martes, 18 de junio de 2013

DESDE EL CASTILLO DE MOTOS

       
     Es sólo un decir lo del castillo de Motos. Consta que lo hubo, sí, y allí queda junto al pueblo la plataforma a manera de mirador que lo sostuvo, pero nadie lo recuerda. Es una historia horrenda la que se cuenta en torno a ese tosco otero molinés que tengo delante de los ojos cuando acabo de dejar atrás la villa de Alustante, una de las más importantes del Bajo Señorío, a las puertas mismas de la Sierra del Tremedal que oscurece el horizonte a nuestra mano derecha, allá lejos, donde apenas se distingue como una mota blanca en medio de los montes, la ermita patronal de la Señora de estos campos, la Virgen del Tremedal, que con tanto calor veneran en la cercana villa de Orihuela, ya en tierras de Teruel.
            Sería preciso medir a metros la distancia para dar por seguro que éste, el de Motos, es el pueblo más alejado de la capital de provincia. Pudiera ser. El cuentakilómetros del coche ha superado, por muy pocos, por seis quiero recordar, la cifra de los doscientos, que ya es una distancia, desde que salí de casa poco después de aparecido el sol por los campos de la Alcarria. Han transcurrido casi tres horas y me encuentro a los pies del cerro de Motos. Una antena, un edificio ínfimo que bien pudiera ser el depósito de aguas, y el tejado de una ermita, apenas se distinguen sobre el cerro desde abajo. Uno se acerca hasta él afectado en el ánimo -no sé si es ése el justo decir de lo que uno siente- por el recuerdo histórico de aquel malvado personaje que anduvo por aquí durante el último cuarto, más o menos, del siglo XV, y del que todavía se advierte en el paisaje el soplo nefasto de su memoria.
            Un pairón pintado de blanco advierte al entrar que estamos en tierras de Molina. Poco más adelante otro segundo pairón, se alza a la vera del camino, frente por frente de la lagunilla y de la fuente vieja. Es un pairón extraño que se sale de los cánones que, aun dentro de su variedad, rigen esta clase de monumentos tan propios de la tierra en que nos encontramos. Tiene un primera hornacina con cristal y objetos de adorno en su interior, bajo un nombre de barón escrito al fondo: J. Antonio López Martínez. En la hornacina de más arriba, también protegida con cristal, quiere distinguirse, malamente, una pequeña imagen de San José con el Niño en los brazos. Si no es reciente este pairón, si que tiene todo el aspecto de serlo.
            Enseguida se llega a la plaza. Hay una fuente en mitad con el correspondiente pilón delante de ella. La fuente de la plaza se construyó en 1940. Y a un lado y al otro las calles más destacadas del pueblo, entre las que se distinguen viviendas viejas y nuevas a la par, portadas en arco con la huella de los siglos sobre su piedra de cantería, almacenes y apriscos de ganado en las afueras donde se siente faenar a los agricultores, y sobre todo ello el recio corpachón de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, con doble arco de entrada, y la augusta portona de artística clavetería presidiendo el atrio; un atrio que, curiosamente, queda por debajo del nivel general del suelo y al que se llega por unas escaleras de piedra después de cada arco. El campanario, lo mismo que la iglesia en su interior, tiene una solemnidad destacable, que nos invita a pensar en lo que el pueblo fue por aquellos siglos memorables para las tierras del Señorío, que más o menos vienen a coincidir con las centurias diecisiete y diecio­cho, como bien dejan claro las iglesias, las casonas y los palacetes que todavía podemos admirar, maltrechos tantos de ellos, en una buena parte de los pueblos del entorno.
                                                                        
            Buscando el lugar preciso sobre el que se alzó en su día el mítico castillo del Caballero de Motos, uno escala, ladera arriba desde la barbacana de la iglesia, el cerro que el pueblo tiene a las puestas del sol. La visión es magnífica desde aquella atalaya. Kilómetros de campo a la redonda: tierras de labor, vegas fértiles, parameras inhóspitas, serrezuelas de pinar en la distancia, son todo un regalo para los ojos. A mediodía asoma la extensa pinada del Tremedal, en una panorámica más completa de lo que habíamos visto desde abajo; las vegas fecundas del Rubial y de Santa María, los llanos de mies de los que vivió el pueblo, más al norte. Y al pie el pueblo de Motos en imagen total, con sus tres o cuatro barrios puestos al descubierto, sus plazuelas chiquitas y sus calles cortas. Sube hasta nosotros el ruido de los tractores que bregan en la besana, el cantar de los gallos, el ladrido de los perros, las esquilas de un rebaño de ovejas que pasta en la explanada..., y en la imaginación del viajero, un esfuerzo más para reconstruir sobre el altillo en donde clavó sus cimientos, la fortaleza que hace más de quinientos años se debió levantar sobre el mismo pedestal de roca y tierra que ahora nos sostiene, olimpo de paz sobre sierras y páramos con el pueblecito de Motos a la caída, modelo de orden y de sosiego.
            Aquí tuvo su cuartel general, pernicioso centro de operacio­nes sobre toda la comarca, el mal llamado Caballero de Motos, don Beltrán de Oreja de nombre, natural de Hita. Las cónicas dicen de él que, ajustado como oficial por el Común de Molina, el "ilustre caballero" se dedicó al pillaje abiertamente, levantó su propio castillo y montó su personal ejército con todos los desalmados y maleantes que pudo reclutar. Sembró el pánico más atroz por toda la comarca imponiendo su ley, hasta que logró con malas artes enriquecerse a costa de los honrados moradores de aquella sierra, a los que solía intimidar y maltratar si llegaba el caso, hasta hacerse dueño de sus posesiones o del producto de sus campos. Muchas de las casas fuertes de aquellos pueblos, dicen que se construyeron para protegerse de la garra impía del "Caballero", quien, con el apelativo de Alvaro de Hita, impuesto por él mismo para burlar la ley, pasó a la historia, luego a la leyenda y después al olvido. El castillo, para que de tan "admirable huésped" no quedase ni señal, fue mandado destruir años más tarde por los Reyes Católicos.

