornova, y de la Plaza de Villares)