viernes, 12 de julio de 2013

SOBRE LAS BRUJAS DE PAREJA ( I )



En el año 2000, el bisemanario “Nueva Alcarria” publicó en cuatro jornadas consecutivas la serie de artículos que escribí con el título general de “Sobre las brujas de Pareja” y que quiero recordar tuvo un éxito extraordinario entre sus varios miles de lectores. Tiempo después sería la Diputación Provincial de Guadalajara la que los incluiría, todos juntos, en un trabajo único y con el mismo título, en su publicación anual titulada “Cuadernos de Etnología de Guadalajara” números 32-33, y del que me hizo entrega de una separata con 25 ejemplares, de los que apenas dispongo de dos de ellos una vez cumplidos en su día todos los compromisos.
            Pues bien, ha llegado el momento en el que, por tratarse de dos provincias implicadas en el mismo asunto, Guadalajara y Cuenca, aquel trabajo cruce los aires del mundo mundial, viajando sobre las modernas escobas electrónica que nos ha proporcionado la ciencia y alcancen así hasta el último rincón de la tierra. Los fragmentos, numerados del uno al cuatro, irán apareciendo en las pantallas de sus ordenadores, vía Internet, cada tres o cuatro días.  


“SOBRE LAS BRUJAS DE PAREJA” ( I )

            La cultura, cuando está debidamente orientada, suele dar al traste con la superstición y con las malas creencias. Cuando la formación humana de un país se viene abajo, la superstición brota sobre la piel de la sociedad inevitablemen­te como la roña sobre la piel de un cuerpo al que no se cuida. La Real Academia de la Lengua define a la superstición como «Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón». El hombre siente una necesidad vital de creer, de creer en algo que ni ve ni quizás comprende, y cuando ese algo no llega hasta él por los razonables caminos del convencimiento, el hombre se levanta sus propios "algos en los que creer", y así comienzan a aparecer en su corazón y en su mente las supersti­ciones, tantas veces perni­ciosas y acarreadoras de desgracias, horribles muchas de ellas, como ahora veremos.
            Durante la Baja Edad Media y una buena parte de los siglos XVI Y XVII, el fantasma de la superstición apareció con fuerza en la España de nuestros antepasados. Fueron famosas, pues la literatura se encargó de que lo fueran, las brujas de Trasmoz al pie del Moncayo, y las de Barahona en los páramos sorianos que lindan con nuestra provincia por la Sierra Norte.
            El Santo Oficio tenía, entre otras, la delicada misión de salir al paso de estos abusos; pero cometió al juzgarlos tantos errores, que siglos después la sociedad quiso en varias ocasiones pedir cuentas por tan tremendos castigos como se impusieron a personas inocentes, más que nada porque no se volviesen a repetir por lo menos de forma tan arbitraria. Cuando el látigo inquisitorial dejó de restallar sobre aque­llos pozos de iletrados, fue el pueblo llano, ignorante también y no menos malinten­cionado que los presuntos reos, quien se tomó por su mano la justicia, llegándose a cometer, incluso sobre clanes familiares completos, crímenes horribles. Léanse si no algunas de las últimas "Cartas desde mi celda" de Bécquer para caer en la cuenta, donde se da noticia de aquella carcoma social que entre las gentes ignorantes de nuestro país, roía y envenenaba la vida de los pueblos.
            El libro titulado "Brujería y Hechicería en el Obispado de Cuenca" escrito por Heliodoro Cordente, nos relata cómo la Ansarona, la Quiteria de Morillas y sus hermanas, fueron castigadas con todo rigor por el Santo Oficio; mas a pesar de eso, pocos años después de la muerte de todas ellas, volvió a cundir el miedo a las brujas entre algunos vecinos de la villa de Pareja. Fueron inculpadas en esta ocasión las hijas de La Morillas (Ana de Roa y María Parra), a las que el vecindario consideraba hechiceras como lo fue su madre.
            La muerte de niños en extrañas circunstancias se venía sucediendo con demasiada rapidez. Fueron muchas las personas que testificaron contra ellas, entre las que se contaba Juan Manzano, que acusó a La Roa de haber dado muerte a su hija de pocos meses por motivos de enemistad, y por haber sido ella la primera mujer que vio muerta a la niña y que al punto aseguró que la habían ahogado las brujas. Hubo testigos que declararon ante los tribunales que tanto La Roa como su hermana María Parra, se valían de su fama de brujas para intimidar a la gente del pueblo, sobre todo a las mujeres que estaban a punto de dar a luz, para pedirles dinero y productos de la despensa. Igualmente fueron acusadas de la muerte de varios niños más arrancados del lecho en el que dormían con sus padres.
            Cuando los inquisidores supieron de todo esto, mandaron leer públicamente en la iglesia de Pareja un edicto por el que se mandaba que todo aquel que tuviese noticia de brujas lo comunica­se al Santo Oficio bajo pena de excomunión mayor. El edicto se leyó el día 21 de mayo de 1554, si bien su lectura sólo sirvió para contribuir al aumento de la psicosis colecti­va, para que las alucinaciones fuesen a más y con ellas las denuncias.
            Juan Toledano, vecino de Pareja, dijo que estando una noche durmiendo con su mujer y una hija de corta edad en medio de ellos, teniendo el candil encendido, vio bajar de la cámara a tres personas con dirección al lecho en el que dormían. El relato de los hechos, copia literal de lo que consta en el archivo de la Inquisición en Cuenca, continúa así: «Y cuando vio que venían hacia él se asentó en la cama y las personas venían vestidas y una dellas dio con la mano en la lumbre del candil y lo mató este testigo asió a su hija y llegaron las tres personas y cree que eran brujas y echaron mano a su hija y trataron de quitársela pero no pudieron...» Acaba acusando a La Roa con el único argumento de la fama de bruja que tenía. (Continuará)