            Situada en lo más alto del cerro recibe ahora todos los vientos del páramo la ermita de San Fabián y San Sebastián, tal reza escrito en un azulejo sobre la puerta nueva de la ermita. A la caída, el cementerio de Motos, ligeramente en la ladera, tapiado de piedras, donde las cruces blancas en hileras super­puestas aguardan, silenciosas y pacientes, el toque de clarín al final de los tiempos. Se asegura el augusto camposanto con una artística puerta de hierro forjado bajo arco de piedra; otro más de los recuerdos de Motos que se me quedaron para siempre prendidos en las celdillas de la memoria.

(Las fotografías nos ofrecen: Vista parcial del pueblecito Motos desde el Cerro del Castillo, y artística verja de hierro forjado en la puerta del cementerio) 

sábado, 8 de junio de 2013

CUANDO LA FOTOGRAFÍA ES ARTE

         

   Armando Álvarez no es madrileño, vive en Madrid pero no es madrileño, ni conquense de origen, nació en Granada en el año 1955; trabaja como analista informático del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con servicios especializados en su haber llevados a término en el Real Jardín Botánico de Madrid, en el Centro Nacional de Química Orgánica o en el Instituto de Óptica, por poner sólo a título de ejemplo, tres centros de tamaña altura y responsabilidad de lo más diverso.

             A mi amigo Armando le gusta el arte en todas sus manifestaciones. De la Música prefiere el blues y el jazz; de Pintura sospecho que a los artistas de vanguardia; de la Literatura no hemos hablado, y por su carácter natural es amigo del campo y de las mil cosas que hay en él: plantas, pájaros, vistas con mensaje…, y como artista por sí mismo lo tengo para mi uso como un poeta de la fotografía, con ciertas preferencias por los exteriores de la ciudad de Cuenca y por los campos y paisajes imprevistos del pueblo de su mujer, que es mi pueblo. Esperanza León Jiménez es la esposa de Armando, pintora de profesión e ilustradora de libros, de la que he hablado y escrito alguna vez. Esperanza, hija de Aurora y Augusto, marchó de niña con su familia a Madrid en aquellos años cincuenta, cuando en el medio rural se inició la diáspora a la ciudad en busca de un porvenir más seguro. Esperanza y Amando tienen casa en el pueblo, donde pasan algunas temporadas cortas a lo largo del año. Se les suele encontrar recorriendo el campo a la caída de la tarde, por los lugares más insospechados cercanos al pueblo. Él, casi siempre va provisto de su equipo de fotografía.
            Nuestro amigo -al que no sé cómo le sentará todo esto que digo, porque se confiesa tímido, cosa que no lo es, pero sí un enamorado de la ciudad de Cuenca, tal vez por su origen granadino (“porque no hay pena mayor que la de ser ciego en Granada”), rotunda apreciación del poeta Francisco de Icaza, que a mí me gustaría aplicar también a la ciudad de Cuenca por propio merecimiento, y creo que me quedo corto. Esta Cuenca de nuestros amores, sin igual por sus encantos naturales que le ha merecido el titulo de Patrimonio de la Humanidad, pero patrimonio nuestro sobre todo, cosa que a los conquenses nos gusta que se sepa, que se aprecie, y más aún que se conozca.


            A nuestro amigo le gusta descubrir y fotografiar las cosas menos comunes, lo inusual, lo que sería imposible conseguir sin esfuerzo y sin pleno conocimiento del oficio. Armando se sube a las peñas, escala una cima, se sostiene en una ladera en equilibrio para tomar un determinado plano, a la hora justa y cuando las condiciones de luz le son las más favorables; anda por trochas y senderos durante el tiempo que sea necesario por sentir la satisfacción de tomar una imagen irrepetible, y a fe que lo consigue. Luego, como es generoso, nos las muestra a los amigos con el correspondiente permiso para hacer con ellas el uso que creamos oportuno, que al menos por mi parte no es otro que darlas a conocer, para general deleite de mis amigos y lectores a través de los medios modernos. De ahí que, tanto o más que él, me sienta feliz al colocar una leve muestra de su trabajo en esta ventana al mundo que, sin duda, tendréis ocasión de disfrutar.   

(En las fotografías. "Vista general de la Hoz del Huécar", "Mirador sobre la Hoz", y "Campos de Olivares de Júcar junto al pantano")       

miércoles, 29 de mayo de 2013

Bien por D.Álvaro de Figueroa


            Doy por sabido que con este nombre nos estamos refiriendo a uno de los personajes del pasado más unidos, durante su vida y durante su muerte, a la provincia y a la ciudad de Guadalajara. Aunque nació en Madrid, fue aquí donde residió durante largos periodos de su vida, donde obtuvo los votos que en repetidas ocasiones le llevaron al Parlamento, y donde reposan sus restos desde 1950 en el magnífico panteón familiar de nuestro cementerio.

