miércoles, 11 de mayo de 2016

CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE C.J.CELA


         Como regalo de cumpleaños, convencido de que le podría gustar, por estas fechas del año noventa y cinco, le hice llegar a don Camilo a través de Marina, su mujer, un ejemplar de la edición Aache de mi “Diccionario enciclopédico de la provincia de Guadalajara”. Le gustó, como supe después por Marina, y sobre todo porque al día siguiente tuvo la gentileza de agradecerme el obsequio con carta manuscrita que recibí en un sobre, también escrito a mano, con franqueo gratuito como “cartero honorario” que lo era del Cuerpo de Correos, privilegio que, según el cartero que me lo trajo a casa, solía emplear en contadísimas ocasiones; que guardase el sobre -me dijo- porque tenía un gran valor filatélico.

         El Sr. Cela estaba enamorado de esta tierra, así lo pudimos comprobar al decidirse por compartir los últimos años de su vida entre nosotros como un vecino más, lo que nos obliga, especialmente en el día de hoy, a manifestarle de alguna manera nuestro público y sincero reconocimiento. Aparición de libros en su memoria, como la magnífica biografía escrita por Francisco García Marquina y presentada días atrás en Guadalajara, que todos deberíamos conocer y, por supuesto, leer; otros homenajes de distinto carácter que no dudo se llevarán a cabo en la provincia, especialmente en la Alcarria, teniendo en cuenta que si la principal de nuestras comarcas es conocida en todo el mundo, se debe a la obra de nuestro Premio Nobel, traducida a los principales idiomas de la tierra, incluido el chino; un algo en lo que jamás la Alcarria, y Guadalajara toda, hubiesen podido soñar.

         Con la fotografía de la carta antes dicha, me uno al fervoroso reconocimiento y homenaje de gratitud de la Alcarria a su universal cronista, el día en que se cumple el primer centenario de su nacimiento. En siglos venideros, confío que serán otros quienes en Guadalajara y en todo el mundo hispánico se encargarán de hacerlo.    

lunes, 7 de marzo de 2016

EN LA CIUDAD ENCANTADA


       «En el mismo tenderete donde se sacan las entradas, me compro como recuerdo una postal que representa la toma de Cuenca en el año 1177 por el rey de Castilla Alfonso VIII. Delante de mí mar­cha un matrimonio joven, de simpá­tico acento andaluz, con un niño pequeñito, casi un bebé, colgado a la espalda. El niño al entrar va dormido como un bendito sobre los hombros de su padre. Poco más adelante hay un puesto hay un puesto curiosísimo, donde se venden fósiles originarios del Cretáceo y de otros tiempos ante­riores arrancados de los bancales de la sierra, piedrecitas de cuarzo cristalizado, manojos de té y bolsas de tila. La dueña sale del chamizo a la sombra en el que se esconde y se vuelve a entrar cada vez que los posibles clientes pasan de largo. A la altura de la primera de las piedras famosas, el Tormo Alto, co­mienzan a caer unas cuantas gotas finas que cesan inmediatamente. El Tormo Alto es quizás el ejemplar más representativo de todas las piedras de la Ciudad Encantada. Con él se abren las puertas de aquel insólito espectáculo de rocas trabajadas por la Natura­leza, y en su cima descansan, según dijo el poeta, los huesos convertidos en piedra del bravo pastor Viriato, símbolo, quimera o realidad, ¿qué importa?, del alma y del carácter de la Celtibe­ria, cuyo centro geográfico, aseguran, coincide con el eje verti­cal de este soberbio pedrusco.