sábado, 22 de junio de 2013

CUENCA EN LA OBRA DE PÍO BAROJA



Todo lo que es bello, porque así surgió de la nada en la tarde de la Creación, permanece siempre. Es el hecho natural el que aporta la belleza a las cosas y el que las conserva, siempre que el hombre no se empeñe en impedirlo. La ciudad de Cuenca, debido a su emplazamiento, a lo excepcional de su base de roca entre la convergencia de dos ríos que bajan desde la Serranía que lleva su nombre, a su excepcional factura, agua y roca, es una de las ciudades más bellas del planeta. Patrimonio de la Humanidad, que los conquenses han sabido conservar según su merecimiento, y mejorar si ello ha sido posible, hasta convertirla en una de las ciudades más visitadas de España.
         Y no sólo lo es ahora, en el siglo del progreso, sino que lo fue siempre. Pío Baroja, personaje señero de nuestra literatura del siglo XX, le dedicó una novela, no demasiado conocida, incluso para los conquenses, de la que he decidido traer aquí una buena parte del capítulo primero. La precede una reseña de entrada al libro, donde se hace referencia a la escasa sensibilidad del pueblo español, y en particular de los conquenses por la parte que nos toca, frente a las realidades artísticas. Es la opinión de su autor, aunque el hecho de generalizar nunca podrá contar con la aprobación unánime. En cualquier caso “La Canóniga”, nombre de esta novela, es un trabajo que honra a la ciudad, digno de agradecerse.   

«Cuenca es una de esas viejas ciudades españolas colocada sobre un cerro, rodeada de barrancos y llena de callejones estrechos y románticos. No se explica que un pueblo así no aparezca en la literatura de un país, más que suponiendo en ese país una insensibilidad completa para cuanto sean realidades artísticas.»


            «La ciudad española clásica, colocada en un cerro, es una creación completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su formación, en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los árabes. Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear desde la altura.
            Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, ofre4ce este aire de centinela y observador.
            Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.
            Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del Rey, que forman entre ellosy el primero fosos muy hondos y escarpados. El foso, por el que corre el río Huécar, en otro tiempo y como medio de defensa podía inundarse.
            El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de la Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas. Dominándolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina, parece el Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca.
            El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reoproducen arbitraria y  fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos.
            Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y carrascas, de abajo a arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte más larga.
            Aparecen en fila una serie de asas amarillentas, altas, alguna de diez pisos, con paredones derruidos, asentadas sobre las rocas vivas de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de hierbajos que crecen entre las peñas.
            Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas, producen el vértigo. Alguna que otra torre descuella en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas ruinosas.
            Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran puente de piedra --un elefante de cinco patas sostenido en el borde del río--, que se apoyaba por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco. Este puente, que servía para comunicar el pueblo con el convento de San Pablo, había sido construido por el canónigo don Juan de Pozo en el siglo XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, derrumbándose el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó así roto durante muchos años.
            De los dos ríos conquenses, el Huécar fue siempre utilizado en el pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar, más solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las peñas, y en la parte más alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.
            Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto, de bajar de su roca a la llanura. Tal necesidad la experimentó más fuertemente a principios del siglo XIX, y creó un arrabal o ciudad baja.
            En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes de la milicia y del Estado; lo bajo, la democracia, el comercio, la industria. En estos pueblos, el pasado está siempre en alto y el presente siempre en bajo. No hay que extrañarse de que el espíritu de su vecindario sea casi siempre retrógrado.
            El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga a ambos lados del camino real, se llamó la Carretería.»     
              (Del Capítulo I de “La Canóniga”. Tomo V de “MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN”: Los recursos de la astucia. Pío Baroja.)

