sábado 17 de marzo de 2012

TRESJUNCOS


 
            Nunca había estado en Tresjuncos hasta el verano del años 2010 que pasé por allí a conocerlo, junto a su vecino Osa de la Vega, en viaje especial con el exclusivo fin de tomar datos en ambos pueblos con relación al tristemente famoso “Crimen de Cuenca” en el primer centenario del suceso al que dio nombre.
            Tenía algunos amigos y conocidos de Tresjuncos, desde mis años de estudiante en Cuenca; pero a los que les he perdido la pista definitivamente después de tantos años.
            Ahora, este importante lugar manchego cuenta con cierta preferencia en nuestro blog con motivo de otro aniversario, el X de la muerte de Camilo José Cela que, mucho antes que yo, pasó por Tresjuncos y dejó escrito para la posteridad uno de los mejores artículos de sus andanzas viajeras por tierras de España.
            Pese a todo, lo considero poco conocido entre mis paisanos los conquenses, incluso entre los propios habitantes de Tresjuncos. Creo que se publicó en el diario “Ofensiva” de Cuenca allá por los años cincuenta,  y después en sus Obras Completas, de donde lo extraigo con todos los honores y transcribo para quienes lo quieran leer, un ejercicio que les aconsejo. 

                   TRESJUNCOS
            «El pueblo de Tresjuncos está en la Mancha de Cuenca. Al pueblo de Tresjuncos acaban de darle un premio por su aseo y galanura. Al escritor le gustaría contar aquí una fabulilla ejemplar, una tierna y sosegada parábola en la que se hablase de rosas en el estercolero y de bellas y tímidas perlas en el muladar hediondo.
            Tresjuncos, como manchego, es pueblo de secano. Según don Pascual Madoz, Tresjuncos, por todo tener, tiene varios pozos de malas aguas. Al cabo del siglo transcurrido desde la información de don Pascual, Tresjuncos sigue sin agua para lavarse la cara, incluso sin agua para beber. En Tresjuncos no hay fuentes públicas y los pozos, si alguna vez los hubo, se han cegado. Los tresjunqueños -bachuilleres, les llaman los de Villamayor de Santiago y los de Hontanaya, los de Fuentelespino de Haro y los de Osa de la Vega- han de caminar un cuarto de legua para ir por agua y han de desandar lo andado para traerla. Las casas de Tresjuncos, albas como palomas, se adornan con el geranio y la pasionaria, con el clavel y la albahaca, con las fucsias como sangre de toro, las calas blancas y verdes y las begonias de diminutas flores de color de rosa, que pintan sus honestas pinturas sobre la cal.
            Tresjuncos es pueblo de fabulosos tesoros escondidos. En el cerro de la Butrera, que tiene el corazón de onzas de oro, los tresjunqueños empezaron a arañar la costra de la tierra y desenterraron elegantes ánforas romanas y preciosos pisos de mosaico multicolor y brillador. Esto fue en el 1949 y el año siguiente recibieron orden de parar: Estas cosas hay que hacerlas científicamente -les dijeron-; estense ustedes quietos, que seguiremos escarbando nosotros como Dios manda y con arreglo a las costumbres de la ciencia.
            A los diez años de la orden, los tresjunqueños no han visto todavía un azadón científico -¡ay, cerro de la Butrera, quién te tuviera en la faltriquera!-, pero no desesperan de escucharlos golpear algún día. Los tresjunqueños jamás desesperan, ni e esto ni de nada.
            Mientras espera, como el olmo seco de don Antonio, quizás otro milagro de la primavera, el pueblo de Tresjuncos -¿se dijo ya lo de la azucena y el vertedero?-, con el agua que no tiene, se adorna y se acicala y se compone, quién sabe si para recibir­los.
            El escritor piensa que el pueblo de Tresjuncos, el honesto pueblecillo manchego en el que el Turco rapa barbas, y el Pele toca el acordeón, y Calabala levanta casas y tapias, y Cavite lee el papel de la solfa, y el Pelola escarda cebollinos, es el símbolo de las viejas e ilustres virtudes que el tiempo -y peor para el tiempo- se va encargando de desterrar.
            Al escritor le sosiega el alma el escribir, a veces, unas tranquilas páginas sobre la paz que aún queda, como un avecica que se esconde, en los minúsculos objetos que engrandece su propia e inmensa paz. El escritor cree que fue Salustio quien dijo, en su latín preciso, aquello de que concordia res parvae crescunt. Tresjuncos, alumbrado por su paz, da actual relieve a las permanentes palabras de Salustio.»

