viernes, 18 de febrero de 2011

POR LA RUTA DE LAS BATALLAS



Un bellísimo lienzo del pintor Alaux, adorna los salo­nes del Museo de Versalles con una escena bélica, triunfal, fogosamente expresi­va, de la batalla de Villavi­ciosa en tierras de la Alca­rria. En el cuadro aparecen montados sobre hermosos caba­llos el duque de Vendome y el nieto del rey francés don Feli­pe de Anjou, a partir de enton­ces Felipe V, primer rey de España por la Casa de Borbón. El campo, como en los más tre­mendos cuadros de don Francisco de Goya, se ve sembrado de ca­dáveres, y las maltrechas ban­deras de los vencedores alzan al viento las telas de sus pen­dones; el cielo se tiñe de to­nalidades oscuras, con algunos claros que enriquecen en su conjunto la artística concep­ción de la obra.
Hace algunas fechas anduve por allí. El suelo por los lla­nos de Villaviciosa es un de­sierto de paz, donde apenas se siente en estas mañanas de oto­ño el soplo frío del viento que baja de las lejanas sierras del norte. Persiste la amenaza del celaje como en el cuadro de Alaux, y el monumento que con­memora el hecho antepone su testa de granito en contrastada perspecti­va con el nubarrón en ciernes. Uno siente la debili­dad incontenible de tirar una fotografía que recoja la pací­fica escena del campo donde se dio la batalla, doscientos och­enta y cuatro años después, y ofrecerla luego a sus lectores, propósito que ahora se cumple.
Sólo en los libros de His­toria, después de tres siglos a punto de cumplirse, se recoge el dato de las batallas de Brihuega y Villavi­ciosa con más o menos exten­sión. El hecho supuso la derro­ta definitiva de las tropas del Archiduque Carlos de Austria, bajo la mano fuerte de su rival a cuya fuerza se unió sin con­diciones toda Castilla, forzan­do la retirada de los ejércitos del Archiduque, con el mariscal Starhemberg a la cabeza, que ante el fracaso militar y el rechazo del pueblo castellano, prefirió apartarse de la re­frie­ga, con lo que evitó si­guiera el derramamiento inútil de la sangre de sus soldados en la lucha por la sucesión, y permitió, muy en contra de sus deseos, la instauración de la nueva dinastía en el trono es­pañol, que había dejado vacante al morir sin descen­dencia el último rey de los Austrias, Carlos II El Hechizado. Eran los días 9 y 10 de diciembre de 1710. Un monolito, situado en lugar visible junto a la carre­tera que baja hacia Yela, queda como recuerdo. Se colocó al cumplirse el segundo centenario de la batalla, con la siguiente inscripción sobre la cara que mira hacia el mediodía: «A los héroes de Brihuega y Villavi­ciosa en 1710. El pueblo y el ejército, 1910».

La carretera comarcal si­gue abierta en dirección sa­liente. Entre los ramales de Villaviciosa y Yela surgen las oscuras manchas del encinar y del carrasquillo por ambas márgenes del camino. Aun tratándose de una hora punta del fin de semana, nadie viaja por estas llanuras de barbecho pedregoso y de rastrojera. El hori­zonte apenas se altera por la presen­cia de algún arbusto o de algu­na encina en desarrollo, por los montones de piedra en que los agricultores depositaron los hitos de la recogida, y por los postes del telégrafo que atraviesan, como ya lo hacían cuando la Guerra Civil, estos planos de la Alcarria.
Yela queda extendido a lo largo de una hoya, a sólo un kilómetro del camino. En la plaza de Yela se luce la estam­pa románica de su iglesia pa­rroquial reconstruida; una ima­gen plásti­camente inmejorable. El barrio de arriba deja colar sus viviendas por entre las arcadas del pórtico. Un señor me grita desde su aposento al sol que hay que pagar por re­tratar la iglesia; el buen hom­bre se pone a reir después, como un niño "pillín" que acaba de consumar una travesura. La señora que lo acompaña me ad­vierte, también desde la sola­na, que no le haga caso. En Yela, los peque­ños grupos de jubilados pasan el rato en agr­adable conversación sentados al sol a la puerta de sus casas.
Ignoro si aún vive en Hon­tanares el señor Manolo, don Manuel Ortega Alcalde. Era muy anciano la última vez que hablé con él y desde entonces ha pa­sado mucho tiempo. El señor Manolo tenía su casa cerca de la plazuela del pueblo. La casa del señor Manolo lucía sobre la piedra pulida del dintel la leyenda "se reedificó el año 1952. T.D.". En cierta ocasión, una tarde fría, paseando por el altillo de las eras desde donde se domina abierta una inmensa panorámica de la Alcarria, el señor Manolo me contó que du­rante la guerra llevaban al pueblo muchos italianos muer­tos, que los vaciaban en monto­nes frente a su casa, y que luego se los llevaban a ente­rrar Dios sabe dónde. Me lo contaba el buen hombre -así lo recuerdo- volviendo la vista atrás, mirando al pueblo, y con un canalillo de voz tan tenue que apenas se le podía oir.
Así fue; la llamada Bata­lla de Guadalajara durante la Guerra Civil también tomó estas tierras como escenario. Fue una batalla horrorosa y cruel, de la que Ernest Hemingway, que sirvió en ella como correspon­sal para un periódico neoyor­quino, escribió días después párrafos tan patéticos y desga­rradores como éste: "La línea del frente parte de las colinas y atraviesa un bosque de enci­nas, y por doquier se ven ras­tros de una súbita y precipita­da fuga. No hay modo de verifi­car el total de pérdidas ita­lianas en la batalla de Guada­lajara, pero las estimaciones van de dos a tres mil, entre muertos y heridos"; o este otr­o:"Todo el campo de batalla, cuyas alturas dominan Brihuega, está sembrado de papeles, car­tas, mochilas, útiles de trin­chera y, por todas partes, m­uer­tos."
Pues bien; lo uno y lo otro, los ahora lejanos aconte­cimien­tos bélicos de la Guerra de Sucesión, y los más recien­tes de la pasada contienda ci­vil, tuvieron por estas latitu­des su más doloroso foco de enfrentamiento. La gente acaba por no sostener noticia en su memoria; los que fueron testi­gos presenciales van desapare­ciendo paulatinamente por razo­nes de edad, y los que vienen tras ellos, apenas llegarán a saber algo de lo acontecido si no echan mano a los libros de Historia. Ahí queda, no obstan­te, como testimonio, el marco, el lugar exacto de los hechos; un campo que, según las horas del día, hay veces que se tiñe de rojo, otras de negro, otras de sutil violeta cuando amane­ce, mientras que en lo profundo de sus capas de tierra, media­namente pedregosa y perdida en el silencio, late el calorcillo tibio de la sangre de los muer­tos.
La imagen representa el cuadro de Alaux "La batalla de Villaviciosa"

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