            Naturalmente que me estoy refiriendo al Conde de Romanones, de quien con ocasión de haber sido restaurado su monumento en la capital, al cumplirse el primer centenario de su erección,  fue noticia tal vez un poco desapercibida por el público, pero que merece la pena detenerse en ella, al menos para que las generaciones de jóvenes guadalajareños que apenas han oído hablar de él, se sitúen en el pasado y sepan que Guadalajara dio a España un Presidente del Gobierno, de los más famosos debido a las múltiples circunstancias que rodearon a su persona: como cacique en el mejor de los sentidos, como manipulador de voluntades porque el momento se prestaba a ello, y por sus salidas, de entre las que sobresale aquella de “¡jo, qué tropa!” con la que se despachó en ocasión de haber recibido la promesa de una lluvia de votos por sus más leales, y el resultado que dieron las urnas no fue el esperado.

           Pero, fallos y debilidades humanas fuera, el Conde de Romanones fue un hombre que nunca se olvidó de Guadalajara, y en lo que estuvo de su parte se esforzó por poner las cosas en orden, precisamente en un momento de nuestro pasado en el que todo estaba bastante desordenado y, como siempre, también la educación. El analfabetismo en todo el país alcanzaba, según  lugares, a más de un cincuenta por ciento de sus habitantes varones, y a cerca de un ochenta en sus mujeres. Los maestros no eran más allá que normales ciudadanos del lugar que con una prueba muy elemental se les permitía instruir a los niños sin otro beneficio que lo que, a manera de donativo, solían darles los ayuntamientos y los padres de sus alumnos.

            Don Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones, al ser nombrado Ministro de Instrucción Pública en 1901, conocida la situación y tomando por modelo de lo que sucedía a escala general las escuelas rurales de Guadalajara, tomó el toro por los cuernos, dignificó la profesión en sus primeros pasos, y situó al Magisterio Español como cuerpo estatal con todos sus derechos legales y todas su obligaciones. 

       Un paso importante para la culturización de España que aunque despacio -porque la profesión docente nunca ha sido considerada en justa correspondencia con su labor social- las cosas han cambiado, al menos por cuanto a conocimientos básicos se refiere; aunque en el ranking de la OCDE andemos insertos en lugar no deseable; pero esa es otra historia.

            Los maestros de toda España pidieron y colaboraron en la ejecución de este monumento nacional tras el decreto de su creación como cuerpo del Estado, y ahí lo tenemos, restaurado por el Consistorio local: “Al Excmo. Sr. Conde de Romanones, el Magisterio Público de España”, con el pláceme de todos los docentes que son y que hemos sido, empezando por mí, naturalmente.   

jueves, 23 de mayo de 2013

¡GUAPA! ¡GUAPA! ¡y GUAPA!



            Motivos exclusivamente familiares dieron conmigo el pasado lunes en la ciudad manchega de San Clemente, importante localidad conquense a la que en 1445 el Marqués de Villena, don Juan Pacheco, le concedió el título de villa con jurisdicción sobre las cuatro aldeas situadas en su entorno, de las que ya en el siglo XV fue cabecera. El San Clemente que todos conocemos tiene su origen en las primeras décadas del siglo XII, según cuentan que estaba escrito sobre una lápida de piedra encontrada en las inmediaciones de la ermita de Rus, y de cuyo texto dejaron noticia José Torres Mena y Fermín Caballero, dos de los más celebrados historiadores del pasado de la provincia de Cuenca. La referida inscripción rezaba lo siguiente: “Aquí yace el honrado caballero Clemente Pérez de Rus, el primer hombre que hizo casa en este lugar e le puso el nombre de San Clemente. Falleció en la era de Nuestro Señor Jesucristo, mil y ciento treinta y seis años.”

            Aunque la autenticidad de la lápida en cuestión haya quedado en entredicho (nadie la ha visto después -que yo sepa- ni se tenga noticia de su paradero-, de lo que no hay duda es de la relación de aquel supuesto personaje con el San Clemente real por razón de su nombre y del segundo de sus apellidos: Clemente y Rus. Nombre que asímismo lleva el arroyo que cruza la ciudad, el arroyo Rus, que por primera vez he visto con su corriente de agua de los mejores tiempos.
            Pues bien, el pasado lunes fue un día grande para San Clemente en honor de su Patrona. De madrugada, portadores y fieles en general procedieron al traslado a hombros hasta su santuario de la venerada imagen de Nuestra Señora de Rus, y horas después lo harían en caminata de regreso hasta el convento de Carmelitas con la Virgen de los Remedios, que sustituyó como Señora del santuario a la imagen de su titular y Patrona, mientras ésta pasaba su temporada anual en la iglesia del pueblo.