  (En la fotografía, el Ayuntamiento de Tresjuncos en su actual imagen)                           

jueves 8 de marzo de 2012

LA ALCARRIA DEL POETA LEÓN FELIPE

                                
            La sombra del poeta León Felipe se mece sobre los campos de la Alcarria que avecinan por el cono sur las aguas del Tajo. Acabo de atravesar, sin detenerme siquiera a pisar sus calles, el pueblo de Almonacid de Zorita, una de las villas con mayor contenido histórico, monumental y humano, de todas cuantas asientan a lo largo y a lo ancho en el mapa provincial de Guadalajara.
            Aun contando con la tópica diafanidad de las tierras de la Alcarria, cuando estoy lejos de él siempre me imagino a este pueblo bajo un cielo neblinoso y acerado, como un sedimento del destino anclado en los fondos de una dilatada hoya de olivar, de campos de mies, de tierras color limón que tiñen las flores gigantes de los girasoles. Hoy, no obstante, la estampa de Almonacid y la de sus tierras colindantes se muestra diferente; todo es luz por dentro y por fuera de sus históricas puertas de piedra; el cielo se nota acristalado y de un azul purísimo; a uno y a otro lado del camino el orden lo domina todo, es la calma y el endémico bienestar de la Alcarria quienes todavía, y gracias a Dios sean dadas, andan presentes por aquí. Tal vez el sol, a estas horas de la media mañana, resulte molesto; pienso que, si por un momento dejase de funcionar el motor del automóvil, se oiría el sonar de los grillos en la cuneta, el cantar de las chicharras en las copas de los árboles.
            Hace muchos años -tres cuartos de siglo ya- anduvo por estos lugares, respirando los mismos aires que yo respiro y contemplando con sus ojos los mismos panoramas que alcanzan a ver los míos, un hombre simpar, el poeta León Felipe. Pocos lugares, pocos ambientes, pocos paisajes le hubieran acogido mejor de lo que lo hizo Almonacid, un pueblo donde jamás faltó un amable rincón para un poeta:

            Sin embargo...
            en esta tierra de España
            y en un pueblo de la Alcarria
            hay una casa
            en la que estoy de posada
            y donde tengo, prestadas,
            una mesa de pino y una silla de paja.

            Años antes al 1919 en que anduvo por aquí había sido cómico ambulante y presidiario por motivos económicos, y boticario de profesión a partir de entonces, que fue lo que le trajo por estos horizontes planos de nivel, al pie de la suave serrezuela de Altomira en la que no habría pensado nunca. Y aquí, con muchas horas por demás y sosiego de espíritu por demenos, afloraron los primeros versos de su vida, los latidos que dieron inicio a una existencia larga y fructífera vivida, para mal suyo y mal nuestro, fuera de España.

            Nadie fue ayer
            ni va hoy
            ni irá mañana hacia Dios
            por este camino que yo voy.
            Para cada hombre guarda
            un rayo nuevo de luz el sol
            y un camino virgen
            Dios.

            Metido en la ancianidad, cuando Versos y oraciones del caminante, su primer poemario, se había perdido entre la espesa nube de un olimpo remoto y olvidado; cuando la hora de Almonacid apenas si debiera contar en los más escondidos rincones de su cerebro, el poeta en tierras de México donde pasó la mitad de su vida y le llegó la muerte, aún dejaría escrito y se publicarían después en alguna parte frases como éstas, jirones del recuerdo que a pesar de los años -casi medio siglo- quiso arrancar de las más secretas profundidades de su alma en vísperas de la hora suprema, de aquel 18 de septiembre de 1968 en que discretamente se apartó del mundo: Un pueblo claro y hospita­lario. Las gentes generosas y amables...¡Y tenía un sol! Ese sol de España que no he vuelto a encontrar en ninguna parte del mundo y que ya no veré nunca. Me hospedaron unas gentes muy buenas, con las que yo no me porté muy bien. Y ahora quiero dejarles aquí, a ellas y a aquel pueblo de Almonacid de Zorita... a toda España, éste mi último poema. La última piedra de mi zurrón de viejo pastor trashumante.
            De nuevo Almonacid, sus monumentos, sus recuerdos, sus gentes, su farmacia todavía en pie que sigue siendo memoria viva del poeta. Ignoro si aún existe la ventana aquella por la que el solitario farmacéutico solía ver:

            ...ese pastor que va detrás de las cabras
            con su enorme cayada,
            esa mujer agobiada
            con una carga
            de leña en la espalda,
            esos mendigos que vienen
            arrastrando sus miserias, de Pastrana,
            y esa niña que va a la escuela
            de tan mala gana.

            La niña -sigue el poema- que cada mañana aplastaba su naricilla chata contra el cristal, y que meses después...

            en una tarde muy clara,
            por esta calle tan ancha,
            al través de la ventana,
            vi cómo se la llevaban
            en una caja muy blanca...

            Hoy paso de largo extramuros de Almonacid. El pueblo queda adentro. Tiempo habrá de referirse a otros aspectos de la pequeña ciudadela de esta Alcarria del Tajo, tan renovada, tan distinta, tan acogedora como escribió el poeta muchos años antes. Un poco por razones de estricta justicia, y no menos porque el verano y la casualidad me han invitado a ello, la visión de Almonacid en estas líneas se ha hecho a través del prisma humano del poeta León Felipe; un nombre para recordar, una pluma de oro dentro de la lírica española de nuestro siglo, que encontró los caminos del arte por esta Alcarria en los que aún se adivina su sombra.

