lunes, 16 de marzo de 2009

LOS JUDÍOS DE MONDÉJAR


Las fechas y la ocasión se ofrecen oportunas para sacar a la luz, de su escondite subterráneo, a ese simpático grupo de imágenes que desde hace varios siglos la villa de Mondéjar guarda escondidos en los bajos de la ermita de San Sebastián. Según se dice en la nota de presentación a un curioso folleto que anda por ahí dedicado a los “Judíos” de Mondéjar, son tres los motivos que la próspera villa alcarreña tiene para ofrecer a los viajeros que algún día decidieran perderse por allí, a saber: las venerables ruinas del convento de Franciscanos, la iglesia parroquial con su impresionante retablo mayor, y las múltiples escenas de Pasión de los Judíos. Uno piensa que a las tres razones aludidas habría que añadir una cuarta, no menos importante que las demás aunque de muy distinto cariz, y que podría ser la visita a cualquiera de las modernas instalaciones que existen en el pueblo para la elaboración del vino, tan conocidas y tan justamente elogiadas.

Mondéjar es uno de los pocos pueblos prósperos que cuenta en la actualidad la provincia de Guadalajara. La excepcional condición de sus tierras de labranza para esa clase de cultivos, así como el carácter abierto y laborioso de sus pobladores, han venido a salvar a Mondéjar de muchos de los graves problemas, sobre todo de tipo económico, que aquejan a una buena parte de la sociedad, y, por no salir de la norma, también a estas tierras de la Baja Alcarria.
El mondejano de clase, el mondejano de Mondéjar, tiene un carácter distinto a lo que es frecuente por su entorno geográfico en varios kilómetros a la redonda. Se me ocurre pensar en un mestizaje entre el alcarreño de pro y el manchego extramuros, pues, a decir verdad, aires de ambas comarcas soplan de madrugada y al caer la tarde por los viñedos de Mondéjar. Como resultado ahí está una raza trabajadora, honesta, emprendedora e inteligente, muy amante de lo suyo, religiosa por tradición, y -cómo lo diría yo- un poco tosca en sus formas y modales, con las consabidas excepciones, claro está, que en cualquier caso nos sirven para confirmar la regla.
Aparte de cuanto se dice en la presentación del folleto al que antes me referí, acerca de los tres motivos que aconsejar visitar Mondéjar, debo agregar que a cualquier persona amante de lo insólito serán los Judíos el primer gancho que, de un modo u otro, le aten en lo sucesivo a la villa guadalajareña de los vinateros.

Por las afueras del pueblo está la ermita de San Sebastián, o del Cristo, por guardarse allí también la venerada imagen del Patrón de la villa. La recuerdo blanca como las ermitas cordobesas a las que cantó Góngora. La verdad es que por parte de los mondejanos las devociones populares en la ermita de San Sebastián van dirigidas exclusivamente hacia la imagen del Cristo del Calvario. No obstante es allí, en una galería a manera de cripta, donde se suceden una detrás de otra las misteriosas celdas en las que se guardan -quiero recordar que en número de doce- los “pasos” o escenas de la Pasión, a los que popularmente y con una antigüedad de siglos, la gente reconoce con el apelativo de Los Judíos.
La historia de esta rareza escultórica de la que Mondéjar es depositaria desde mediados del siglo XVI, resulta bastante pobre en datos sobre los que uno pueda apoyarse y, por supuesto, confiar. Parece ser que ya existían algunas de estas imágenes, sin que se sepa cuántas, en el año 1581, puesto que en un documento fechado en ese año se daba cuenta al rey Felipe II de la existencia de “los pasos” en la ermita de San Sebastián, a los que se calificaban de “obra curiosa y de especial devoción por las capillas subterráneas que están muy contemplativas”. Pero la ejecución completa de la obra tendría lugar siglo y medio más tarde, en el año 1719, debida a un fraile jerónimo del convento de Lupiana aficionado al noble arte de la imaginería, no muy ducho, esa es la verdad a la vista del resultado de su obra, de nombre Fray Francisco de San Pedro. Acerca de la personalidad de su primer artista, quisiera apuntar como posible predecesores del anónimo autor, a Juan de Artiaga y Gabriel Pinedo, maestros del manierismo castellano de los siglos XVI y XVII, cuyos trabajos de imaginería, de concepción y trazado tan elemental como éstas, adornan los retablos de varias iglesia rurales en la diócesis de Osma. En cualquier caso se sabe que los gastos corrieron a cuenta de un piadoso adinerado de la localidad llamado Alonso López Soldado.

Son once en total, o doce si se tiene en cuenta la Dormición de la Virgen, las escenas que van llenando las diferentes capillas del subterráneo. El número total de figuras quizá supere las setenta, siendo la más repetida la que representa a Cristo en varios momentos de su Pasión y Muerte: El lavatorio de pies a los Apóstoles, La oración en el Huerto, la Santa Cena, la flagelación, la Verónica, Cristo en el sepulcro, la Resurrección, entre algunas otras.
Las figuras vienen a ser de tamaño natural, o quizá algo mayores. Oscilan entre los tres y los doce personajes por paso. Algunas de las figuras se presentan infantilmente desproporcionadas, como es el caso de una en la que aparece la Virgen recostada y con un libro delante, donde la cabeza y las manos no andan de acuerdo con el tamaño del resto del cuerpo, sino que se ven mucho más grandes de lo que en proporción les corresponde.
Tras el último retoque, llevado a cabo en el año 1973, con la aportación popular del vecindario y Cofradía del Cristo, como restauración de los serios desperfectos sufridos durante la Guerra Civil, el hecho de su contemplación resulta interesante y pintoresco a la vez. La capa policroma que recubre a cada uno de los personajes va perfectamente de acuerdo con el resto de la figura, lo que da como resultado una visión singularmente extraña, entre la velada sátira que suponen las figuras de escayola y el tremendo drama que representan, de la que las salva el simple hecho de su originalidad, razón suficiente para convertirlo en un legado digno de admiración y de ser cuidado y conservado a toda costa.
Aún guardo con excepcional afecto la memoria del señor Fidel Hernández, el amable cicerone de la ermita de San Sebastián, ya fallecido, que una mañana tranquila del invierno de 1983 me fue enseñando, con la voz grabada en un pequeño magnetofón de pilas, las diferentes escenas en cada celda. El aparato, no sé por que razón, no funcionaba, y el señor Fidel me tuvo que hacer los comentarios a viva voz, improvisados y sobre la marcha, lo que añadía a la visita un encanto todavía mayor.
Hace algo más de un mes volví a visitar la cripta de Los Judíos. Debo decir que no me ha impresionado tanto como la primera vez por faltar en este caso el factor sorpresa, tan necesario para valorar debidamente los sitios y las cosas que se desean conocer. Vale la pena viajar hasta Mondéjar y dedicar unos minutos a la cripta de Los Judíos. No sé cuáles serán los trámites a seguir para visitarla. Acaso tenga un horario previsto que desconozco. Aconsejo, ante la duda, llamar por teléfono a la parroquia, de la que depende, que es la de Santa María Magdalena de Mondéjar, y concretar el momento en el que se puede visitar, dato importante del que lamento no disponer.

1 comentario:

Démeter dijo...

Gracias por este post, pronto visitaré Los Judíos de Mondejar y su entrada me parece no sólo informativa, sino que humana y sincera. Más atractivo que un texto de una guía impresa.