       No faltan quienes aseguran que en la Ciudad Encantada se da la para­doja del desencanto. Es muy poco, ciertamente, lo que el confiado visitante que acude a este lugar por primera vez encuentre que literalmente se ajuste a la idea de una ciu­dad dormida. Ni hay nada siquiera que pueda entenderse que vino allí por arte de encantamiento, que jamás lo hubo, sino el milagro conti­nuo y permanente de los milenios, de los vientos y de las aguas, que, desde el día siguiente al de la Creación, se han venido entreteniendo en el arte del modelado, tomando como mate­ria prima para llevar a cabo su obra gigantesca la contextura caliza de este rincón de la Serranía de Cuenca; y aquí queda encarnada, como regalo del tiempo, esta magnífica exposición de figuras fantas­males que la imaginación popular ha ido catalogando con toda una serie de nombres a cuya concreta realidad por apa­riencia se quiso emparejar. Y así, unas veces con más y otras con menos fortuna, nos encontramos a la vuelta de cualquier pasadizo, perdidas en medio de este inmenso laberinto de rocas y de formas, las ingentes proas de unos transatlánticos encallados en el mar de hierba, unas mesas, un perro, una cara de hombre, un puente romano, una foca o un tobogán, un frutero, dos elefantes, unos osos...; y olor a romero, a pino, a jara, a menta y a lentisco, para deleite, no sólo de la vista, que aquí ya tiene hartos moti­vos conque deleitarse, sino para el olfato también, y para el oído que se hiere con el son atronador del silencio que sale de los volúmenes y de las formas en su alma de piedra.
       Inscritos en su libro de oro, cuenta la Ciudad Encantada con nombres de personajes tan ilustres como los de Eugenio d´Ors o Miguel de Unamuno, Gustavo Doré, cuya soledad y profundo misterio llevaría después a los fondos increíbles de sus grabados, y músi­cos como Maurice Ravel, Manuel de Falla y Claude Debussy, por mencionar sólo unos pocos muy anteriores en el tiempo al impara­ble torrente turístico de las últimas décadas.
       El joven matrimonio andaluz se ha sentado a descansar en un rellano pasada la ojiva del "convento". El niño, ajeno por com­pleto al extraño mundo por el que le pasean sus progenitores, chupa del biberón con voracidad, como si no hubiera comido ni bebido en su vida.
       - ¡Ya ve usted -dice la madre-, si no hay quien le haga tomar una gota! Lo vamos a tener que traer por aquí todos los días, a ver si se asusta de los monstruos y le da por comer.
       - Eso es el aire de los pinos, señora; o el cansancio, cual­quiera sabe. Los niños enseguida se cansan.
       - ¿Del cansancio?... De eso nada, mi alma. Su padre, el pobrecito, es el que tiene las espaldas derretías de llevarlo encima. El, nada; él va como un rey.
       - ¿Qué les parece todo esto?
       - Muy bien. Nos parece muy bien; aunque para venir una per­sona sola de noche y dormir aquí, tiene que dar una pizca de miedo, ¡vamos, digo yo! Que lo mismo está uno tan tranquilo oyen­do el canto de los buhos o soñando con los angelitos, y, de bue­nas, va y se espabila un bicho de esos y amaneces en el otro mundo hecho papilla en la panza de un cocodrilo. »
(De mi libro "Viaje a la Serranía de Cuenca")

miércoles, 24 de febrero de 2016

EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS


Con el salón de actos del edificio central en Guadalajara de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha lleno de público, tuvo lugar en la tarde de ayer la presentación en la capital del esperado libro “100 propuestas esenciales para conocer Guadalajara”, editado por Aache, con el número cien de la colección “Tierras de Guadalajara”, y escrito por el propio director-gerente de la editorial guadalajareña, Dr. Herrera Casado, con otros 50 coautores entre los que tengo el honor de encontrarme. Autores todos ellos elegidos por el editor como conocedores de los temas a tratar, lo que avala el interés del libro como vehículo imprescindible y difícilmente superable, para conocer esta antigua -y como por su contenido podemos comprobar- también variada e interesante provincia castellana.


         Una edición digna, bellamente presentada, con más de un centenar de fotografías en color, y la garantía de que los textos proceden de la mejor fuente posible, aunque, eso sí, nos hemos tenido que atener al espacio indicado por la editorial, algo que no en todos los casos se ha tenido en cuenta.

         Una provincia como Guadalajara, tan importante como lo ha sido en hechos históricos, escenario de tantos acontecimientos desde los primeros vagidos del idioma castellano, tan bien situada en los caminos de la cultura desde la Alta Edad Media, tiene mucho que decir, que conocer y que enseñar. Monumentos, espacios naturales, parajes y paisajes, hechos históricos, literatura, personajes señeros, fiestas y costumbres…, en fin, todo aquello que conviene conocer como lo más destacable de una provincia viva, altamente interesante, ideal pensando en esa inquietud que de hace años a hoy se ha despertado en todo el país, y aun entre los visitantes de fuera, por el Turismo de Tierra Adentro, al que Guadalajara se ofrece con todo su mérito, como tierra de acogida.

