domingo, 4 de septiembre de 2011

"CIEN ESPAÑOLES Y CUENCA"


Allá por el año 2000, mi amigo y celebrado compinche, Raúl Torres, publicó un libro con un contenido eminentemente conquense al que tituló “Cien españoles y Cuenca”. Consistía en una serie de preguntas, siete, las mismas para todos, dirigidas a un centenar de personajes de la literatura, del periodismos, de la política, del arte, de la cultura en general, conquenses o foráneos, sobre temas varios acerca de la ciudad de Cuenca. Por motivos de amistad, creo yo, aunque nos solemos ver allá de lustro en lustro y por pura casualidad, me eligió entre esos cien personajes para responder a su cuestionario. Un detalle que agradecí, y que a más de diez años de distancia de haber sido sacado a la luz pública, en un estupendo volumen editado por la Diputación Provincial, he vuelto a releer este verano. Quizás sean las mías las menos importantes de las respuestas que entre los cien aportamos en su día a la singular publicación del libro de Raúl Torres; pero como muestra podrían servir en homenaje al autor amigo, uno de los escritores que más se han preocupado por dar a conocer las infinitas maravillas de la ciudad -y provincia por extensión- de esa Cuenca incomparable, Patrimonio de la Humanidad.
Estas fueron sus preguntas, y las respuestas que se me ocurrieron en aquel momento, y que ahora ratifico de principio a final.

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¿Qué es lo que más le impresionó de Cuenca la primera vez que vino, la primera ocasión que estuvo en ella?
Fue la primera vez que vi una ciudad. Debía de tener cinco o seis años solamente. Los edificios de Carretería; los gritos de la churrera a la llegada del coche de viajeros en el que yo iba, y el olor a puchero y a cocina de carbón que salía de los portales de las casas me impresionaron mucho. Recuerdo que me llevó Esperanza, mi hermana mayor. Nos hicimos una fotografía en “Foto Arte L. Pascual” de la calle Calderón de la Barca, y luego nos comimos la merienda que mi madre nos preparó en el pueblo, sentados los dos sobre unas piedras que había al pie del cerrillo que, más o menos, quiero recordar estaba a la altura de donde después levantaron el hotel Torremangana.
La segunda fue años después, cuando llegué con mi maleta de cartón como todo equipaje, con el Bachillerato recién acabado como alumno libe, a iniciar los estudios de Magisterio en septiembre de 1954. Me hechizo su magia indiscutible, su espíritu de ciudad diferente al que me abrí sin condiciones para que entrase en mí, y lo digo con orgullo, creo que no me costó trabajo el conseguirlo.

¿Qué le interesó más, las Casas Colgadas en la Hoz del Huécar, la Ciudad Encantada o los paisajes de la Hoz del Huécar?

Prefiero los paisajes de la Hoz del Huecar. Son los primeros que afloran a la imaginación cuando me pongo a soñar con Cuenca. Los paisajes sombríos, otoñales de la caer la tarde, cuando los brujos de la Serranía van llegando entre dos luces a pasar la noche junto a los farallones de la Hoz
Si tuvo contacto con los conquenses ¿qué le parecieron: abiertos, sensibles, mágicos, oscuros, con complejo de que Cuenca es la mejor…?
Los conquenses son (somos) una raza oscura y diferente. Nos gusta sobrevalorar todo lo que a Cuenca se refiere; solemos guardar a perpetuidad en aquel escondido rincón del corazón donde se guardan las cosas entrañables, el cariño por nuestra tierra. Añoramos a Cuenca de por vida y respiramos con gozo su aire cuando traspasamos, después de alguna temporada de ausencia, el umbral de la provincia. Por lo demás, honestos, pacíficos y con un sentido profundo del paisanaje. Los hay malhablados y un poco zascandiles ¡Qué le vamos a hacer! Pero son los menos.

¿A quién admira más: a doña Rogelia, el personaje de Mari Carmen, a José Luís Coll, a José Luis Perales, a Gustavo Torner, a Raúl del Pozo, a Federico Muelas o al señor Luzón, director de Argentaria? (sólo en algunos casos).

A Perales y a Raúl del Pozo. Son los únicos con los que he tenido alguna relación personal. Al primero por sus valores como persona, además de los artísticos de los que medio mundo es testigo. A Raúl del Pozo porque coincidí con el en mis años de estudiante, incluso compartiendo a veces las mismas aulas, aunque Raúl era algún curso anterior al mío. Admiro su valía que nadie me podrá discutir; pero todavía más su arrojo y su capacidad para abrirse camino en unas circunstancias -aquellas de nuestra primera juventud- que no fueron, ni mucho menos, las mejores. De todo ello puedo dar fe.

De nuestros personajes históricos más transcendidos -Juan de Valdés, Fray Luís de León, Fermín Caballero, Álvaro de Luna, Alfonso VIII, el Licenciado Torralba, Alonso de Ojeda, Gil Carrillo de Albornoz, o Julián Romero, por ejemplo- ¿Cuál le interesa más?
Todos son importantes; pero me quedo con el condestable de Casstilla don Álvaro de Luna, aunque sólo sea porque he estudiado a fondo su vida y sobre el que tengo publicada una biografía novelada de la que quedé bastante satisfecho.

¿Qué comida conquense prefiere: morteruelo, ajoarriero, mojete, gachas, gazpacho de pastor, zarajos o judías con chorizo?
Me gustan todas, aun que reconozco que son demasiado fuertes y no aptas para estómagos delicados. Añoro el morteruelo, el mojete y las judías con chorizo. Eran -cada una en su momento- los manjares que más aceptación solían tener en la mesa familiar cuando yo era niño. El alajú y el resolí no suelen faltar en mi casa durante todo el año, sobre todo el resolí. Para mi uso son, convertidos en alimento bebible o masticable, el auténtico espíritu de las tierras de Cuenca, su compendio y resumen, que diría el hortera.

¿Se sintió en Cuenca feliz o triste? ¿Volverá alguna vez porque lo necesite o porque comprobó que era un lugar mágico, para ser feliz? ¿Echó algo de menos?

Vivir en Cuenca fue en su día para mí un acontecimiento definitivo. Lejos de todo tópico -y sin que pretenda hacer por ello una frase estúpida-, los tres años de mi vida pasados en la capital fueron felices y me marcaron para siempre. Allí fue madurando y se fortaleció mi manera de pensar, mi forma de ser y de comportarme, bajo las infinitas privaciones de aquellos tiempos, pero en medio de un escenario incomparable que tantas veces me sirvió para suplir otras deficiencias propias de la época. Vuelvo a Cuenca con cualquier pretexto cada vez que tengo ocasión, que viene a ser tres o cuatro veces al año. En estos llanos campiñeses del valle del Henares en donde vivo, echo en falta el carácter conquense y más todavía su entorno irrepetible, al que en otro tiempo dediqué muchas horas que se han ido petrificando en el recuerdo.

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