(En la fotografía, la farmacia de Almonacid de Zorita, la misma que regentó el poeta)  

viernes 24 de febrero de 2012

EL CAMINO DE LA CAPITAL


Fragmento del capítulo II de mi libro "Viaje a la Serranía de Cuenca", escrito y publicado en el año 1983 



       A Cuenca se entra por la avenida de los Reyes Católicos, una calle an­cha de buenos edificios que se interna en el corazón de la ciudad lamiendo los muros de la plaza de toros. Un borrachín mata la mañana sentado junto a la botella de vino a la sombra de una cabina de Teléfonos. Los viajeros, algunos ya con el equipaje dispuesto en el pasillo para apearse, dicen que el borracho de la cabina cuando acaba la botella la vuelve a llenar en una bodega que hay al cruzar la calle, y que aguanta allí, haga frío o calor, todas las santas mañanas del año.
       - Y el tío no falla. Aunque es­tén cayendo chuzos ahí lo tienes. An­da, rómpete los cuernos a trabajar como un borrico, que pronto vas a vi­vir como ese ¡Maldita sea su estampa!
       El coche en esta primera esta­ción se queda casi vacío. Hasta el final seguimos un señorito con porta­folios y cara de poca salud, que debe ser viajante de comercio, mi compañera de asiento no repuesta aún del achu­chón de la vomitera y yo. Cuando el coche llega al final del trayecto, me cargo el morral en una mano y la bolsa de la mujer en la otra. La señora ya no parece la misma. Ha mejorado mucho. Se recoge los pelos sueltos con una peineta de color miel y me da las gra­cias correctamente. Los aires de la capital -qué tendrán los aires de la capital- han puesto en boca de la mu­jer palabras corteses.
       - Bueno, señor, pues muchas gra­cias. Si alguna vez va por mi pueblo, ya sabe. Que la vida da muchas vuel­tas, mire usted, y nunca sabemos cuan­do nos vamos a necesitar, ¿no le pare­ce? Hoy por mí y mañana por ti, como decía aquel. Dispense las molestias, pero es que cuando me da el telele me pongo imposible..
       - No tiene importancia, señora; no hay por qué preocuparse. Para mí ha sido un placer haberla conocido. Lo único que lamento es no ir por donde va usted para llevarle la bolsa. Yo ando camino de la Sierra y eso está por abajo.
       - ¡Ea! Que ya lleva usted tam­bién lo suyo. Vaya con Dios, y... a lo dicho.
       Con el macuto a la espalda uno se va calle adelante buscando el cen­tro de la ciudad. Hace fresco todavía y la gente prefiere para caminar los paseos soleados de la calle. En Carre­tería están desiertos los veladores que hay a lo largo de las aceras del Café Colón y de La Martina, frente por frente en la zona más concurrida de la ciudad. Algunos tienen aún las sillas patas arriba, colocadas encima del ta­blero. Las cañas de cerveza con acei­tunas rellenas de anchoa y el café a eso de las cuatro en los veladores de Carrete­ría, son parte del diario acon­tecer de la vida de Cuenca. Costumbre inamovible que no ha ido a más, ni tampoco a menos como el comer o el respirar, como la vida o la muerte. Cambian, eso sí, las caras de los asi­duos que prefieren ser notarios, desde la puerta de un bar, del correr de la vida; del ir y venir apresu­rado de las gentes de la calle; coleccionistas de tipos pintores­cos, de hombres y muje­res con faz manchega, alcarreña o se­rrana, acabados de arribar a la metró­poli; espectadores ocasionales del en­tierro de su compadre, amigo del alma que palmó el pobrecito, "quién lo iba a decir" sentado tranquilamente en un banco del Recreo Peral, mientras contaba como un pasmarote las hojas secas de sauce que arrastraba la co­rriente, ¡para que luego digan!
       Los tenderos de Carretería están abriendo, casi todos a la vez, las puertas de sus establecimientos. En el poco tiempo que uno necesita para to­marse su segundo café con leche de la mañana, la actividad comercial se ha puesto en funciones prácticamente en toda la capital. No hace una brizna de aire y el jerseicillo de lana estorba sobre el cuerpo del viajero. Cuenca es en este momento una ciudad limpia, acogedora, una ciudad pequeña cargada de añoran­zas y de personalísimos en­cantos que los conquenses han de com­partir, ignoro si de buen grado, con el aluvión turístico de las últimas décadas.
       El sol, lentamente, se ha ido colocando sobre el cielo de la capi­tal; el cielo que alguien dijo ser el más azul de las tierras de España y que yo tendré buen cuidado en no des­mentir. Después de un rato el sol co­mienza a molestar a los ojos y hace que se note sobre la espalda el peso del equipaje.
       En el parque de San Julián hay un chaval leyendo tebeos a la som­bra de un seto. En Cuenca, los chiqui­llos tienen la buena costumbre de leer tebeos y las abuelas de hacer calceta sentadas en los bancos del parque de San Julián.
       - Oye: ¿Sabrías decirme dónde puedo encontrar una visera para el sol?
       El muchacho se levanta para res­ponder, coloca una hoja de árbol como señal en el tebeo antes de cerrarlo, piensa unos instantes con la mano de­recha tocándose la frente y me contes­ta al fin con otra pregunta.
       - ¿De las que dan de propaganda?
       - No, de propaganda no. Mejor de las que venden en las tiendas.
       - Es que las de propaganda las dan de balde, pero hasta las ferias seguro que no hay.
       - ¿Y de las que se compran?
       - Esas las venden en el mercado, pero no es día. En "Las Tres Bes" hay sombreros de los de vestir; mi abuelo se compró uno; a lo mejor tienen tam­bién gorras. Si quiere puedo ir con usted, como no tengo otra cosa que hacer...
       - Bueno, si está cerca te puedes venir conmigo, pero si está lejos, tú me dices dónde es y me voy solo. Casi es mejor que te quedes aquí terminán­dote el tebeo, y luego te puedes ir a casa a estudiar cuando haga más calor. ¿No te parece?
       - Como usted quiera.
       El chiquillo, que debe ser más sensible que un huevo en gálgara, se queda despagado y triste con mi res­puesta. Seguramente que él esperaba otra cosa, por lo menos que no pusiera puertas a su refinado sentido de la complacencia. Reconozco al instante que me he portado mal e intento recti­ficar inmediatamen­te.
       - Y si prefieres venir, puedes hacerlo -le digo. Casi es mejor que me acompañes. Al fin y al cabo siempre ven más cuatro ojos que dos, ¿no te parece? Coge tus cosas y vámonos.
       - Si quiere puedo acompañarle hasta la esquina de Carretería, le indico dónde es y luego me vuelvo.
       Cuando ha tomado confianza, mi amigo no me deja entrar en conversa­ción sino es para responder a sus pre­guntas. Se ve que es un muchacho sim­pático, atento, responsable y bien educado. Uno piensa que es una balsa de aceite de la mejor clase y que los padres estarán encantados de tener un hijo así.
       - No lo crea. Algunas veces me regañan, porque me peleo con mi herma­na que es una cursi, y me dicen que no me van a llevar al pueblo. Luego sí que me llevan. Eso lo dicen por decir algo.
       - ¿Qué estudias?
       - Para el mes de Septiembre voy a empezar con sexto de Educación Gene­ral Básica. Ahora he terminado quinto. Aunque parezca un poco mayor no tengo más que diez años.
       - Ya, ¿Y... todo bien?
       - Sí, a mí no me han dejado na­da. Nunca me dejan nada. Pero lo paso de mal como si me dejaran, porque como a mis amigos siempre les queda algo, en el verano me toca estar sólo casi todos los días hasta que me voy al pueblo.
       - Pues no deja de ser una faena, ya lo creo.
       - A Salva no le han dejado más que las Sociales, y a Rafi Navarro las Mate y el Idioma. A lo mejor en Sep­tiembre las aprue­ban. Como antes han hecho el vago... Y no salen casi nada de casa. Algunas veces un poco por la tarde.