(Las fotografías nos muestran un aspecto de las Hoces desde el Cerro del Socorro, foto Arman; y aspecto actual de Carretería)

martes, 18 de junio de 2013

DESDE EL CASTILLO DE MOTOS

       
     Es sólo un decir lo del castillo de Motos. Consta que lo hubo, sí, y allí queda junto al pueblo la plataforma a manera de mirador que lo sostuvo, pero nadie lo recuerda. Es una historia horrenda la que se cuenta en torno a ese tosco otero molinés que tengo delante de los ojos cuando acabo de dejar atrás la villa de Alustante, una de las más importantes del Bajo Señorío, a las puertas mismas de la Sierra del Tremedal que oscurece el horizonte a nuestra mano derecha, allá lejos, donde apenas se distingue como una mota blanca en medio de los montes, la ermita patronal de la Señora de estos campos, la Virgen del Tremedal, que con tanto calor veneran en la cercana villa de Orihuela, ya en tierras de Teruel.
            Sería preciso medir a metros la distancia para dar por seguro que éste, el de Motos, es el pueblo más alejado de la capital de provincia. Pudiera ser. El cuentakilómetros del coche ha superado, por muy pocos, por seis quiero recordar, la cifra de los doscientos, que ya es una distancia, desde que salí de casa poco después de aparecido el sol por los campos de la Alcarria. Han transcurrido casi tres horas y me encuentro a los pies del cerro de Motos. Una antena, un edificio ínfimo que bien pudiera ser el depósito de aguas, y el tejado de una ermita, apenas se distinguen sobre el cerro desde abajo. Uno se acerca hasta él afectado en el ánimo -no sé si es ése el justo decir de lo que uno siente- por el recuerdo histórico de aquel malvado personaje que anduvo por aquí durante el último cuarto, más o menos, del siglo XV, y del que todavía se advierte en el paisaje el soplo nefasto de su memoria.
            Un pairón pintado de blanco advierte al entrar que estamos en tierras de Molina. Poco más adelante otro segundo pairón, se alza a la vera del camino, frente por frente de la lagunilla y de la fuente vieja. Es un pairón extraño que se sale de los cánones que, aun dentro de su variedad, rigen esta clase de monumentos tan propios de la tierra en que nos encontramos. Tiene un primera hornacina con cristal y objetos de adorno en su interior, bajo un nombre de barón escrito al fondo: J. Antonio López Martínez. En la hornacina de más arriba, también protegida con cristal, quiere distinguirse, malamente, una pequeña imagen de San José con el Niño en los brazos. Si no es reciente este pairón, si que tiene todo el aspecto de serlo.
            Enseguida se llega a la plaza. Hay una fuente en mitad con el correspondiente pilón delante de ella. La fuente de la plaza se construyó en 1940. Y a un lado y al otro las calles más destacadas del pueblo, entre las que se distinguen viviendas viejas y nuevas a la par, portadas en arco con la huella de los siglos sobre su piedra de cantería, almacenes y apriscos de ganado en las afueras donde se siente faenar a los agricultores, y sobre todo ello el recio corpachón de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, con doble arco de entrada, y la augusta portona de artística clavetería presidiendo el atrio; un atrio que, curiosamente, queda por debajo del nivel general del suelo y al que se llega por unas escaleras de piedra después de cada arco. El campanario, lo mismo que la iglesia en su interior, tiene una solemnidad destacable, que nos invita a pensar en lo que el pueblo fue por aquellos siglos memorables para las tierras del Señorío, que más o menos vienen a coincidir con las centurias diecisiete y diecio­cho, como bien dejan claro las iglesias, las casonas y los palacetes que todavía podemos admirar, maltrechos tantos de ellos, en una buena parte de los pueblos del entorno.
                                                                        