            No conocía este acontecimiento festivo, tan señero y principal para San Clemente y para algunos pueblos más de su comarca. Los traslados desde y hasta el santuario de la Virgen de Rus -nueve kilómetros de distancia, a hombros de portadores- llevan en sí la mayor parte del interés de la fiesta. Los establecimientos oficiales y las tiendas están cerrados. La gente se echa a la calle o a la carretera para acompañar y vitorear a su Virgen de Rus tanto a las llegadas como a las despedidas. A un lado y al otro de la calle hay puestos de refrescos repletos de clientes. Es la gran fiesta de todos: ancianos y jóvenes, hombres maduros con sus niños sobre los hombros o en los brazos de sus madres para ver a la Virgen, son parte del paisaje local cuando llega la procesión con el dosel engalanado sobre cuatro columnas donde va la imagen -bellísima, ciertamente- de la Madre común en cualquiera de sus dos advocaciones. Los gritos de ¡¡Viva la Virgen de Rus!!, y de ¡Guapa! ¡Guapa! ¡Guapa!, se oyen por todo el trayecto, a la vez que la banda de música suena a ritmo de pasodoble y se jalea a la imagen patronal sobre las andas al compás de la música.

            ¡Ah, sí! Se me había olvidado dejar constancia de que los portadores que llevan y traen a hombros la imagen de la Virgen, lo hacen corriendo en medio de la procesión de gente que los sigue. Hubiera sido obviar un dato fundamental en esta importante fiesta tradicional, tan unida a la esencia de la ciudad, una de las más distinguidas y prósperas de toda la Mancha.
            Sólo me resta considerar en su valor el acontecimiento, y recomendar a los lectores que lo conozcan siempre que tengan ocasión.   

(En las fotos: un momento de la entrada de la Virgen; imagen de la Virgen de Rus; y Monumento a los portadores.)                

domingo, 28 de abril de 2013

ALGO MÁS SOBRE "LA AFRENTA DE CORPES"



            Hemos entrado en tiempos -bienvenidos sean- en los que parecen importar las reliquias del pasado, tan olvidadas por años y por siglos. Los escenarios por los que en la España interior sucedieron cosas notables, bien como acontecimientos reales registrados por la Historia, o bien como fruto de la imaginación donados a perpetuidad por juglares y novelistas, según la época, comienzan a perfilarse como posibles rutas turísticas, válido complemento a ese despertar del llamado turismo rural que, poco a poco, parece que se va consolidando como un presumible soplo de esperanza tan necesario para el sostenimiento de la mayor parte de nuestros pueblos. En Guadalajara, y en general en toda Castilla, van surgiendo las llamadas “casas rurales”, preparadas para satisfacer la necesidad de contacto con la naturaleza del que, por imposición de la vida moderna, carecen tantos miles de semejantes nuestros condenados a vivir en esos hormigueros sin horizontes en los que a veces se convierten las grandes ciudades.
            Pues bien, una de esas rutas turísticas en las que los expertos se han puesto a trabajar, ignoro sin con mucha o con poca fortuna, es en la conocida como “Ruta del Cid”, que comprende los parajes y lugares de la de la geografía española que conocieron de las hazañas y de las desdichas del héroe castellano que, un poco la historia y un mucho la leyenda, han convertido en señera de nuestra mitología particular.
            Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, fue en su tiempo, y desde luego muchos siglos después, una rareza de la Historia, más un mito que un héroe -que también lo fue, y de los de más talla-. La ristra de virtudes humanas que el pueblo le ha venido atribuyendo a lo largo de casi diez siglos, han hecho de él un ser de ficción, un personaje de leyenda, hasta el punto de haberse llegado a deshumanizar su figura por capricho de la imaginación. La literatura nos ha dibujado una imagen irreal del Campeador, hasta el punto de ponernos a veces en la tesitura de no saber si elegir la Historia o inclinarse por la Literatura para saber de él. La mayor parte de la gente que tiene una idea de su figura, la ha adquirido a través de los textos que se recogen en el famoso “Poema de Mío Cid”, producto de un juglar, de nombre desconocido para más inri, cuya copia ha llegado por fortuna hasta nosotros, y figura hoy merecidamente como el principal monumento de nuestra literatura naciente, si bien prevalece en él, como es fácil imaginarse, la leyenda al uso, la exaltación al héroe, por encima del rigor histórico. Con todo ello tiene relación lo que hoy comentamos en este trabajo.
            Según el “Poema de Mío Cid”, don Rodrigo de Vivar atravesó a todo lo largo nuestras sierras del norte de la provincia, y de su viaje al destierro por aquellos caminos se dan en el libro datos más que suficientes; se habla de lugares, y se vuelve a insistir en ellos en el viaje de regreso. El tercer cantar del Poema se titula “La afrenta de Corpes”, y en él se da cuenta del vil comportamiento de los Infantes de Carrión, sus propios yernos, apaleando y dejando malheridas a sus mujeres en el Robledal de Corpes.

Posición A
            Tengo delante de mí bastante documentación acerca de este hecho que da lugar a la tercera parte del Poema; datos contradictorios que no consigo encajar. La tradición va por un lado, la toponimia por otro, la literatura por un tercero, y la historia por otro bien distinto, que como las vacas flacas del relato bíblico se come a las demás razones, pero siempre dejando en la mente y en la conciencia la chispa fatal de la duda.


            La toponimia y la tradición oral están a favor de Robledo de Corpes, pueblecito de Guadalajara en la sierra de Atienza, como posible escenario donde aquellos lamentables hechos tuvieron lugar. Hace algunos años, un hombre sensato y muy en su sano juicio, natural y vecino de Robledo de Corpes, me aseguró que el apaleamiento de las hijas del Cid por sus maridos tuvo lugar en los declives fragosos de una dehesa cercana al pueblo a la que llaman la Lanza; añadiendo el recto informador que unos pastores que andaban por aquellos contornos las intentaron reanimar dándoles a beber agua fresca tomada de una fuente en sus propios sombreros.
            No hace mucho anduve por aquel lugar, convertido hoy en saludable merendero, con una fuente, en efecto, de agua fresca, que han conducido para que mane desde un pequeño muro de piedra.