         El Dr. Herrera pidió en su día mi colaboración para tan acertado proyecto, proponiéndome el tema “El Hayedo de la Tajera Negra”, naturalmente por mi relación con Cantalojas, término municipal en el que se encuentra; trabajo que le remití a vuelta de correo (electrónico, claro está), y que figura en las páginas 180-181, el cuál, por razones obvias, os presento a mi vez como complemento gráfico.

domingo, 10 de enero de 2016

"LA MELODÍA DEL TIEMPO" José Luis Perales


Acabo de concluir la lectura de una novela que desde que supe de su aparición hice lo posible por adquirir. La he procurado seguir con la debida pausa sin escatimar el valor del tiempo. La novela se titula “La melodía del tiempo” y está escrita por un personaje excepcional, antiguo conocido y admirado autor con el que me une el doble vínculo del paisanaje y el de una antigua amistad. Su nombre es José Luis Perales, de cuya producción discográfica como cantautor soy incondicional desde aquellos años de “Celos de mi guitarra”, en los que ayudé a promocionar el disco por tierras de Valencia, hasta hoy que lo sigo siendo, además, por otros motivos. Después nos hemos vuelto a juntar alguna vez en Castejón, su pueblo, año 1973, al que pertenece la foto en la que aparece parte de su familia y de la mía;  en Cuenca en otra ocasión; y en Guadalajara con motivo del concierto que nos ofreció el “Día de la Región”, hace ya también bastantes años
         El contacto con otros miembros de su familia, a través del teléfono o de las redes sociales, es más frecuente, sobre todo con su hermana Alicia y familia, viuda de mi querido y recordado Carlos Ochando, compañero y amigo, memoria que el correr del tiempo sigue respetando.
         De la personalidad, del ingenio y de la calidad humana y profesional como compositor e intérprete de José Luis Perales, somos testigos dos generaciones de hispanohablantes. Del encanto de su música y del mensaje de las letras de sus canciones, nada podemos añadir que no sean palabras de elogio. Pero su incursión, inesperada por cierto, en el campo de la narrativa, no ha hecho otra cosa que agrandar y fortalecer aquel concepto que siempre tuve de él. Hace unos minutos, he dicho, acabo de leer “La melodía del tiempo”, la más larga -según él- de sus canciones; en ella nuestro autor se vuelca, en cuerpo y espíritu, en el vivir diario de un pueblo de Castilla (nunca he dudado que es el suyo) siguiendo el latido de los días y de los años, el ritmo vital, sencillo y entrañable, de tres generaciones, haciendo frente a la vida con sus realidades y con sus problemas; almas transparentes y diversas en un ambiente, para nosotros harto conocido -el de la Alcarria del Tajo y de los Pantanos- siempre a la vista desde Castejón, como mirador ideal hacia una dilatada panorámica de ambas provincias, Cuenca y Guadalajara, que el autor dibuja con su palabra e intenta disimular con el nombre de El Castro, su pueblo, que por situación pudo serlo en tiempos lejanísimos y es muy probable que lo llegaría a ser.
       
  El libro no es de los que se caen de las manos, como tantos actuales, sino más bien lo contrario; por mi parte he dedicado todo el tiempo necesario para internarme en él, no sólo leerlo, sino vivirlo, y emparejar pasajes y paisajes con tantas vivencias de las que fui testigo por aquellos mismos tiempos y en mi propio pueblo.
         Con relación a esto, me viene a la memoria la desilusión que me produjo cuando una “amable” lectora me aseguró, hace ya bastantes años, que se había leído de un tirón uno de mis primeros libros: el “Viaje a la Serranía de Cuenca”. Lo consideré un error. El primer libro de José Luis Perales se presta a meterse en situación, a vivirlo y a admirarlo, como todo lo que el hace y dice en sus canciones. En su lectura me he vuelto a encontrar con el talento, el ingenio y la sensibilidad, de lo que nos dice en tantas de sus inspiradas canciones. Amante de su tierra y perfecto conocedor del medio rural castellano, vivido en primera persona. Siempre con el corazón por delante, que para un escritor nunca es un defecto, sino una hermosa virtud.
         “La melodía del tiempo” lo ha editado Plaza y Janés y, como es de suponer, os recomiendo su lectura. Más a los que confiáis en la personalidad del autor y en el embrujo de las tierras y pueblos de la Alcarria. 

