sábado, 17 de octubre de 2015

ACABÉ MIS "MEMORIAS"



           
          Ha llevado su tiempo poner a mis “Memorias” el punto final, aunque tampoco demasiado. Era un antiguo proyecto sobre el que me puse manos a la obra a su debido tiempo. Hay una edad para escribir estas cosas: esa en la que uno se va sintiendo mayor y se cree en condiciones mentales lo suficientemente lúcidas para hacerlo. Una vida da para mucho, en mi caso para 220 folios que guardo en el ordenador con las correspondientes copias de seguridad. El recuerdo es algo que nunca se debería dejar perder, porque nosotros nos marchamos y las cosas quedan.    
            En principio pienso hacer una edición casera para cada uno de mis hijos, y otra para mí. Publicarlo en libro, lo dudo; pues se trata de un asunto tan íntimo y personal que sólo interesa, creo yo, a la familia, y si acaso a los contados amigos de verdad que uno tiene y que raramente pasan de veinte, cantidad que ningún impresor se compromete a editar en libro. Ahí os dejo una página de juventud como botón de muestra. En la fotografía un aspecto más o menos actual de Carretería, la calle principal de Cuenca, que tanto sabe de los haceres y andanzas de los conquenses.

           «El hecho de asistir a clase como alumno oficial -después de tantos años de estudios en el pueblo como alumno libre de Bachillerato- con más de treinta compañeros de curso en la desaparecida Escuela de Magisterio “Fray Luis de León”, de la que ya no queda siquiera su impresionante edificio, uno de los mejores de Cuenca en aquellos tiempos, con un claustro de profesores distintos para cada asignatura, me resultó novedoso, me sentía gratamente extraño y muy feliz desde el primer día, con tanta gente joven con la que compartir amistad, horas y trabajo, todos con ganas de vivir, y con ganas de estudiar sólo unos pocos, un grupito que llamaban del biberón, diez o doce, que destacábamos por la edad bastante inferior a la media del curso, y que muy pronto nos constituimos en cuadrilla. No asistían chicas a las clases, las futuras maestras tenían sus aulas en la primera planta del edificio, mientras que nosotros teníamos las nuestras en la segunda. El trato con ellas, tanto dentro como fuera de la Escuela, era escaso, prácticamente inexistente, aunque había una ancha escalera central, con dos columnas y muy elegante entre ambos pasillos, que sólo solían usar los profesores y las señoras de la limpieza. En las dos plantas existían los mismos despachos, las mismas dependencias administrativas, conserjerías, y clases amplias, una para cada curso además de las específicas: Música, Manualidades, Educación Física, que tenía su espacio en un estupendo gimnasio situado en la planta baja, junto a la Capilla. Las diferentes secciones de Educación Primaria, anejas a la Escuela de Magisterio, en las que realizábamos las prácticas, ocupaban el ala paralela del edifico con espacios similares a los de la propia Escuela Normal.
            En el primer curso estábamos gente variopinta; la mayor parte de ellos llevaban el lastre, un tanto infantil, que traían del Instituto; yo, por mi parte, con el inevitable pelo de la dehesa. Los alumnos de los cursos superiores no nos hacían caso, eran otra cosa, y no digamos los que estaban a punto de concluir los estudios, a los que admirábamos casi con reverencia. A algunos de estos ya los veíamos pasear por Carretería con su correspondiente de la primera planta, cuidando, eso sí, que no los vieran los profesores -sobre todo ellas. Eran aquellos tiempos en los que las horas de ocio para los estudiantes consistían en pasear por Carretería al caer la tarde, en ir al cine alguna vez si había medios económicos para hacerlo, y los domingos tomar unos chatos o unos penaltis -media caña de cerveza- en “Las Américas” o en “El Sotanillo”, que los jueves tenían por costumbre poner de aperitivo un platillo de paella. Cuando venía del pueblo algún familiar, solíamos llevarlo al Colón o a la Martina, en Carretería, cosa que ocurría rara vez y que solía pagar el invitado.

            La vida para la juventud en aquellos años era tranquila, y para los mayores todavía más. No ocurrían cosas importantes. Escaseaba el dinero y había que hacer frente a la vida prescindiendo de él. En Cuenca, la monotonía ciudadana se solía romper muy de tarde en tarde con el rodaje de alguna película que alteraba por unos días la vida de la ciudad, sobre todo entre la juventud. Las horas de rodaje de “Calle Mayor”, con Betsy Blair y José Suárez fueron un importante motivo de distracción, en especial para los estudiantes, que se hacía notar sobre todo en la falta de asistencia a las clases; pues muchos se ofrecían como extras para sacarse unas pesetillas, que luego pagarían a la hora del examen.»