Posición B
            Una revista interesantísima, que años atrás publicaba la Diputación de Soria, en su número 22 dedicó varias páginas al paso del Cid Campeador por tierras de aquella provincia. En relación con el asunto que nos ocupa -la fuerza de la tradición vuelve a tener su sitio, con el aval de la lógica en su favor conocido el itinerario- transcribo lo que en el citado trabajo se dice, y que presentan con la fotografía de una piedra recordatoria, muy antigua, incrustada en el muro, a ras de suelo frente al ábside románico de su iglesia en el pueblo soriano de Castillejo de Robledo: “La afrenta de Corpes, según una tradición medieval premostratense de la Vid, se sitúa en el entorno de la ermita de la Virgen del Monte, en Castillejo de Robledo, con camino de ida y vuelta desde San Esteban de Gormaz, bien por el Soto de San Esteban, bien por Aldea de San Esteban, Miño de San Esteban y Valdanzo”.
            A raíz de haber leído aquel trabajo busqué la ocasión de visitar el pueblo soriano de Castillejo de Robledo y, efectivamente, di con la piedra recordatoria del hecho, y le hice unas fotografías que ofrezco también aquí a los lectores.

Posición C
            Pero al margen de toda visión literaria ¿Qué es lo que dice la Historia como documento válido?, ¿Cuál es la opinión de los estudiosos?, ¿Cuál la verdad limpia como contrapunto a esa visión fantástica que bajo toda sospecha nos ofrece el Poema?
            Hace tiempo cayó en mis manos un texto interesantísimo en relación con este asunto; una opinión razonable, un comentario más acorde con la verdad histórica que deseo servir en transcripción literal con la confianza, cuando menos, de que a nadie le pueda resultar descabellado. Lo escribió Víctor de la Serna Espina en Carrión de los Condes, y apareció publicado en “ABC” en mayo de 1953. Éste es el fragmento que entresaco de aquel añejo artículo y que dice así:

            Porque esto es, por lo menos, frontera, lector. Así como Tierra de Campos es Castilla, esto suena a León. Y si nos llegamos a Carrión, más. Porque parece que ya se puede afirmar, conforme a la crítica histórica más severa (en esta materia se habla o de Sánchez Albornoz o de Menéndez Pidal, o de nadie), que lo de la afrenta Corpes es un “bulo” de los castellanos por piques con los leoneses. (Que también los castellanos hacemos las nuestras.) Basta con ver en Carrión de los Condes el sepulcro de uno de los calumniados infantes (hijos o sobrinos de Per Ansúrez, el poblador de Valladolid) para comprender que aquel caballero con la mano en el galón del brial era incapaz, como su hermano tampoco lo era, de cometer la felonía de azotar a unas mujeres desnudas, indefensas, y además bellas y blancas, que eran sus esposas. Total, que por leoneses han sido difamados dos caballeros cuyos sepulcros están en el monasterio de San Zoilo, de Carrión de los Condes, junto al famoso vado donde se decidió la soberanía de Castilla…”
            Hasta aquí, diríamos, el estado de cuestión. Ahora toca decidirse por una o por otra de las tres posturas expuestas. Del poder de la literatura en la mente y en el corazón de los hombres, habla aquella anécdota que me tocó vivir hace algún tiempo, cuando un acérrimo e incondicional caballero de la Mancha, no solo insistía, sino que apostaba doble contra sencillo, defendiendo el inútil argumento de que Don Quijote había nacido en Argamasilla de Alba, y que él en persona había llegado a conocer y a tratar en aquel pueblo a gentes de la misma familia del famoso hidalgo; no de un posible personaje en el que se pudo inspirar Cervantes, sino del mismo Don Quijote en carne y hueso. Esto, como también lo otro, permíteme amable lector, suena un poco a disparate. La literatura de creación se alimenta de la fantasía; la historia, cuando se es fiel a ella, es otra cosa, aunque por desgracia y para mal nuestro, cuenta, contó y contará en todo tiempo con desaprensivos manipuladores.  

(Las fotos corresponden al lugar de La Lanza en Robledo de Corpes (Guadalajara), al muro conmemorativo con texto del Poema de Mió Cid, en el mismo lugar de La Lanza; e inscripción conmemorativa sobre un viejo muro en Castillejo de Robledo (Soria)           