            Buscando el lugar preciso sobre el que se alzó en su día el mítico castillo del Caballero de Motos, uno escala, ladera arriba desde la barbacana de la iglesia, el cerro que el pueblo tiene a las puestas del sol. La visión es magnífica desde aquella atalaya. Kilómetros de campo a la redonda: tierras de labor, vegas fértiles, parameras inhóspitas, serrezuelas de pinar en la distancia, son todo un regalo para los ojos. A mediodía asoma la extensa pinada del Tremedal, en una panorámica más completa de lo que habíamos visto desde abajo; las vegas fecundas del Rubial y de Santa María, los llanos de mies de los que vivió el pueblo, más al norte. Y al pie el pueblo de Motos en imagen total, con sus tres o cuatro barrios puestos al descubierto, sus plazuelas chiquitas y sus calles cortas. Sube hasta nosotros el ruido de los tractores que bregan en la besana, el cantar de los gallos, el ladrido de los perros, las esquilas de un rebaño de ovejas que pasta en la explanada..., y en la imaginación del viajero, un esfuerzo más para reconstruir sobre el altillo en donde clavó sus cimientos, la fortaleza que hace más de quinientos años se debió levantar sobre el mismo pedestal de roca y tierra que ahora nos sostiene, olimpo de paz sobre sierras y páramos con el pueblecito de Motos a la caída, modelo de orden y de sosiego.
            Aquí tuvo su cuartel general, pernicioso centro de operacio­nes sobre toda la comarca, el mal llamado Caballero de Motos, don Beltrán de Oreja de nombre, natural de Hita. Las cónicas dicen de él que, ajustado como oficial por el Común de Molina, el "ilustre caballero" se dedicó al pillaje abiertamente, levantó su propio castillo y montó su personal ejército con todos los desalmados y maleantes que pudo reclutar. Sembró el pánico más atroz por toda la comarca imponiendo su ley, hasta que logró con malas artes enriquecerse a costa de los honrados moradores de aquella sierra, a los que solía intimidar y maltratar si llegaba el caso, hasta hacerse dueño de sus posesiones o del producto de sus campos. Muchas de las casas fuertes de aquellos pueblos, dicen que se construyeron para protegerse de la garra impía del "Caballero", quien, con el apelativo de Alvaro de Hita, impuesto por él mismo para burlar la ley, pasó a la historia, luego a la leyenda y después al olvido. El castillo, para que de tan "admirable huésped" no quedase ni señal, fue mandado destruir años más tarde por los Reyes Católicos.

            Situada en lo más alto del cerro recibe ahora todos los vientos del páramo la ermita de San Fabián y San Sebastián, tal reza escrito en un azulejo sobre la puerta nueva de la ermita. A la caída, el cementerio de Motos, ligeramente en la ladera, tapiado de piedras, donde las cruces blancas en hileras super­puestas aguardan, silenciosas y pacientes, el toque de clarín al final de los tiempos. Se asegura el augusto camposanto con una artística puerta de hierro forjado bajo arco de piedra; otro más de los recuerdos de Motos que se me quedaron para siempre prendidos en las celdillas de la memoria.

(Las fotografías nos ofrecen: Vista parcial del pueblecito Motos desde el Cerro del Castillo, y artística verja de hierro forjado en la puerta del cementerio) 

sábado, 8 de junio de 2013

CUANDO LA FOTOGRAFÍA ES ARTE

         

   Armando Álvarez no es madrileño, vive en Madrid pero no es madrileño, ni conquense de origen, nació en Granada en el año 1955; trabaja como analista informático del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con servicios especializados en su haber llevados a término en el Real Jardín Botánico de Madrid, en el Centro Nacional de Química Orgánica o en el Instituto de Óptica, por poner sólo a título de ejemplo, tres centros de tamaña altura y responsabilidad de lo más diverso.