“La melodía del tiempo” concluye con el siguiente párrafo, que transcribo literalmente:
        
«De nuevo pasaron frente a la casa de sus padres. La casa donde sesenta y tantos años atrás, él, José Pedraza Salinas, había nacido, mientras la nieve, aquel día, cubría las calles y los tejados del pueblo.
         La conversación entre los dos amigos fue dando paso a los silencios. El paseo por El Castro no daba para más y ya lo habían recorrido todo calle por calle hasta el cementerio. Allí descansaban los cuerpos convertidos en polvo de sus padres, de sus abuelos y el resto de la familia. La puerta de hierro estaba abierta, pero José no quiso entrar. Allí no quedaba nada de los que tanto había querido. Era ya hora de marcharse, para posiblemente -dijo- no volver.
-¿Para no volver más? –preguntó Juan.
-Es posible –contestó José.
-¿Y tu casa? ¿Y el molino?
- Los fantasmas de los que vivieron entre esas paredes siguen ocupando su espacio.
-¿Los muertos? -Preguntó Juan.
- Sí, los muertos -respondió José. Ellos siguen ocupando su casa y su molino, y no seré yo quien los destierre del lugar que ellos eligieron para quedarse.»              

sábado, 17 de octubre de 2015

ACABÉ MIS "MEMORIAS"



           
          Ha llevado su tiempo poner a mis “Memorias” el punto final, aunque tampoco demasiado. Era un antiguo proyecto sobre el que me puse manos a la obra a su debido tiempo. Hay una edad para escribir estas cosas: esa en la que uno se va sintiendo mayor y se cree en condiciones mentales lo suficientemente lúcidas para hacerlo. Una vida da para mucho, en mi caso para 220 folios que guardo en el ordenador con las correspondientes copias de seguridad. El recuerdo es algo que nunca se debería dejar perder, porque nosotros nos marchamos y las cosas quedan.    
            En principio pienso hacer una edición casera para cada uno de mis hijos, y otra para mí. Publicarlo en libro, lo dudo; pues se trata de un asunto tan íntimo y personal que sólo interesa, creo yo, a la familia, y si acaso a los contados amigos de verdad que uno tiene y que raramente pasan de veinte, cantidad que ningún impresor se compromete a editar en libro. Ahí os dejo una página de juventud como botón de muestra. En la fotografía un aspecto más o menos actual de Carretería, la calle principal de Cuenca, que tanto sabe de los haceres y andanzas de los conquenses.

           «El hecho de asistir a clase como alumno oficial -después de tantos años de estudios en el pueblo como alumno libre de Bachillerato- con más de treinta compañeros de curso en la desaparecida Escuela de Magisterio “Fray Luis de León”, de la que ya no queda siquiera su impresionante edificio, uno de los mejores de Cuenca en aquellos tiempos, con un claustro de profesores distintos para cada asignatura, me resultó novedoso, me sentía gratamente extraño y muy feliz desde el primer día, con tanta gente joven con la que compartir amistad, horas y trabajo, todos con ganas de vivir, y con ganas de estudiar sólo unos pocos, un grupito que llamaban del biberón, diez o doce, que destacábamos por la edad bastante inferior a la media del curso, y que muy pronto nos constituimos en cuadrilla. No asistían chicas a las clases, las futuras maestras tenían sus aulas en la primera planta del edificio, mientras que nosotros teníamos las nuestras en la segunda. El trato con ellas, tanto dentro como fuera de la Escuela, era escaso, prácticamente inexistente, aunque había una ancha escalera central, con dos columnas y muy elegante entre ambos pasillos, que sólo solían usar los profesores y las señoras de la limpieza. En las dos plantas existían los mismos despachos, las mismas dependencias administrativas, conserjerías, y clases amplias, una para cada curso además de las específicas: Música, Manualidades, Educación Física, que tenía su espacio en un estupendo gimnasio situado en la planta baja, junto a la Capilla. Las diferentes secciones de Educación Primaria, anejas a la Escuela de Magisterio, en las que realizábamos las prácticas, ocupaban el ala paralela del edifico con espacios similares a los de la propia Escuela Normal.
            En el primer curso estábamos gente variopinta; la mayor parte de ellos llevaban el lastre, un tanto infantil, que traían del Instituto; yo, por mi parte, con el inevitable pelo de la dehesa. Los alumnos de los cursos superiores no nos hacían caso, eran otra cosa, y no digamos los que estaban a punto de concluir los estudios, a los que admirábamos casi con reverencia. A algunos de estos ya los veíamos pasear por Carretería con su correspondiente de la primera planta, cuidando, eso sí, que no los vieran los profesores -sobre todo ellas. Eran aquellos tiempos en los que las horas de ocio para los estudiantes consistían en pasear por Carretería al caer la tarde, en ir al cine alguna vez si había medios económicos para hacerlo, y los domingos tomar unos chatos o unos penaltis -media caña de cerveza- en “Las Américas” o en “El Sotanillo”, que los jueves tenían por costumbre poner de aperitivo un platillo de paella. Cuando venía del pueblo algún familiar, solíamos llevarlo al Colón o a la Martina, en Carretería, cosa que ocurría rara vez y que solía pagar el invitado.

