sábado, 11 de febrero de 2012

TIERRA DE CANTOS, TIERRA DE SANTOS

            Una estampa desvaída con la foto del P.Manuel, monje Jerónimo del monasterio de Yuste, martirizado en Paracuellos el 7 de noviembre de 1936, me invita a considerar y a sacar a la luz como recordatorio, desde la penumbra de los legajos en donde esperan su turno, una serie de nombres pertenecientes a gente de nuestra tierra, que por razones de vida ejemplar, de comporta­miento heroico en la práctica de las virtudes, o sencillamente, debido a la entrega sin paliativos en cuerpo y espíritu a las exigencias de su fe, la Iglesia Católica a la que sirvieron y en la que pusieron toda su confianza, hoy los propone como modelo a seguir, es decir, los incluye en esa maquinaria complicada y extraordinariamente lenta de los procesos de canonización, con la esperanza de que los fieles puedan algún día verlos en los altares y recabar su intercesión siempre que sea precisa.
            El Padre Manuel Sanz Domínguez nació en Sotodosos el último día del año 1887. Ejerció de ferroviario en su juventud, y más tarde de director de banca. En contacto con religiosos de la Orden Jerónima sintió la llamada de Dios, y no mucho después comenzó su vida monástica en El Parral de la ciudad de Segovia, ordenándose de presbítero en 1928. Su condición de clérigo le llevó a la muerte, en la convicción para su verdugos de que con ella, y con la de varios miles de inocentes más, se encontraría la solución a los problemas de España. El tiempo ha demostrado que no. Hoy, todo aquello es historia; historia que debiéramos repasar de vez en cuando para no incurrir en lo sucesivo en los mismos o en parecidos errores.

            Encontré la foto del P.Manuel mezclada con otros papeles más y hojas parroquiales sobre la mesita de las ofrendas en la solitaria iglesia de un pueblo de Segovia. No tenía noticia de la personalidad de este compatriota, cuyo proceso de canonización han iniciado, hace sólo unos meses, los religiosos de su Orden, y a fe que debiera revestir la noticia, cuando menos un cierto interés para nosotros.
            Tampoco supimos demasiado del pasar por el mundo de Sor Inés de San Pablo, fundadora de la Esclavitud Mariana, nacida en Fuentelencina en 1563, hasta que las monjitas de Santa Ursula de Alcalá celebraron recientemente el cuarto centenario de la fundación. Nos resultó novedoso en su día el nombre de otro fundador paisano nuestro, don Eladio Mozas Santamera, natural de Miedes, hasta que alguien de su pueblo natal nos recordó la importancia de su obra como fundador de las Hermanas Josefinas de la Santísima Trinidad, haciéndonos saber que los pasos hacia la beatificación van adelantados. Sorprendente y digna de  celebración para los cristianos de estas tierras lo fue en su día  beatificación de Sor Francisca del Corazón de Jesús -Francisca Aldea Araujo en el siglo-, de la Congregación de Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, natural del pueblecito de Somolinos, allá por las sierras de Atienza, en acto memorable que tuvo lugar en Roma años atrás. Y así de varios más, hombres y mujeres, nacidos y criados dentro de los límites geográficos de la Provincia, ahora despoblada y silente, pero de la que ya figuran nombres en el santoral tan conocidos como el de Santa María de la Cabeza, la venerable esposa del Patrón de Madrid, nacida en tierras de Uceda, y cuya fiesta celebran en la Villa y Corte cada 9 de septiembre, sin que a nosotros, ni siquiera a niveles litúrgicos, se nos haya ocurrido conmemorar junto a los madrileños el tal acontecimiento.