viernes, 29 de marzo de 2013

CUENCA: SEMANA MAYOR




            Acabo de escuchar el "Miserere" de Pradas en una estupenda grabación que el coro de la Diputación Provincial de Cuenca realizó hace más de veinte años, y que me ha servido como en bandeja la oportunidad de escribir acerca de la famosa Semana Santa de la ciudad vecina, tan cargada de añosos y entrañables recuerdos de juventud. El "Miserere" de Pradas, y la marcha procesional titulada "San Juan" del maestro Nicolás Cabañas, son de algún modo, si no los himnos porque en Cuenca no los hay, si los emblemas sonoros de su Semana Mayor. El "Misere­re" de Santiago Pradas -organista de la Catedral en el siglo XVIII- es un grito sublime de desgarrado dolor, que halla toda su plenitud cuando es interpretado a cuatro voces en plena calle y a ciertas horas, tarde y noche del Viernes Santo, sobre las escalinatas de la iglesia de San Felipe, allá en la Cuenca antigua que nos alza hasta la Plaza Mayor. Se cuenta -tal vez no sea cierto- que el compositor propinó a su mujer una paliza soberana porque no le salía la nota del lamento final del miserere, queriendo así tener próximo a él, incluso en lo físico, el grito angustia­do de un alma en pena, que le habría de servir para llevar al pentagra­ma el acorde apetecido, como así fue. Para los conquenses, el origen del miserere fue ese; pero, suponiendo que la anécdota atribuida al carácter violento del autor, fuese puro producto de la imaginación, ahí está el resultado como flotando de la misma naturaleza doliente, una obra maestra que con el paso de los años y de los siglos se ha hecho tan conquense como los farallones de las hoces, como el cerro del Socorro que domina la ciudad, como el moruno torreón de Mangana que le da las horas.
            La tradición semanasantera de Cuenca, en su aspecto conocido y documental, es anterior al siglo XVI. Cuenca, con sus callejue­las estrechas y empinadas, con sus rincones insólitos de vieja ciudad mágica, se viene trasformando cada año por estas fechas en un Barrio de Pasión. Su fama ha conseguido tal tamaño que, desde hace dos o tres décadas, se pasea con derecho propio por los calendarios y guías costumbristas de todo el orbe como acontecimiento único, declarado oficialmente de interés univer­sal. Una manifestación insuperable de fervor y de arte, en conexión perfecta con el paisaje y con el modo de ser de las gentes de Cuenca, imposible de trasladar, ni aun en su sombra, a otro escenario del Planeta, por muy exótico y afortunado que sea.

            El primer toque de clarín de la Semana Santa conquense suena en la madrugada del Domingo de Ramos, con la procesión de "La Borriquilla" desde la iglesia de San Andrés, para concluir en la Catedral pasado el medio día, luego de haber recorrido entre ramos y palmas una buena parte de las calles de la ciudad. Y desde ese instante, los desfiles procesionales serán, con mucho, los acontecimientos más importantes que ocurran a lo largo de la semana. Ello requiere una temporada previa de preparativos, de ensayos, de organización, y de subastas de los banzos entre los cofrades, que pagan cantidades increíbles por llevar durante horas y horas el peso de las imágenes sobre sus hombros. Son los actos preliminares que se repiten cada año; las cumplidas dosis de ambiente colectivo en el que se ven envueltos, sin excepción, todos los conquenses: ricos y pobres, hombres y mujeres, niños y ancianos, intelectuales y hombres del campo, creyentes y agnósticos, todos, porque la ciudad es pequeña en censo de población y los desfiles que habrá que sacar a la calle serán ocho, como siempre, con más de cuarenta hermandades entre todos ellos.
            Como datos significativos y de interés, pensando en aquellos que viven de lejos la Semana Santa de Cuenca y para quienes la desconocen, será bueno reseñar que la cofradía con mayor número de hermanos es la de "La Virgen de las Angustias", con 2.600 aproximadamente; que el número mayor de banceros que portan un solo paso es el de 66, para "La Santa Cena", y que el que menos hombros precisa es el "Ecce-Homo de San Andrés", que lleva solamente 16; que el pago menor a la cofradía por llevar un banzo (siempre con referencia a las procesiones de 1990) es de 4.000 pesetas por bancero en "El Cristo de Marfil", y el de mayor coste el de la hermandad de "La Virgen de la Soledad de San Agustín", por el que los portadores -y son treinta- hubieron de pagar cantida­des de hasta 105.000 pesetas cada uno. La duración media de las procesiones oscila entre las cuatro horas que viene a estar en la calle la del Domingo de Ramos, y las ocho que tarda en regresar a su iglesia de salida la de "Paz y Caridad" durante la tarde-noche del Jueves Santo. Como más llamativa, y fuera de contexto, la procesión "Camino del Calvario" o de Las Turbas, en la madrugada del Viernes. Como más vistosa, en arte y en número de imágenes, la procesión "En el Calvario", de media mañana a media tarde del Viernes Santo, que presenta un bellísimo desfile de pasos, casi todos ellos del imaginero conquense Luis Marco Pérez, en la que aparecen ocho Cristos diferentes. El máximo silencio y recogi­miento que será posible vivir en la ciudad en torno a una de sus procesiones, hay que buscarlo en la del "Santo Entierro", durante la noche del Viernes Santo, donde las notas del ya dicho miserere de Pradas parecen restallar en las tinieblas sobre las duras peñas de la hoz. Todo concluirá con la procesión del "Encuentro" en la mañana de Resurrec­ción, donde se juntan la imagen del Resucitado y la de su Santísima Madre que, en señal de gozo, jalean y bailan los banceros y cofrades a mitad de camino, abajo, en la ciudad nueva.