            La vida para la juventud en aquellos años era tranquila, y para los mayores todavía más. No ocurrían cosas importantes. Escaseaba el dinero y había que hacer frente a la vida prescindiendo de él. En Cuenca, la monotonía ciudadana se solía romper muy de tarde en tarde con el rodaje de alguna película que alteraba por unos días la vida de la ciudad, sobre todo entre la juventud. Las horas de rodaje de “Calle Mayor”, con Betsy Blair y José Suárez fueron un importante motivo de distracción, en especial para los estudiantes, que se hacía notar sobre todo en la falta de asistencia a las clases; pues muchos se ofrecían como extras para sacarse unas pesetillas, que luego pagarían a la hora del examen.»



jueves, 8 de octubre de 2015

EL MOSAICO MÁS GRANDE DEL IMPERIO ROMANO


Lo cierto es que de su hallazgo tenía noticia, a título de comentario, desde el pasado verano; pero, aunque todavía no lo dejan ver -pasé a menos de quinientos metros de donde se encuentra, en la tarde del domingo-, diré que no muy tarde podremos contemplarlo junto a la carretera Cuenca-Guadalajara, a unos diez o doce kilómetros de la capital conquense. La aldehuela, finca o poblado, donde se manifestó la primera muestra hace algo más de diez años, se llama Noheda; y allí está, ¡pasmarse!, el mosaico figurativo más grande no solo de España, sino de todo el Imperio Romano. Trescientos metros cuadrados de superficie ocupa la tal maravilla, lo que significa ser mucho mayor que los conocidos hasta ahora en Pompeya, y en unas condiciones, según he podido leer, mejor que aceptables. Quienes lo han visto cuentan que es realmente impresionante tanto por su estado de conservación, como por su magnitud y por el número de escenas de la mitología romana que en él aparecen.
            El gigantesco mosaico se encuadra en lo que debió de ser una villa romana del siglo IV de nuestra era; siendo emperador el hispano Teodosio. El término municipal al que pertenece el fabuloso hallazgo es Villar de Domingo García, nombre harto conocido para los que por uno u otro motivo viajamos a menudo por esa carretera, la N-320.


            Los arqueólogos aseguran que lo descubierto hasta ahora es una pequeña porción de lo que todavía falta por sacar a la luz. En el momento oportuno, quizás antes del próximo verano, se encuentre disponible para recibir visitas, según hemos oído. Todo depende de la premura o tardanza con la que funcione la maquinaria oficial o administrativa. De hecho se podría tratar de la cuarta ciudad o villa romana de la provincia de Cuenca, junto a las de Segóbriga, Valeria y Ercávica, ya existentes. Alguien la ha comenzado a llamar la Pompeya española. Esperamos impacientes.      

sábado, 26 de septiembre de 2015

RECORDANDO A MANU LEGUINECHE


            La editorial Stella Maris ha sacado una reedición de “La felicidad de la tierra”, la mejor prosa de Manu Leguineche que, por fortuna, escribió sobre nosotros y para nosotros. Para mi uso es lo más hermoso que se ha escrito sobre Guadalajara por cuanto a calidad y estilo literarios. Por allí salen pueblos amigos, salen (salimos) personas amigas, arropados con una prosa magnífica. El recuerdo de Manu para quienes lo conocimos durará siempre, para los que vengan detrás será el firme referente de una persona de bien, de un escritor magnífico, de un caballero de la pluma. Escribí y publiqué cosas sobre Manu en distintos momentos, de las que hoy, buscando otras cosas por los archivos -que, por cierto, los tengo bastante desordenados- me encuentro con este trabajo que apareció en “Nueva Alcarria”, no recuerdo la fecha exacta, pero que pudo ser en los primeros meses del año 2008. Lo he vuelto a leer esta misma tarde y me ha parecido que vale la pena sacarlo al aire una segunda vez, ahora como homenaje y memoria del amigo. Lo titulé “Unas horas con Manu Leguineche en la “Casa de los Gramáticos” Ahí lo tenéis: 