            Con la debida veneración -y sin bullicio apenas, porque los pueblos respectivos tampoco dan para más en número de habitantes- celebran en Tartanedo, en Mochales y en El Pedregal, todos ellos pueblos molineses, de campo árido y de bien saneadas costumbres, las fiestas anuales de sus hijos reconocidos y proclamados canónicamente como beatos o santos de la Iglesia, y cuyos nombres engrosan desde hace años el apretado casillero del santoral cristiano.
            El 18 de agosto de 1560 nació en Tartanedo María de Jesús López Rivas, carmelita descalza de la Orden reformada por Santa Teresa. Vivió en Molina hasta los diecisiete años, y al siguiente profesó como carmelita descalza en la ciudad de Toledo. Cumplió oficios de sacristana, de enfermera, de tornera, de maestra de novicias y de superiora. Murió en su convento de la Ciudad Imperial a los ochenta años. Santa Teresa la solía llamar "mi letradillo", debido a su escasa estatura y a los buenos servicios que le prestó en vida. Fue beatificada solemnemente en Roma por Pablo VI el 14 de noviembre de 1976.
            La hermana Teresa del Niño Jesús era de Mochales. Nació en aquel simpático lugar del valle del Mesa el 5 de marzo de 1909, y en su iglesia la bautizaron con el nombre de Eusebia. Pasó algunos años de su niñez y adolescencia como estudiante del colegio de Ursulinas de Sigüenza; a los dieciséis años ya era religiosa en el convento de San José de Guadalajara, y a los veintisiete, mártir en defensa de su fe en aquella tarde del 24 de julio de 1936, fecha en la que asió la palma del martirio con otras dos carmelitas más, la hermana Pilar y la hermana Ángeles, quienes en una ceremonia común celebrada en Roma, fueron declara­das beatas por el Santo Padre en la mañana del 29 de marzo de 1987, y a las que desde entonces el fervor de muchos españoles las reclama como intercesoras con el apelativo de Mártires Carmelitas de Guadalajara, teniendo como fiesta litúrgica en toda la diócesis la del 24 de julio, aniversario de su muerte y víspera de la conmemoración de Santiago Apóstol, Patrón de Espa­ña.        
    
        La placa que en el pueblo de El Pedregal tiene dedicada a su memoria el hermano Marciano José en la esquina de una calle es todavía reciente. En El Pedregal existe la costumbre de dedicar varias de sus calles a personajes recordados por todos, y que en vida tuvieron relación directa con el pueblo. El hermano Marciano José, Filomeno López para el mundo, nació en El Pedregal el 15 de noviembre del año 1900. Durante su niñez se alimentó con el néctar que por entonces solía rezumar de las familias cristianas del medio rural, y la suya, la del campesino Eladio y su mujer Leona, fue una de ellas. Que no, que sí, pudo ingresar por fin en el noviciado de Bujedo el año 1916, tras una dolorosa negativa por razones de salud. Sus biógrafos hablan de él como de un hombre bueno, alegre, laborioso, piadoso y humilde. Lo demás ya se conoce o es fácil de imaginar. Con otros siete hermanos de la Salle del colegio de Turón y un padre Pasionista, fue detenido el día cuatro y martirizado el 9 de octubre de 1934, víctima inocente de la revolución de Asturias, que no fue sino un serio aviso de lo que vendría después, como inicio de las páginas más negras de nuestra historia en este siglo a punto de acabar. Fueron beatificados en Roma por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990.
            La serie de nombres a incluir en esta relación de personas, que con su comportamiento en vida honraron cuando menos a sus pueblos respectivos, es muy probable que debiera ser todavía mayor, y que en todo caso lo será con el tiempo. Las tierras de Guadalajara, frías de páramo en tantas de sus comarcas ahora protagonistas, enviaron fuera de sus propios límites territoria­les a personas de todo tipo que, calladamente, por una o por otra razón, serían después merecedores de aparecer en las páginas doradas del libro de los inmortales. En estas fechas, bueno es traer a colación una muestra de aquellos que pasaron por el mundo en el más estricto anonimato, y hoy son acreedores no sólo del respeto, sino de la veneración debida a los bienaventurados, a los que consiguieron la corona de la gloria navegando contraco­rriente.

(Las fotografías corresponden a las imágnes con las que se veneran en las iglesias de sus pueblos a la Beata María de Jesús López Rivas, y San Marciano-José: Tartanedo y El Pedregal respectivamente)

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