        
    Es muy probable que algún lector suspicaz, y con toda la razón del mundo, haya echado en falta a lo largo de este escrito a vuelapluma, una referencia siquiera de la más popular de todas las procesiones que en Cuenca se celebran durante la Semana Santa: la de Los Borrachos. Sí que se ha hecho mención a ella. Su verdadero nombre es el de "Camino del Calvario", que saca a la veneración pública cuatro de los pasos más queridos y más bellos de cuantos se guardan en las distintas iglesias. Entre ellos figura el "San Juan" de Marco Pérez, llamado "el guapo" sin que sea preciso decir por qué, imagen hacia la que los conquenses han mostrado un especial fervor a lo largo de su historia. Lo de "los borrachos" es un añadido que le van colocando los tiempos. Nació la cofradía -una de las más antiguas- como una representa­ción escénica de los insultos e injurias que la plebe profirió a Cristo a lo largo de la Vía Dolorosa. Así se admitieron Las Turbas en Cuenca desde muy antiguo, para realizar ese papel y dar un carácter más original a su Semana Santa, con miles de actores como personajes de comparsa que insultaban y se burlaban de las imágenes, con redoble malsonante de tambor y pitidos desacordes de bocina durante toda la procesión, tal y como el vulgo, desalmado y cruel, pudiera comportarse ante la presencia próxima del reo que conducen al patíbulo. Insultos -digámoslo así- respetuosos, de actor de teatro que entra en el cuerpo, pero no en el alma del personaje al que da vida, y que los propios turbos solían animar, no siempre, tirándose al coleto uno, o dos, o tres sorbetes largos de vino de la bota, para animar el espectáculo y cumplir con su papel según la costumbre; pero nada más. Los abusos extraprocesionales de hoy día están todos fuera de lugar. Los propios conquenses los sufren y los detestan en su inmensa mayoría; incluso el sentir popular del vecindario estudió en algún momento la posibilidad de suprimir la procesión, rompiendo el hilo tradicio­nal de su Semana Santa al prescindir de este desfile de Las Turbas que, precisamente, fue considerado como el más duro y peniten­cial de todos ellos, y al que conocieron en tiempos que todavía alguien recuerda con el viejo nombre de "El Jesús de las seis", por ser esa la hora de madrugada en la que suelen sacar las imágenes de la iglesia de El Salvador.  
  

martes, 12 de marzo de 2013

LOS "JUDÍOS" DE MONDÉJAR


       
     Estas fechas cercanas ya a la Semana Santa se ofrecen oportunas para sacar a la luz de su escondite subterráneo, al menos en el recuerdo, a ese simpático grupo de imágenes que desde hace varios siglos la villa de Mondéjar guarda escondidos en los bajos de la ermita de San Sebastián. Según se dice en la nota de presentación a un curioso folleto que anda por ahí dedicado a los “Judíos” de Mondéjar, son tres los motivos que la próspera villa alcarreña tiene para ofrecer a los viajeros que algún día decidieran perderse por allí, a saber: las venerables ruinas del convento de Franciscanos, la iglesia parroquial con su impresionante retablo mayor, y las múltiples escenas de la Pasión conocidas por “los Judíos”, o “los Pasos”, según otros. Uno piensa que a las tres razones aludidas habría que añadir una cuarta, no menos importante que las demás aunque de aspecto muy distinto, y que podría ser la visita a cualquiera de las modernas instalaciones que existen en el pueblo para la elaboración y tratamiento del vino, tan conocidas y tan justamente consideradas.  
            Mondéjar es uno de los pocos pueblos prósperos que cuenta en la actualidad la provincia de Guadalajara, excepción hecha de los llamados Pueblos del Corredor. La especial condición de sus tierras de labranza para ese tipo de cultivos, así como el carácter abierto y laborioso de sus pobladores, han venido a librar a Mondéjar de muchos de los graves problemas, sobre todo de tipo económico, que aquejan a una buena parte de la sociedad actual, y, por no salir de la norma, también a estas tierras de la Baja Alcarria.
            El mondejano de clase, el mondejano de Mondéjar, tiene un carácter distinto a lo que es frecuente por su entorno geográfico en varios kilómetros a la redonda. Se me ocurre pensar en un mestizaje entre el alcarreño de toda la vida y el manchego de al otro lado de la Nacional III;  pues, a decir verdad, aires de ambas comarcas neocatellanas soplan de madrugada y al caer la tarde por los viñedos de Mondéjar. Como resultado ahí está una raza trabajadora, honesta, emprendedora e inteligente, muy amante de lo suyo, religiosa por tradición, y -cómo lo diría yo- un poco tosca a veces en sus formas y modales, con las consabidas excepciones, claro está, que en cualquier caso nos sirven para confirmar la regla.
            Aparte de cuanto se dice en la presentación del folleto al que antes me referí, acerca de los tres motivos que aconsejan visitar Mondéjar, debo agregar que a cualquier persona amante de lo insólito, serán los Judíos el primer gancho que, de un modo u otro, le aten en lo sucesivo a la villa guadalajareña de los vinateros.

En la Ermita del Cristo
            Por las afueras del pueblo, a menos de un kilómetro de distancia, está la ermita de San Sebastián, o del Cristo, por guardarse allí también la venerada imagen del Patrón de la villa. La recuerdo blanca como las ermitas cordobesas a las que cantó Góngora. La verdad es que por parte de los mondejanos las devociones populares en la ermita de San Sebastián van dirigidas exclusivamente hacia la imagen del Cristo del Calvario. No obstante es allí, en una galería a manera de cripta o corredor, donde se suceden una detrás de otra las misteriosas celdas en las que se guardan -quiero recordar que en número de doce- los “Pasos” o escenas de la Pasión, a los que popularmente y con una antigüedad de siglos, la gente reconoce con el apelativo de Los Judíos.