             A mi amigo Armando le gusta el arte en todas sus manifestaciones. De la Música prefiere el blues y el jazz; de Pintura sospecho que a los artistas de vanguardia; de la Literatura no hemos hablado, y por su carácter natural es amigo del campo y de las mil cosas que hay en él: plantas, pájaros, vistas con mensaje…, y como artista por sí mismo lo tengo para mi uso como un poeta de la fotografía, con ciertas preferencias por los exteriores de la ciudad de Cuenca y por los campos y paisajes imprevistos del pueblo de su mujer, que es mi pueblo. Esperanza León Jiménez es la esposa de Armando, pintora de profesión e ilustradora de libros, de la que he hablado y escrito alguna vez. Esperanza, hija de Aurora y Augusto, marchó de niña con su familia a Madrid en aquellos años cincuenta, cuando en el medio rural se inició la diáspora a la ciudad en busca de un porvenir más seguro. Esperanza y Amando tienen casa en el pueblo, donde pasan algunas temporadas cortas a lo largo del año. Se les suele encontrar recorriendo el campo a la caída de la tarde, por los lugares más insospechados cercanos al pueblo. Él, casi siempre va provisto de su equipo de fotografía.
            Nuestro amigo -al que no sé cómo le sentará todo esto que digo, porque se confiesa tímido, cosa que no lo es, pero sí un enamorado de la ciudad de Cuenca, tal vez por su origen granadino (“porque no hay pena mayor que la de ser ciego en Granada”), rotunda apreciación del poeta Francisco de Icaza, que a mí me gustaría aplicar también a la ciudad de Cuenca por propio merecimiento, y creo que me quedo corto. Esta Cuenca de nuestros amores, sin igual por sus encantos naturales que le ha merecido el titulo de Patrimonio de la Humanidad, pero patrimonio nuestro sobre todo, cosa que a los conquenses nos gusta que se sepa, que se aprecie, y más aún que se conozca.


            A nuestro amigo le gusta descubrir y fotografiar las cosas menos comunes, lo inusual, lo que sería imposible conseguir sin esfuerzo y sin pleno conocimiento del oficio. Armando se sube a las peñas, escala una cima, se sostiene en una ladera en equilibrio para tomar un determinado plano, a la hora justa y cuando las condiciones de luz le son las más favorables; anda por trochas y senderos durante el tiempo que sea necesario por sentir la satisfacción de tomar una imagen irrepetible, y a fe que lo consigue. Luego, como es generoso, nos las muestra a los amigos con el correspondiente permiso para hacer con ellas el uso que creamos oportuno, que al menos por mi parte no es otro que darlas a conocer, para general deleite de mis amigos y lectores a través de los medios modernos. De ahí que, tanto o más que él, me sienta feliz al colocar una leve muestra de su trabajo en esta ventana al mundo que, sin duda, tendréis ocasión de disfrutar.   

(En las fotografías. "Vista general de la Hoz del Huécar", "Mirador sobre la Hoz", y "Campos de Olivares de Júcar junto al pantano")       

miércoles, 29 de mayo de 2013

Bien por D.Álvaro de Figueroa


            Doy por sabido que con este nombre nos estamos refiriendo a uno de los personajes del pasado más unidos, durante su vida y durante su muerte, a la provincia y a la ciudad de Guadalajara. Aunque nació en Madrid, fue aquí donde residió durante largos periodos de su vida, donde obtuvo los votos que en repetidas ocasiones le llevaron al Parlamento, y donde reposan sus restos desde 1950 en el magnífico panteón familiar de nuestro cementerio.

            Naturalmente que me estoy refiriendo al Conde de Romanones, de quien con ocasión de haber sido restaurado su monumento en la capital, al cumplirse el primer centenario de su erección,  fue noticia tal vez un poco desapercibida por el público, pero que merece la pena detenerse en ella, al menos para que las generaciones de jóvenes guadalajareños que apenas han oído hablar de él, se sitúen en el pasado y sepan que Guadalajara dio a España un Presidente del Gobierno, de los más famosos debido a las múltiples circunstancias que rodearon a su persona: como cacique en el mejor de los sentidos, como manipulador de voluntades porque el momento se prestaba a ello, y por sus salidas, de entre las que sobresale aquella de “¡jo, qué tropa!” con la que se despachó en ocasión de haber recibido la promesa de una lluvia de votos por sus más leales, y el resultado que dieron las urnas no fue el esperado.

           Pero, fallos y debilidades humanas fuera, el Conde de Romanones fue un hombre que nunca se olvidó de Guadalajara, y en lo que estuvo de su parte se esforzó por poner las cosas en orden, precisamente en un momento de nuestro pasado en el que todo estaba bastante desordenado y, como siempre, también la educación. El analfabetismo en todo el país alcanzaba, según  lugares, a más de un cincuenta por ciento de sus habitantes varones, y a cerca de un ochenta en sus mujeres. Los maestros no eran más allá que normales ciudadanos del lugar que con una prueba muy elemental se les permitía instruir a los niños sin otro beneficio que lo que, a manera de donativo, solían darles los ayuntamientos y los padres de sus alumnos.

            Don Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones, al ser nombrado Ministro de Instrucción Pública en 1901, conocida la situación y tomando por modelo de lo que sucedía a escala general las escuelas rurales de Guadalajara, tomó el toro por los cuernos, dignificó la profesión en sus primeros pasos, y situó al Magisterio Español como cuerpo estatal con todos sus derechos legales y todas su obligaciones. 