sábado 11 de febrero de 2012

TIERRA DE CANTOS, TIERRA DE SANTOS

            Una estampa desvaída con la foto del P.Manuel, monje Jerónimo del monasterio de Yuste, martirizado en Paracuellos el 7 de noviembre de 1936, me invita a considerar y a sacar a la luz como recordatorio, desde la penumbra de los legajos en donde esperan su turno, una serie de nombres pertenecientes a gente de nuestra tierra, que por razones de vida ejemplar, de comporta­miento heroico en la práctica de las virtudes, o sencillamente, debido a la entrega sin paliativos en cuerpo y espíritu a las exigencias de su fe, la Iglesia Católica a la que sirvieron y en la que pusieron toda su confianza, hoy los propone como modelo a seguir, es decir, los incluye en esa maquinaria complicada y extraordinariamente lenta de los procesos de canonización, con la esperanza de que los fieles puedan algún día verlos en los altares y recabar su intercesión siempre que sea precisa.
            El Padre Manuel Sanz Domínguez nació en Sotodosos el último día del año 1887. Ejerció de ferroviario en su juventud, y más tarde de director de banca. En contacto con religiosos de la Orden Jerónima sintió la llamada de Dios, y no mucho después comenzó su vida monástica en El Parral de la ciudad de Segovia, ordenándose de presbítero en 1928. Su condición de clérigo le llevó a la muerte, en la convicción para su verdugos de que con ella, y con la de varios miles de inocentes más, se encontraría la solución a los problemas de España. El tiempo ha demostrado que no. Hoy, todo aquello es historia; historia que debiéramos repasar de vez en cuando para no incurrir en lo sucesivo en los mismos o en parecidos errores.
            Encontré la foto del P.Manuel mezclada con otros papeles más y hojas parroquiales sobre la mesita de las ofrendas en la solitaria iglesia de un pueblo de Segovia. No tenía noticia de la personalidad de este compatriota, cuyo proceso de canonización han iniciado, hace sólo unos meses, los religiosos de su Orden, y a fe que debiera revestir la noticia, cuando menos un cierto interés para nosotros.
            Tampoco supimos demasiado del pasar por el mundo de Sor Inés de San Pablo, fundadora de la Esclavitud Mariana, nacida en Fuentelencina en 1563, hasta que las monjitas de Santa Ursula de Alcalá celebraron recientemente el cuarto centenario de la fundación. Nos resultó novedoso en su día el nombre de otro fundador paisano nuestro, don Eladio Mozas Santamera, natural de Miedes, hasta que alguien de su pueblo natal nos recordó la importancia de su obra como fundador de las Hermanas Josefinas de la Santísima Trinidad, haciéndonos saber que los pasos hacia la beatificación van adelantados. Sorprendente y digna de  celebración para los cristianos de estas tierras lo fue en su día  beatificación de Sor Francisca del Corazón de Jesús -Francisca Aldea Araujo en el siglo-, de la Congregación de Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, natural del pueblecito de Somolinos, allá por las sierras de Atienza, en acto memorable que tuvo lugar en Roma años atrás. Y así de varios más, hombres y mujeres, nacidos y criados dentro de los límites geográficos de la Provincia, ahora despoblada y silente, pero de la que ya figuran nombres en el santoral tan conocidos como el de Santa María de la Cabeza, la venerable esposa del Patrón de Madrid, nacida en tierras de Uceda, y cuya fiesta celebran en la Villa y Corte cada 9 de septiembre, sin que a nosotros, ni siquiera a niveles litúrgicos, se nos haya ocurrido conmemorar junto a los madrileños el tal acontecimiento.