            La historia de esta rareza escultórica de la que Mondéjar es depositaria desde mediados del siglo XVI, resulta bastante pobre en datos sobre los que uno pueda apoyarse y, por supuesto, confiar. Parece ser que ya existían algunas de estas imágenes, sin que se sepa cuántas, en el año 1581, puesto que en un documento fechado en ese mismo año, se daba cuenta al rey Felipe II de la existencia de “los pasos” en la ermita de San Sebastián, a los que se calificaban de “obra curiosa y de especial devoción por las capillas subterráneas que están muy contemplativas”. Pero la ejecución completa de la obra tendría lugar siglo y medio más tarde, en el año 1719, debida a un fraile jerónimo del convento de Lupiana aficionado al noble arte de la imaginería, no muy ducho, esa el la verdad, de nombre Fray Francisco de San Pedro. Acerca de la personalidad de su primer artífice, quisiera apuntar como posible predecesores del anónimo autor, a Juan de Artiaga y Gabriel Pinedo, maestros del manierismo castellano de los siglos XVI y XVII, cuyos trabajos de imaginería, de concepción y trazado tan elemental como éstas, adornan los retablos de varias iglesia rurales en la diócesis de Osma. En cualquier caso se sabe que los gastos corrieron a cuenta de un piadoso adinerado de la localidad llamado Alonso López Soldado.
           
            Son once en total, o doce si se tiene en cuenta la Dormición de la Virgen, las escenas que van llenando las diferentes capillas del subterráneo. El número total de figuras quizá supere las setenta, siendo la más repetida la que representa a Cristo en varios momentos de su Pasión y Muerte: El lavatorio de pies a los Apóstoles, La oración en el Huerto, la Santa Cena, la Flagelación, la Verónica, Cristo en el sepulcro, la Resurrección, son algunas de ellas.
            Las figuras viene a ser de tamaño natural aproximadamente. Oscilan entre los tres y los doce personajes por paso, según el momento de la Pasión a que se refieren. Algunas de las figuras se presentan infantilmente desproporcionadas, como es el caso de una en la que aparece la Virgen recostada y con un libro delante, donde la cabeza y las manos no andan de acuerdo con el tamaño del resto del cuerpo, sino que se ven mucho más grandes de lo que en buena medida les corresponde.
            Tras el último retoque, como restauración de los desperfectos sufridos durante la Guerra Civil, el hecho de su contemplación resulta interesante y pintoresco a la vez; la capa policroma que recubre a cada uno de los personajes va perfectamente de acuerdo con el resto de la figura, lo que da como resultado una visión singularmente extraña, entre la velada sátira que suponen los personajes de escayola y el tremendo drama religioso que representan, de la que las salva el simple hecho de su originalidad, de su antigüedad en el tiempo y del lugar donde se encuentran, motivos suficiente como para convertirlo en un legado digno de admiración y de ser cuidado y conservado a toda costa. Y visitado también, naturalmente.

            Aún guardo con singular afecto la memoria del señor Fidel Hernández, el antiguo espiquer de Los Judíos, el amable cicerone de la ermita de San Sebastián, ya fallecido, que una mañana tranquila del invierno de 1983 me fue mostrando, con la voz grabada en un pequeño magnetofón a pilas, las diferentes escenas que se guardaban en cada una de las celdas. El aparato, no sé por que razón, en un momento de la visita dejó de funcionar, y el señor Fidel me tuvo que hacer los comentarios a viva voz, improvisados sobre la marcha, lo que añadía a la visita un encanto todavía mayor.
            He vuelto en más ocasiones y en años distintos a visitar la cripta de Los Judíos. Debo asegurar que no me ha impresionado tanto en estas ocasiones como lo fuera la primera vez por faltar el factor sorpresa, tan necesario para valorar debidamente los sitios y las cosas que se desean conocer. Vale la pena viajar hasta Mondéjar y dedicar unos minutos a la cripta de Los Judíos. No sé cuáles serán los trámites a seguir para visitarla. Acaso tenga un horario previsto que desconozco. Aconsejo, ante la duda, llamar por teléfono a la parroquial, de la que depende, y concretar el momento en el que se puede visitar, dato del que no dispongo.
            Si resulta connatural en el hombre -en el hombre normal, me refiero- y por tanto un deber el hecho de valorar lo suyo, justo es que estas cosas, tantas veces únicas que tenemos al alcance de la mano y como cosa propia, llamen nuestra atención y sintamos interés por conocerlas. Guadalajara en particular, y en general toda Castilla, está salpicada de interesantes motivos como el que hoy nos ocupa; motivos que no son otra cosa que el reflejo permanente del espíritu de quienes nos precedieron, es decir, parte de nuestra historia, de nuestro pasado más o menos lejano, de nosotros mismos; por lo que su conocimiento y admiración jamás debieran ser cosa trivial, como no lo son, ni mucho menos, esta serie de grupos escultóricos guardados desde hace siglos en celdas subterráneas, convenientemente atendidas, que cuentan en el patrimonio artístico y cultural de la villa de Mondéjar como algo muy propio y no exento de valor; en estas fechas un referente del costumbrismo religioso-popular de nuestros antepasados, perdido en el misterio. Una rareza que bien vale la pena conocer; por lo que te animo, amigo lector, a que lo hagas.