           « Hace dos o tres semanas, en obstinada tarde de lluvia viajé hasta Brihuega con la sola intención de pasar un rato con Manu. Hacía demasiado tiempo que no había estado con él, sin más razón que lo justificase que la pereza, esa lacra que arrastramos desde el día de nuestro nacimiento y que se acrecienta, como la mala hierba, con el paso del tiempo. Me consta, y así es, que a Manu Leguineche no le faltan amigos con los que conversar y tomar un vaso de vino en esa especie de retiro al que le obliga la convalecencia de aquella delicada operación a la que se tuvo que someter tiempo atrás.
            Es una delicia tratar con este hombre en la paz de su casa de Brihuega; tener como para ti sólo a quien le faltaron días para andar por el mundo como enviado especial, como corresponsal de guerra, como autor de miles de crónicas periodísticas desde países remotos, y de libros en los que, cuando se leen, uno se da cuenta de que tal vez se haya expuesto a sacar de su vida más de lo que ésta es capaz de dar, que la ha exprimido como se exprime un limón hasta dar la última gota; luego, uno se da cuenta de que, por fortuna, no todo es así.
            Su estancia en lugares de la Alcarria: Cañizar, primero, y Brihuega después, ha sido el ingrediente que a Manu le faltaba añadir al denso cóctel de su vida. Pienso que los ruidos y las continua presiones de Madrid le obligaron a salir de allí en busca de la tranquilidad que necesitaba con toda urgencia, para recuperarse de las consecuencias de esa vida tan intensa que había llevado hasta entonces y que al final pasa factura. El golpe a su salud vino después, no sé si a consecuencia de haber vivido con demasiada intensidad las exigencias de la profesión, a las que unió siempre su propio deseo. Sospecho que sí.
            La Alcarria, la tranquilidad de sus pueblos y de sus campos, el trato con las buenas gentes que le fueron saliendo al paso, y que él sabe apreciar y conservar, pueden ser, y creo que lo son de hecho, el mejor antídoto para salir del estado de tensión al que la vida nos somete a poco que nos descuidemos. No obstante, a manera de relax, y porque a él se lo pedía el cuerpo, durante estos años de mayor sosiego Manu se ha ocupado de agradecer a la tierra de acogida, yo diría que el mejor fruto de su trabajo: “La felicidad de la tierra” y “El club de los faltos de cariño”, dos obras maestras que, de manera muy distinta a lo que hasta ahora se había hecho, nos dan, así como a retazos, una visión real, sentida, fácil de descubrir, lejos de lo sabido por todos, pero que dentro de la sencillez de lo cotidiano, viene a ser como una visión nueva y aleccionadora, sobre todo aleccionadora, para los que andamos a pie por los caminos del mundo, sin caer en la cuenta de que también en esas cosas, en las que están alrededor nuestro sin que apenas merezcan la más mínima consideración por nuestra parte, la vida suele mostrar su mejor cara.

La Alcarria, su tierra de adopción
            Antes de que Manu me hiciera llegar su libro “El club de los faltos de cariño”, ya me advirtió que no me gustaría tanto como el anterior. Me lo he ido releyendo en sesiones de diez o de quince páginas diarias durante el último mes, y pienso que en nada desmerece del anterior, que durante algún tiempo he tenido como libro de cabecera. “La felicidad de la tierra” lo escribió en Cañizar, durante su estancia en el Tejar de la Mata; un libro escrito con la tranquilidad que casi siempre requiere la buena literatura. Su tema era el propio que le regalaba el ambiente: lo que veía, lo que sentía, lo que le solían contar las buenas gentes que pasaban por allí, lo que le inspiraba aquel apartado lugar con toda su riqueza de impresiones.
            “El club de los faltos de cariño”, quizás carezca de aquel sosiego. Su temática es de lo más diversa: son sus recuerdos; aquello que más le llama la atención de lo que dicen los periódicos; el ambiente diario de su casa de Brihuega…, dos o tres centenares de capítulos, generalmente cortos, con títulos de una sola palabra: “Setas”, “Ajedrez”, “Elías”, “Regalos”…
            Un obsequio impagable -de los que por fortuna no tienen fecha de caducidad, porque los libros buenos no suelen tenerla-, que Manu Leguineche ha hecho a Guadalajara, a su gente, a las tierras de la Alcarria en las que se ha quedado a vivir, y que jamás será posible corresponderle en la medida justa. Se le han hecho algunos actos de reconocimiento y, supongo, se le seguirán haciendo, como el que en homenaje a su persona y a su obra tendrá lugar en Guadalajara esta semana, con intervención de importantes periodistas y escritores, y con la presentación de un libro escrito por todos, cuyo título, “Guadalajara tiene quien le escriba. Homenaje a Manu Leguineche”, creo que lo dice todo.        
                         