            Con la debida veneración -y sin bullicio apenas, porque los pueblos respectivos tampoco dan para más en número de habitantes- celebran en Tartanedo, en Mochales y en El Pedregal, todos ellos pueblos molineses, de campo árido y de bien saneadas costumbres, las fiestas anuales de sus hijos reconocidos y proclamados canónicamente como beatos o santos de la Iglesia, y cuyos nombres engrosan desde hace años el apretado casillero del santoral cristiano.
            El 18 de agosto de 1560 nació en Tartanedo María de Jesús López Rivas, carmelita descalza de la Orden reformada por Santa Teresa. Vivió en Molina hasta los diecisiete años, y al siguiente profesó como carmelita descalza en la ciudad de Toledo. Cumplió oficios de sacristana, de enfermera, de tornera, de maestra de novicias y de superiora. Murió en su convento de la Ciudad Imperial a los ochenta años. Santa Teresa la solía llamar "mi letradillo", debido a su escasa estatura y a los buenos servicios que le prestó en vida. Fue beatificada solemnemente en Roma por Pablo VI el 14 de noviembre de 1976.
            La hermana Teresa del Niño Jesús era de Mochales. Nació en aquel simpático lugar del valle del Mesa el 5 de marzo de 1909, y en su iglesia la bautizaron con el nombre de Eusebia. Pasó algunos años de su niñez y adolescencia como estudiante del colegio de Ursulinas de Sigüenza; a los dieciséis años ya era religiosa en el convento de San José de Guadalajara, y a los veintisiete, mártir en defensa de su fe en aquella tarde del 24 de julio de 1936, fecha en la que asió la palma del martirio con otras dos carmelitas más, la hermana Pilar y la hermana Ángeles, quienes en una ceremonia común celebrada en Roma, fueron declara­das beatas por el Santo Padre en la mañana del 29 de marzo de 1987, y a las que desde entonces el fervor de muchos españoles las reclama como intercesoras con el apelativo de Mártires Carmelitas de Guadalajara, teniendo como fiesta litúrgica en toda la diócesis la del 24 de julio, aniversario de su muerte y víspera de la conmemoración de Santiago Apóstol, Patrón de Espa­ña.        
    
        La placa que en el pueblo de El Pedregal tiene dedicada a su memoria el hermano Marciano José en la esquina de una calle es todavía reciente. En El Pedregal existe la costumbre de dedicar varias de sus calles a personajes recordados por todos, y que en vida tuvieron relación directa con el pueblo. El hermano Marciano José, Filomeno López para el mundo, nació en El Pedregal el 15 de noviembre del año 1900. Durante su niñez se alimentó con el néctar que por entonces solía rezumar de las familias cristianas del medio rural, y la suya, la del campesino Eladio y su mujer Leona, fue una de ellas. Que no, que sí, pudo ingresar por fin en el noviciado de Bujedo el año 1916, tras una dolorosa negativa por razones de salud. Sus biógrafos hablan de él como de un hombre bueno, alegre, laborioso, piadoso y humilde. Lo demás ya se conoce o es fácil de imaginar. Con otros siete hermanos de la Salle del colegio de Turón y un padre Pasionista, fue detenido el día cuatro y martirizado el 9 de octubre de 1934, víctima inocente de la revolución de Asturias, que no fue sino un serio aviso de lo que vendría después, como inicio de las páginas más negras de nuestra historia en este siglo a punto de acabar. Fueron beatificados en Roma por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990.
            La serie de nombres a incluir en esta relación de personas, que con su comportamiento en vida honraron cuando menos a sus pueblos respectivos, es muy probable que debiera ser todavía mayor, y que en todo caso lo será con el tiempo. Las tierras de Guadalajara, frías de páramo en tantas de sus comarcas ahora protagonistas, enviaron fuera de sus propios límites territoria­les a personas de todo tipo que, calladamente, por una o por otra razón, serían después merecedores de aparecer en las páginas doradas del libro de los inmortales. En estas fechas, bueno es traer a colación una muestra de aquellos que pasaron por el mundo en el más estricto anonimato, y hoy son acreedores no sólo del respeto, sino de la veneración debida a los bienaventurados, a los que consiguieron la corona de la gloria navegando contraco­rriente.

