martes, 20 de septiembre de 2011

TRILLO, LA DEL ETERNO RUMOR

            La casualidad ha querido privar a Trillo del amable don del silencio mientras que el mundo exista. Las noches de Tri­llo, por obra y gracia de las aguas saltarinas de la chorre­ra, son noches rumorosas, noches de provocadora calma que invitan al adormeci­miento. En tanto que la Alcarria toda se ocupa durante las largas noches a soñar en silencio, Trillo se arropa en un sórdido estré­pito de aguas via­jeras que se descuel­gan violen­tas por las super­ficie vertical de la roca, producien­do al caer un murmullo que el tiempo hizo consustancial con la propia exi­stencia del pueblo. Uno da por seguro que sin el rumor de las aguas que lo arrullan y lo revi­talizan, Trillo hubiera dejado de ser lo que es.
    
        Hoy he tomado de buena ma­ñana, y con no menos ilusión que otras veces, el camino de Tri­llo. No es precisamente ésta en la que ahora voy la hora de la Alcarria, sino la del atarde­cer, cuando todo en su ruda piel re­zuma una vitalidad y una belleza indefinibles. La Alcarria, bajo mi punto de vista, se hizo para sufrirla en las horas fuertes de sol y de calina en los estíos, y para gozarla cuando el sol toma las de Villadiego sobre la cima del último teso del ponien­te.
            Sin que el fin primero del viaje se lo permita, uno siente deseos al pasar de detenerse en Cifuentes, de volver a encontrar tantas cosas y tantas impresio­nes que bien sabe se guardan allí; de pararse en Gárgoles, donde uno conserva sus buenas amistades que a veces le invitan con la mejor intención a visitar las cuevas, sin que sea posible cumplir con el compro­miso de aceptar. El río Cifuentes, a campo abierto, es en realidad el verdadero protagonista de estas tierras; como lo son por su par­te las Tetas de Viana las dueñas y señoras de toda panorámica visual, de toda estampa alcarre­ña que se precie de serlo. Ahora tenemos frente a nosotros las Tetas de Viana recortando el horizonte. El río Cifuentes ape­nas lleva agua. Como sabido es, el río Cifuentes nace en la Fue­nte de la Balsa, al pie mismo del viejo castillo cifonti­no, se estira a lo largo de diez o de doce kilómetros por ambos Gárgo­les y al final, luego de haber dado vida a las tierras llanas por las que transcurre, se pre­cipita en la sombría barranquera de Trillo, antes de incorporarse total y definitivamente al cauce del Tajo.
            Los pescadores de caña, los pacientes y más que sufridos pescadores de caña, dejan correr el tiempo a la sombra del puen­te, esperando que el espinoso barbo o la boga veloz tengan la bondad de tirar del hilo. Por encima del pueblo, más o menos sobre la informe silueta de las casas de poniente que se alinean al otro lado del río, escupen mansas su enorme bocanada de humo blanco las torres gemelas de la central nu­clear.

            Trillo, tanto el pueblo por sí mismo como por sus alrededo­res, fue durante los últimos siglos una de las villas más sonoras y más conocidas de toda la Alcarria. Todo a raíz de sus famosos Baños de Carlos III -pues se establecieron en el rei­nado de aquel monarca Borbón-, de los que ahora más bien queda el nombre que el recuerdo; pero no siempre fue así, pues queda constancia escrita, tanto en retazos literarios de aquella época como en documentos dignos de toda fiabilidad, que una vez realizadas las últimas obras de adaptación y acondicionamiento, podían acoger a lo largo del año a 850 personas bien acomodadas, a 250 militares y a 350 pobres de solemnidad, computando el gasto medio de unos con otros en 320 reales por persona. Según dice don Pascual Madoz en su "Diccionario Geográfico Históri­co", compuesto hacia el año 1848, «las aguas de estos baños contienen gas oxígeno y azoe, hidroclorato de cal é hidrosul­fato de la misma base, hidroclo­rato de sosa, hidroclorato de magnesia, sulfato de cal, ácido hidro-sulfúrico, ácido carbóni­co, carbona­to de hierro y azu­fre; convie­nen en todas las en­fermedades cutáneas, reumas cró­nicos, dolores artríticos y go­tosos, cólicos nerviosos y otras varias enfermeda­des».
            De la famosa fábrica de hilar estambres que los señores de Reig tuvieron instalada en las márgenes del Tajo, se llegó a decir y como tal aún consta, que «en este estableci­miento se hallan reunidas cuantas máquinas ha inventado el hombre para cen­tuplicar las fuerzas, ahorrar brazos y anticipar­se, si puede decirse así, a la velocidad del tiempo», pues sus propietarios, parece ser, no perdonaron medios para ponerla al nivel de las más sobresalien­tes de Europa.
            Nada queda hoy de todo aqu­ello, como ya se ha dicho; y muy poco, salvo una pobre muestra de la tallada piedra medie­val que no quisieron llevarse, del mo­nasterio cisterciense de Santa María de Óvila, una penosa his­toria harto sabida, de cuya de­saparición la Alcarria todavía se lamenta.
            En este tiempo nuestro es la central nuclear la nota que distingue a las tierras de Tri­llo. Uno guarda para sí el deseo de opinar sobre la conveniencia o no de la misma. Los tiempos son otros, y otras son también las necesidades y el moderno sentido de la equidad y de la justicia. A distancia, quienes viajan por aquellos alrededores pueden ver la masa blanquecina que arrojan por su boca de crá­ter sobre los cielos limpios de la Alcarria las torres de la central nuclear, también dos, e iguales como las Tetas de Viana, a las que les han venido a caer de vecinas por contrapunto.

            Las aguas del río Tajo pa­sean tranquilas entre una hilera de chopos por los bajos de la villa. Con baños reales y sin ellos, con sanatorio y sin él, con torres humeantes y lo mismo si no las tuviere, Trillo es para quien lo conoce uno de los pueblos más bellos y saludables de toda la Alcarria, dema­siado bello y dema­siado saludable qui­zá. Un canto rumoroso al agua y a la luz, a la sombra y al si­lencio; prerrogativas que le llegaron por simple derecho de creación y que nadie, por muchas vueltas que el mundo se empeñe en dar, podrá arrebatarle.

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