       Un paso importante para la culturización de España que aunque despacio -porque la profesión docente nunca ha sido considerada en justa correspondencia con su labor social- las cosas han cambiado, al menos por cuanto a conocimientos básicos se refiere; aunque en el ranking de la OCDE andemos insertos en lugar no deseable; pero esa es otra historia.

            Los maestros de toda España pidieron y colaboraron en la ejecución de este monumento nacional tras el decreto de su creación como cuerpo del Estado, y ahí lo tenemos, restaurado por el Consistorio local: “Al Excmo. Sr. Conde de Romanones, el Magisterio Público de España”, con el pláceme de todos los docentes que son y que hemos sido, empezando por mí, naturalmente.   

jueves, 23 de mayo de 2013

¡GUAPA! ¡GUAPA! ¡y GUAPA!



            Motivos exclusivamente familiares dieron conmigo el pasado lunes en la ciudad manchega de San Clemente, importante localidad conquense a la que en 1445 el Marqués de Villena, don Juan Pacheco, le concedió el título de villa con jurisdicción sobre las cuatro aldeas situadas en su entorno, de las que ya en el siglo XV fue cabecera. El San Clemente que todos conocemos tiene su origen en las primeras décadas del siglo XII, según cuentan que estaba escrito sobre una lápida de piedra encontrada en las inmediaciones de la ermita de Rus, y de cuyo texto dejaron noticia José Torres Mena y Fermín Caballero, dos de los más celebrados historiadores del pasado de la provincia de Cuenca. La referida inscripción rezaba lo siguiente: “Aquí yace el honrado caballero Clemente Pérez de Rus, el primer hombre que hizo casa en este lugar e le puso el nombre de San Clemente. Falleció en la era de Nuestro Señor Jesucristo, mil y ciento treinta y seis años.”

            Aunque la autenticidad de la lápida en cuestión haya quedado en entredicho (nadie la ha visto después -que yo sepa- ni se tenga noticia de su paradero-, de lo que no hay duda es de la relación de aquel supuesto personaje con el San Clemente real por razón de su nombre y del segundo de sus apellidos: Clemente y Rus. Nombre que asímismo lleva el arroyo que cruza la ciudad, el arroyo Rus, que por primera vez he visto con su corriente de agua de los mejores tiempos.
            Pues bien, el pasado lunes fue un día grande para San Clemente en honor de su Patrona. De madrugada, portadores y fieles en general procedieron al traslado a hombros hasta su santuario de la venerada imagen de Nuestra Señora de Rus, y horas después lo harían en caminata de regreso hasta el convento de Carmelitas con la Virgen de los Remedios, que sustituyó como Señora del santuario a la imagen de su titular y Patrona, mientras ésta pasaba su temporada anual en la iglesia del pueblo.

            No conocía este acontecimiento festivo, tan señero y principal para San Clemente y para algunos pueblos más de su comarca. Los traslados desde y hasta el santuario de la Virgen de Rus -nueve kilómetros de distancia, a hombros de portadores- llevan en sí la mayor parte del interés de la fiesta. Los establecimientos oficiales y las tiendas están cerrados. La gente se echa a la calle o a la carretera para acompañar y vitorear a su Virgen de Rus tanto a las llegadas como a las despedidas. A un lado y al otro de la calle hay puestos de refrescos repletos de clientes. Es la gran fiesta de todos: ancianos y jóvenes, hombres maduros con sus niños sobre los hombros o en los brazos de sus madres para ver a la Virgen, son parte del paisaje local cuando llega la procesión con el dosel engalanado sobre cuatro columnas donde va la imagen -bellísima, ciertamente- de la Madre común en cualquiera de sus dos advocaciones. Los gritos de ¡¡Viva la Virgen de Rus!!, y de ¡Guapa! ¡Guapa! ¡Guapa!, se oyen por todo el trayecto, a la vez que la banda de música suena a ritmo de pasodoble y se jalea a la imagen patronal sobre las andas al compás de la música.

            ¡Ah, sí! Se me había olvidado dejar constancia de que los portadores que llevan y traen a hombros la imagen de la Virgen, lo hacen corriendo en medio de la procesión de gente que los sigue. Hubiera sido obviar un dato fundamental en esta importante fiesta tradicional, tan unida a la esencia de la ciudad, una de las más distinguidas y prósperas de toda la Mancha.
            Sólo me resta considerar en su valor el acontecimiento, y recomendar a los lectores que lo conozcan siempre que tengan ocasión.   