(Las fotografías corresponden a las imágnes con las que se veneran en las iglesias de sus pueblos a la Beata María de Jesús López Rivas, y San Marciano-José: Tartanedo y El Pedregal respectivamente)

sábado 4 de febrero de 2012

EL "TESORO" DE SEBASTIÁN DE COVARRUBIAS


Escribimos hoy acerca de un libro importante, importantísimo diría yo, que acabo de recibir, en el que se han visto comprometidos una buena parte de los más reconocidos filólogos de las Universidades españolas, con algunos extranjeros interesados por la personalidad y la obra de un personaje de las letras, vinculado a la ciudad de Cuenca y autor del Tesoro de la Lengua Castellana o Española, en el cuarto centenario de su publicación que acaba de cumplirse.

            Su autor lo fue Sebastián de Covarrubias y Orozco, Capellán del Rey Felipe II y Canónigo de la Catedral de Cuenca durante los últimos treinta y cuatro años de su vida. Había nacido en Toledo en 1539 y falleció en Cuenca el 14 de julio de 1613. Está enterrado en la capilla propia de la Catedral.

            El Tesoro de la Lengua Española de Covarrubias, cuenta entre otros méritos con el de haber sido el primer “diccionario” general monolingüe escrito en lengua castellana, y el primero también de los de su clase publicados en una lengua vulgar en Europa. Por cuanto a las características especiales de tan eminente obra, ya que no se trata únicamente de un diccionario de la lengua más, como los que ahora conocemos, sino que, a modo de enciclopedia, se sale en su contenido del carácter exclusivamente léxico o lingüístico, extendiéndose a otros conocimientos que exceden a lo netamente gramatical. Un libro siempre actual, pues desde aquella “edición príncipe” de 1511 en vida del autor, han sido varias más las que se han seguido publicando hasta hoy, cuyos ejemplares se encuentran a la venta en las principales librerías de España y de  Hispanoamérica.

 
Homenaje de la R.A.C.A.L

            La Real Academia Conquense de Artes y Letras ha dedicado en su totalidad el número 6 de su boletín “Académica”, correspondiente al pasado año, al insigne clérigo y lingüista del Siglo de Oro, y a la principal de sus obras, escrita durante los años de su estancia en Cuenca. Un volumen magnífico de seiscientas páginas en holandesa, donde aparecen, si no he contado mal, veintitrés colaboraciones sobre diferentes aspectos de un tema común: “El Tesoro”, en un trabajo que es fácil suponer exhaustivo, muy profundo, y del que sería muy difícil aportar una impresión objetiva y completa, dada la proximidad en el tiempo de su aparición, y lo complejo de un estudio extraordinariamente detallado por parte de sus autores.

            Abre este boletín José Luis Calero y López de Ayala, bibliotecario de la R.A.C.A.L., con una interesante semblanza de Sebastián de Covarrubias, y la integran el resto de los autores entre los que se encuentran Ignacio Ahumada del C.S.I.C., Manuel Alvar Ezquerra, Ignacio Arellano de la Universidad de Navarra, Manuel de Parada y Luca de Tena, Mónica Vidal, y así hasta veintitrés; de ellos, cuatro pertenecientes a Universidades de los Estados Unidos.

            Me debes disculpar, lector amigo, que como miembro correspondiente que soy de la R.A.C.A.L. (el último de todos), me sienta honrado con esta publicación que recomiendo a hispanistas de todo el mundo, a personas interesadas por el empuje cultural de nuestro Siglo de Oro, y a los conquenses amantes de nuestra cultura, que lo son muchos; también a cualquier lector de cualquier rincón del mundo que nos pueda seguir. La sede de la R.A.C.A.L. adonde dirigirse, está en la calle San Lázaro, 2. 16002 Cuenca.        