Unas horas en la Casa de Gramáticos
            Jesús Rodrigo me abre la puerta en la antigua Casa de los Gramáticos donde vive Manu, una casa con mucha historia, me explicaría luego Jesús. En ella había vivido la poetisa Margarita de Pedroso, la que fuese en vida el gran amor de Juan Ramón Jiménez, quien la rehabilitó y se entretuvo, mientras estuvo allí, en componer algunos versos que, no dudo, le inspirarían los amaneceres y las románticas puestas de sol sobre la vega desde el mirador de Los Guinches. La placita junto al arco en donde está la casa, se llama: Plaza de Manu Leguineche. “Vivir en la calle de uno mismo tiene sus pelendengues”, dice él.
            Mientras que Gabri, la señora que atiende a Manu, le ayuda a ponerse en disposición de recibir visitas, he tenido unos minutos de conversación con Jesús en la antesala. Jesús Rodrigo es un hombre que sabe mucho, tiene una memoria providencial. Hablamos de su pueblo natal, Morillejo, y de algunas gentes de allí, que Jesús me iba ilustrando con recuerdos de juventud. Con Muki, la gata, es Jesús Rodrigo uno de los personajes más celebrados de los libros de Manu, escritos durante su estancia en la Alcarria. Jesús opina que la gata Muki es más famosa que él.
            Como casi todos los genios, nuestro hombre tuvo inquietudes literarias a una edad precoz. No conocía ese dato. De todo cuanto dio de sí mi conversación con él en la tarde de lluvia, creo que ha sido ese el detalle que más me sorprendió. Manu se formó siendo niño en el colegio de Jesuitas de Tudela. Cuenta que durante la Semana Santa solían llevar a los alumnos del colegio a lugares recogidos y apartados de la ciudad navarra, con el fin de que vivieran con mayor intensidad el espíritu de tan señaladas fechas. Al Manu de ocho años de edad lo llevaron con sus jóvenes condiscípulos al monasterio de Veruela; sí, allí adonde se retiró Bécquer para recuperar la salud y escribió sus famosas “Cartas desde mi celda”. Al joven escolar no debió gustarle demasiado el sitio, ni tampoco el ambiente de aquellos días de retiro. Dedicó su tiempo -dice- en escribir un relato corto, al que tituló “Una Navidad en Londres”, y se quedó tan ancho. Nunca había estado en Londres, y la redacción -no sé si todavía la conserva- cuenta él que era un cúmulo de tópicos, que todos los tópicos estaban allí, pero, eso sí, puestos cada uno en su lugar, en el sitio justo donde debían estar. Poco después escribió otro cuento, inspirado en una chica de la que se había enamorado perdidamente. Se lo dio; pero “no me hizo ni caso”, dice él.
            Ideas sencillas de un gran escritor y de un hombre admirable, al que, una vez más, tengo que pedir disculpas por no haber sido lo suficientemente hábil para encontrar algo mordaz en descrédito de su obra, sencillamente porque no lo encuentro.
            Tomamos unos vasos de vino y fuimos picando de las cosas que nos sacó Gabri. Nos acompañaron Jesús, y Muki, la gata, muy enfadada aquella tarde porque han metido en la casa un ser al que aborrece con saña: un perrillo joven que intentaron pasar al salón, pero que ante las iras de Muki, fue necesario devolverlo otra vez al patio. No hay duda de que son incompatibles. Dice Jesús que esa agresividad de Muki se debe al cambio del tiempo.

(En las fotos: Manu con su fiel Jesús, y Manu firmando un libro en Peñalver la fría mañana que le dieron su peso en miel)