(En las fotos: un momento de la entrada de la Virgen; imagen de la Virgen de Rus; y Monumento a los portadores.)                

domingo, 28 de abril de 2013

ALGO MÁS SOBRE "LA AFRENTA DE CORPES"



            Hemos entrado en tiempos -bienvenidos sean- en los que parecen importar las reliquias del pasado, tan olvidadas por años y por siglos. Los escenarios por los que en la España interior sucedieron cosas notables, bien como acontecimientos reales registrados por la Historia, o bien como fruto de la imaginación donados a perpetuidad por juglares y novelistas, según la época, comienzan a perfilarse como posibles rutas turísticas, válido complemento a ese despertar del llamado turismo rural que, poco a poco, parece que se va consolidando como un presumible soplo de esperanza tan necesario para el sostenimiento de la mayor parte de nuestros pueblos. En Guadalajara, y en general en toda Castilla, van surgiendo las llamadas “casas rurales”, preparadas para satisfacer la necesidad de contacto con la naturaleza del que, por imposición de la vida moderna, carecen tantos miles de semejantes nuestros condenados a vivir en esos hormigueros sin horizontes en los que a veces se convierten las grandes ciudades.
            Pues bien, una de esas rutas turísticas en las que los expertos se han puesto a trabajar, ignoro sin con mucha o con poca fortuna, es en la conocida como “Ruta del Cid”, que comprende los parajes y lugares de la de la geografía española que conocieron de las hazañas y de las desdichas del héroe castellano que, un poco la historia y un mucho la leyenda, han convertido en señera de nuestra mitología particular.
            Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, fue en su tiempo, y desde luego muchos siglos después, una rareza de la Historia, más un mito que un héroe -que también lo fue, y de los de más talla-. La ristra de virtudes humanas que el pueblo le ha venido atribuyendo a lo largo de casi diez siglos, han hecho de él un ser de ficción, un personaje de leyenda, hasta el punto de haberse llegado a deshumanizar su figura por capricho de la imaginación. La literatura nos ha dibujado una imagen irreal del Campeador, hasta el punto de ponernos a veces en la tesitura de no saber si elegir la Historia o inclinarse por la Literatura para saber de él. La mayor parte de la gente que tiene una idea de su figura, la ha adquirido a través de los textos que se recogen en el famoso “Poema de Mío Cid”, producto de un juglar, de nombre desconocido para más inri, cuya copia ha llegado por fortuna hasta nosotros, y figura hoy merecidamente como el principal monumento de nuestra literatura naciente, si bien prevalece en él, como es fácil imaginarse, la leyenda al uso, la exaltación al héroe, por encima del rigor histórico. Con todo ello tiene relación lo que hoy comentamos en este trabajo.
            Según el “Poema de Mío Cid”, don Rodrigo de Vivar atravesó a todo lo largo nuestras sierras del norte de la provincia, y de su viaje al destierro por aquellos caminos se dan en el libro datos más que suficientes; se habla de lugares, y se vuelve a insistir en ellos en el viaje de regreso. El tercer cantar del Poema se titula “La afrenta de Corpes”, y en él se da cuenta del vil comportamiento de los Infantes de Carrión, sus propios yernos, apaleando y dejando malheridas a sus mujeres en el Robledal de Corpes.

Posición A
            Tengo delante de mí bastante documentación acerca de este hecho que da lugar a la tercera parte del Poema; datos contradictorios que no consigo encajar. La tradición va por un lado, la toponimia por otro, la literatura por un tercero, y la historia por otro bien distinto, que como las vacas flacas del relato bíblico se come a las demás razones, pero siempre dejando en la mente y en la conciencia la chispa fatal de la duda.


            La toponimia y la tradición oral están a favor de Robledo de Corpes, pueblecito de Guadalajara en la sierra de Atienza, como posible escenario donde aquellos lamentables hechos tuvieron lugar. Hace algunos años, un hombre sensato y muy en su sano juicio, natural y vecino de Robledo de Corpes, me aseguró que el apaleamiento de las hijas del Cid por sus maridos tuvo lugar en los declives fragosos de una dehesa cercana al pueblo a la que llaman la Lanza; añadiendo el recto informador que unos pastores que andaban por aquellos contornos las intentaron reanimar dándoles a beber agua fresca tomada de una fuente en sus propios sombreros.
            No hace mucho anduve por aquel lugar, convertido hoy en saludable merendero, con una fuente, en efecto, de agua fresca, que han conducido para que mane desde un pequeño muro de piedra.