sábado 28 de enero de 2012

POR LA RUTA DEL ARCIPRESTE

       
            Una obra literaria famosa y una tierra afín con lo que en ella se dice, reclaman después de muchos siglos su derecho a permanecer unidas. Texto y escenario, palabra y medio físico que la inspira, vuelven a converger como partes de un todo en el que ninguna de las dos es accesoria, sino principales y fundamentales cada una de ellas. Seguros podemos estar de que la obra de Cervantes no hubiera sido lo que es de no haber existido la inmensa llanura manchega, con sus ventas y mesones, con sus campesinas rudas y sus claras noches de luna donde velar las armas en corralones de blanco tapial que en la mente de un perturbado son capaces de semejar castillos. A falta de cerros ásperos, de regatos fríos y cantarines, de praderas de pastizal, de comadres pueblerinas y de pastoras enamoradizas, la obra de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, no hubiera tenido ajuste posible en el espacio ni en el tiempo. La Mancha se hizo para “El Quijote” y viceversa, y las sierras del Macizo para “El Libro de Buen Amor” sin otra alternativa posible.
            Es un poco jugar con la ventura, cuando por el texto de una obra escrita se intenta señalar, paso a paso, un escenario para su argumento; pero, cuando la obra en cuestión aporta algún que otro nombre propio, o detalles más o menos concretos acerca del paisaje, de la historia, del costumbrismo, de la gastronomía o de las formas de ser y de vivir, es posible, en buena lógica y sin mucho margen para el error, establecer una ruta que cuadre en la trama argumental de la obra escrita como cuadran las diferentes piezas de un puzle no excesivamente complicado. En uno y otro caso, en El Quijote de Cervantes y en El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, es posible jugar partiendo de estas premisas.
            Hace ya bastante tiempo, la Asociación Castellano-Manchega de Periodistas y Escritores de Turismo, con la participación destacada de otros miembros pertenecientes a las de Madrid y Castilla-León, nos reunimos en Guadalajara en dos interesantes jornadas de trabajo para reavivar el recuerdo del Arcipreste y marcar sobre el terreno, sobre nuestro terreno, la ruta correspondiente a sus andanzas literarias por tierras de Castilla, según se deja ver en su obra memorable. ¿Con qué fin? Pues, primero, para evocar su memoria y poner en el lugar debido su obra poética, como representativa, nada menos, que de un siglo completo de literatura castellana en periodo de evolución; segundo, para invitar al mundo de hoy -sobre todo al más cercano, a nosotros mismos- a conocer esos lugares, donde a la sombra de tan importante poeta es posible encontrarse con reminiscencias siempre interesantes del pasado, tanto del pasado medieval que él conoció, como del posterior Renacimiento que, así mismo, por aquellos senderos a campo abierto dejó su valiosa huella.
            De las tres provincias (Guadalajara, Madrid y Segovia) que integran el escenario completo de la Ruta del Arcipreste, a la de Guadalajara, aparte de la capital, que para algunos es la ciudad natal de autor tan importante, corresponden como lugares destacados los siguientes:

            El monasterio benedictino de Sopetrán con la Fuente Santa, en las inmediaciones de Torre del Burgo y en plena vega del Badiel, para el que existe un proyecto pretencioso de mejoras a medio o a largo plazo, podría ser el inicio de esa ruta histórica, paisajística y cultural, que hoy ofrecimos a nuestros lectores, y que como tantas más posibles dentro de la provincia, la tenemos ahí, a cuatro pasos de nosotros para gozar de ella.
            La villa de Hita; por supuesto el lugar clave, el más emblemático y principal de toda la Ruta, cae a poco más de un tiro de piedra del antiguo cenobio de Sopetrán. Al pie de su cerro cónico quedan en ruina las arcadas memorables de antiguas iglesias, fragmentos de muralla de la vieja Fita que conquistó Alvar Fáñez y de la que se da cuenta en el Poema de Mío Cid, el moderno palenque en donde cada mes de julio tienen lugar los torneos y desfiles medievales de su ya famoso festival que organiza y dirige el profesor Criado. En el ambiente, búsquese o no, por las cuestudas calles de Hita se advierte como perdidos en el éter la complicada personalidad y el espíritu del famoso clérigo.
            Cogolludo después. Cogolludo es por sí solo un escaparate completo de motivos que bien vale la pena conocer. Motivos históricos, arquitectónicos, paisajísticos, gastronómicos, en fin, a los que dedicar algunas horas con la seguridad de que nunca serán tiempo perdido. El pueblo va tomando forma sobre la ladera sur de una colina que remata con las torres de San Pedro y de Santa María, no lejos de las ruinas del viejo castillo. El palacio de los señores duques de Medinaceli, como fondo majestuoso a la Plaza Mayor, es la gran enseña de Cogolludo; se trata de una de las muestras más estimables del renacimiento español, con detalles concretos en su ornamentación referentes al amanecer del Nuevo Mundo. Y el cabrito asado, la estrella de la gastronomía autóctona que jamás defraudó a paladar alguno, y que a decir de los que viven allí, acarrea más turistas al pueblo que entre los demás encantos de la villa, todos juntos. En una nave lateral de la iglesia de Santa María, ofrece Cogolludo la oportunidad de admirar uno de los mejores cuadros del Españoleto, "El Expolio", regalo de compromiso a la iglesia de parte de sus señores duques, por tradición "El capón de palacio" según la leyenda, que fue robado una noche de invierno y recuperado felizmente algún tiempo después.
            Y Tamajón más metido dentro de la sierra. El rey Felipe II quiso levantar en los llanos de Tamajón el monasterio, palacio y panteón real, que definitivamente se llevó a las sierras de Madrid. Ello puede dar idea de lo apacible y atractivo que es el paraje. En las afueras de Tamajón queda la ermita de la Virgen de Los Enebrales, al lado de los enebros y de las piedras a las que las aguas y los vientos dieron formas extrañas.
            Cerca de Tamajón, Retiendas, y a escasa distancia del pueblo por camino no en las mejores condiciones, las ruinas venerables de otro viejo monasterio benedictino, el de Bonaval, junto a las corrientes del Jarama. Aparte del recuerdo y de los retazos de historia verdadera que todavía perduran en torno al antiguo monasterio, pueden contemplarse aún las formas tardorrománicas de la portada, milagrosamente en aceptable estado, y los estirados ventanales del siglo XIII que preludian el arte ojival que se extendería por Europa poco más tarde.
            Algo más abajo Beleña de Sorbe. El pueblecito de Beleña ha vuelto a renacer de sus cenizas como el ave Fénix. En los barrancos de Beleña hay un sólido puente románico que cruza el paso del río; pero más interesante y original es todavía el mensario que adorna, dentro del atrio de la pequeña iglesia de San Miguel, el arco fantástico de su portada románica. Las labores propias de cada uno de los meses del año en el ambiente rural de hace más de ocho siglos, están todas allí representadas en magníficos relieves, bien conservados, y que se nos antoja debió ver muchas veces con sus propios ojos el propio Arcipreste de Hita.
            Y más al sur, rayando a tiro de piedra con la provincia de Madrid, la villa de Uceda. En Uceda conviene visitar la iglesia de finales del XVIII que mandó construir el cardenal Lorenzana; pero, sobre todo, las ruinas en pleno mirador de la primitiva iglesia de finales del siglo XVIII que mandó construir el Cardenal Lorenzana; pero, sobre todo, las ruinas en pleno mirador de la primitiva iglesia románica de Nuestra Señora de la Varga, con su triple ábside convertido en cementerio, que guarda bajo sus arqueadas formas los cuerpos muertos de las buenas gentes del lugar desde que alguien decidió que aquello no servía para otra cosa. Abajo el fabuloso espectáculo de la vega del Jarama, con la villa de Torrelaguna en mitad, que es buen sendero a seguir de la Ruta del Arcipreste, pero ya en la provincia de Madrid. 

(En la fotografía, aspecto actual de la hustórica villa de Hita) 

viernes 20 de enero de 2012

UN PUEBLO DE LA MANCHA: EL PICAZO


La Manchuela es una subcomarca natural que se extiende por una buena parte de las provincias de Albacete y Cuenca, estando integrada en la Mancha total que inmortalizó Cervantes. Tierra de viejos hidalgos, cuya presencia se mantiene al cabo de los siglos en un sinfín de casonas-palacio, timbradas con elegantes escudos heráldicos que ennoblecen sus fachadas.
            El Picazo es uno de los pueblos situados en el corazón de la Manchuela Conquense donde se dan todas esas características comunes, y algunas otras propiciadas por su situación junto al río que lo hacen diferente. El hecho de tener a su orilla el Júcar lo enriquece con matices y con particularidades propias, como pudiera ser que a lo largo de su historia muchos de los vecinos hayan podido vivir del producto de sus huertas.
            El pueblo ocupa el centro de una llanura en plena vega, y se anuncia en sus proximidades con un importante retazo de pinadas manchegas, de viñedos, de campos de olivar y densas arboledas en ambas márgenes del río, junto a las que todavía pueden verse, como en las pinturas de los impresionistas franceses, las ruinas de algún viejo molino, a manera de documento de un pasado todavía reciente.
            Al andar por las calles de El Picazo uno se va encontrando a cada paso con casonas que nos hablan de la hegemonía que ejercieron sus dueños sobre el resto de la población durante los siglos del XVI al XIX, y como muestra de todas ellas ahí queda el solemne edificio de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, del siglo XVI, o los palacios de D. Diego y D. Mateo de Villanueva, ambos del siglo XVII; el de D. Juan Hidalgo Carrillo, del XVI; o el de los Ruiz de Monsalve, como fondo a una placita ajardinada con su correspondiente monumento y fuente en mitad.
            Se trata de un pueblo próspero, que sostine su índice de población en torno a los 800 habitantes y vive de su trabajo. Existen algunas industrias, y para los amigos del reposo, amantes del sosiego después de una jornada de lucha por la vida, o por simple placer, mantiene El Picazo entre otros establecimientos y servicios, una terraza envidiable a la vera del río, que no tengo por menos que recomendar. Le llaman “La Pradera”, y cuenta con un buen servicio de bar y exquisitas tapas, que ayudan a dulcificar el ánimo en las tortuosas tardes de calor, tan propias de los estíos en la llanura manchega, y con una panorámica gratificante en torno suyo como la que aparece en la fotografía, que de verdad te invito a conocer y a gozar de ella si tienes ocasión. Estamos en La Mancha, amigo lector, la más universal de las tierras de España.