Posición B
            Una revista interesantísima, que años atrás publicaba la Diputación de Soria, en su número 22 dedicó varias páginas al paso del Cid Campeador por tierras de aquella provincia. En relación con el asunto que nos ocupa -la fuerza de la tradición vuelve a tener su sitio, con el aval de la lógica en su favor conocido el itinerario- transcribo lo que en el citado trabajo se dice, y que presentan con la fotografía de una piedra recordatoria, muy antigua, incrustada en el muro, a ras de suelo frente al ábside románico de su iglesia en el pueblo soriano de Castillejo de Robledo: “La afrenta de Corpes, según una tradición medieval premostratense de la Vid, se sitúa en el entorno de la ermita de la Virgen del Monte, en Castillejo de Robledo, con camino de ida y vuelta desde San Esteban de Gormaz, bien por el Soto de San Esteban, bien por Aldea de San Esteban, Miño de San Esteban y Valdanzo”.
            A raíz de haber leído aquel trabajo busqué la ocasión de visitar el pueblo soriano de Castillejo de Robledo y, efectivamente, di con la piedra recordatoria del hecho, y le hice unas fotografías que ofrezco también aquí a los lectores.

Posición C
            Pero al margen de toda visión literaria ¿Qué es lo que dice la Historia como documento válido?, ¿Cuál es la opinión de los estudiosos?, ¿Cuál la verdad limpia como contrapunto a esa visión fantástica que bajo toda sospecha nos ofrece el Poema?
            Hace tiempo cayó en mis manos un texto interesantísimo en relación con este asunto; una opinión razonable, un comentario más acorde con la verdad histórica que deseo servir en transcripción literal con la confianza, cuando menos, de que a nadie le pueda resultar descabellado. Lo escribió Víctor de la Serna Espina en Carrión de los Condes, y apareció publicado en “ABC” en mayo de 1953. Éste es el fragmento que entresaco de aquel añejo artículo y que dice así:

            Porque esto es, por lo menos, frontera, lector. Así como Tierra de Campos es Castilla, esto suena a León. Y si nos llegamos a Carrión, más. Porque parece que ya se puede afirmar, conforme a la crítica histórica más severa (en esta materia se habla o de Sánchez Albornoz o de Menéndez Pidal, o de nadie), que lo de la afrenta Corpes es un “bulo” de los castellanos por piques con los leoneses. (Que también los castellanos hacemos las nuestras.) Basta con ver en Carrión de los Condes el sepulcro de uno de los calumniados infantes (hijos o sobrinos de Per Ansúrez, el poblador de Valladolid) para comprender que aquel caballero con la mano en el galón del brial era incapaz, como su hermano tampoco lo era, de cometer la felonía de azotar a unas mujeres desnudas, indefensas, y además bellas y blancas, que eran sus esposas. Total, que por leoneses han sido difamados dos caballeros cuyos sepulcros están en el monasterio de San Zoilo, de Carrión de los Condes, junto al famoso vado donde se decidió la soberanía de Castilla…”
            Hasta aquí, diríamos, el estado de cuestión. Ahora toca decidirse por una o por otra de las tres posturas expuestas. Del poder de la literatura en la mente y en el corazón de los hombres, habla aquella anécdota que me tocó vivir hace algún tiempo, cuando un acérrimo e incondicional caballero de la Mancha, no solo insistía, sino que apostaba doble contra sencillo, defendiendo el inútil argumento de que Don Quijote había nacido en Argamasilla de Alba, y que él en persona había llegado a conocer y a tratar en aquel pueblo a gentes de la misma familia del famoso hidalgo; no de un posible personaje en el que se pudo inspirar Cervantes, sino del mismo Don Quijote en carne y hueso. Esto, como también lo otro, permíteme amable lector, suena un poco a disparate. La literatura de creación se alimenta de la fantasía; la historia, cuando se es fiel a ella, es otra cosa, aunque por desgracia y para mal nuestro, cuenta, contó y contará en todo tiempo con desaprensivos manipuladores.  

(Las fotos corresponden al lugar de La Lanza en Robledo de Corpes (Guadalajara), al muro conmemorativo con texto del Poema de Mió Cid, en el mismo lugar de La Lanza; e inscripción conmemorativa sobre un viejo muro en Castillejo de Robledo (Soria)