jueves, 8 de enero de 2015

RECORDANDO LA VILLA DE HORCHE

  


No es la corta distancia que la separa de la capital, ni tampoco el abierto carácter de sus gentes, lo que permite contar a la villa de Horche entre la media docena de pueblos más importantes de la Provincia. Todo podría influir, qué duda cabe, pero es preciso hurgar en los plie­gues de la Historia, en la singular condición de sus morado­res, y en esa apretada nómina de personajes de renombre que salieron de allí, para dar con una explicación más o menos acorde con la realidad de lo que es la villa.
            Hace algunos años que el pueblo de Horche se tomó como una pequeña ciudad residencial, y bien que lo parece. Desde la entrada por la ermita de la Soledad hasta la otra ermita, la de San Roque, ese es todo su aspecto; sin contar, desde luego, con los modernos barrios de casas blancas, el nuevo pueblo, el Horche residencial del que antes hablábamos. Una placa de artística azulejería pegada sobre un enorme peña al desnudo que invita a leer: "Aquí nació el 5 de marzo de 1692 Juan Talamanco, autor de la Historia de Orche. La asociación cultural Juan Talamanco en su trescientos aniversario (1692-1992). Horche 1992."
            La calle que viene hasta el pueblo desde la ermita de la Patrona, es ancha y sombreada; con los hotelitos y los chalés de uno y otro lado recuerda aquellas largas avenidas de los viejos balnearios, que en tiempos dieron la impresión de ser residencia de reyes -algunos lo fueron-, y de los que en tierras de la Alcarria hubo por lo menos dos, a saber: el balneario de Mantiel y los baños de La Isabela. Uno y otro, en diferente pantano, corrieron la misma suerte.
            Desde la bajada de la calle de San Roque, por una calle­juela estrecha en flanqueada de bodegas subte­rrá­neas, se va hasta la plaza de toros. Horche tiene en las afueras una plaza de toros de moderna estampa, luminosa y bien ventila­da, una plaza de toros que sirve de mirador sobre el pueblo y sobre el magnífico valle que forman a la caída las vegas del Ungría y del Tajuña, dos de nuestros ríos, alcarreños donde los haya.
            A la Plaza Mayor se baja enseguida por una calle muy pina del barrio del Albaicín, junto con el de San Sebastián uno de los más antiguos entre los ba­rrios de Horche; se ha dicho que el Albaicín se pobló con familias de moros rebeldes traídos desde las Alpujarras, y de cuyo paso por aquí después de tantos siglos, quedó a perpetuidad el nombre del barrio, y tal vez un remoto no sé qué en el carácter de sus pobladores, de los de siempre, de los que nacieron y vivieron allí.


            La Plaza Mayor es cuadrada. Como final de la calle de San Roque y principio de la calle Mayor, las dos en vertiente, la plaza queda ligeramente inclinada. Un grupo de jubilados conversa animadamente sentados sobre un banco bajo los soportales del ayuntamiento. La Plaza Mayor, soportalada y céntrica, lleva en su estructura a pesar de las reformas el sello de las viejas plazas castellanas, y en sus calles adyacentes prevale­ce la impronta personal de las antiguas mansiones de la Alca­rria, con sus aleros salientes, sus ventanucos expresivos, sus rincones de leyenda y sus artísticas rejas y balcones de buena forja. La Plaza Mayor de Horche goza de un carácter muy personal, su fuente en mitad, frente a la balconada del ayuntamiento, ha experimentado durante los últimos años algunos ligeros cambios, pero siempre la misma y en el mismo lugar..
            Por la calle de la Iglesia hace esquina con la cuesta de San Sebastián el taller de los herreros. La calle de la Igle­sia, y sus paralelas, escaleras arriba o escaleras abajo, son el cogollo del Horche de pasados siglos, del Horche personal y diferente. La alta cúpula de la iglesia de la Asunción se distingue al fondo. La iglesia de Horche es de las más capaces y mejor cuidadas de toda la diócesis. En el silencio interior de la iglesia de Horche palpita el ser y el estar de las imágenes en los retablos como algo vivo, acallado en la más estricta soledad de la tarde por el tic-tac del reloj que se deja sentir sobre una de las columnas del presbiterio. En esta iglesia ejer­ció su ministerio pastoral durante dos años don José Mora Velasco, beatificado en 1992, y del que probablemen­te ni aun los más viejos del lugar guarden memoria; como tampoco, qui­zás, la guarden de don Ignacio Calvo y Sánchez, nacido allí en 1864, "curam de misae et ollae", traductor del Quijote al latín macarrónico cuando fue seminarista en Toledo, y coautor con su paisano don Tomás Bravo y Lecea de una novela de carác­ter local a la que titularon "La flor de la Alcarria; silueta de una predestinada", a nado entre el realismo de la época y el tremendismo  que después se pondría en moda.

            Pese a lo harto conocido que fue el origen de la villa, o tal vez por ello, los horchanos no se dan por conformes si no se pone en singular estima lo que es suyo y solamente suyo, a saber: el antiguo lavadero y la fuente vieja de los cuatro caños con su pilón anexo; sus bodegas subterráneas, algunas con varios siglos de existencia, que durante los últimos años han ido tomando una importante notoriedad; la grandeza de su pasado, anterior a la reconquista; los tonos festivos de sus rondas de guitarras, laudes y panderetas, y la calidad insuperable del pan de sus hornos. Con el tiempo -de hecho ya cuenta entre sus actuales méritos- habrá que añadir la gran importancia de su factoría artesanal de escultura religiosa, magníficamente trabajada, que ha llegado a conquistar mercados más allá de nuestras fronteras nacionales, lo que no es poco decir; y, sin duda, la importancia y nombradía de sus fiestas locales con el empeño de los horchanos por que no decaigan, sino porque vayan a más.
            Desde un improvisado mirador, caminando por sus calles, contemplo con admiración el panorama que ponen delante de los ojos en la media distancia los nuevos barrios, el movimiento y vitalidad de un pueblo que ha hecho frente a los nuevos tiempos no sólo con acierto y sabiduría, sino incluso hasta con cierta elegancia.    
            La tarde se nos va. El sol se ha tiñendo de un rojo sanguino a medida que cae sobre el horizonte, al otro lado de los llanos que ocultan a la capital por el poniente. Un avión a reacción parte en dos el cielo de la Alcarria de un intenso color azul. Con los mil ojos de sus ventanas mirando a la vega, la villa se dispo­ne a entrar en la anochecida. Una bandada de chiquillos juegan y gritan junto a la antigua iglesia de San Sebastián.   

(En las fotos: "Panorámica de la villa de Horche; "Estado actual de los lavaderos", y "Homenaje al historiador Juan Talamanco" ,       


domingo, 7 de diciembre de 2014

EL REAL SITIO DEL SOLÁN DE CABRAS


En el verano de 1982 hice un viaje de una semana de duración por la Serranía de Cuenca. Bellísmo lugar, del que guardo inolvidables recuerdos. De aquella proeza en solitario saldrían después dos libros, uno literario, “Viaje a la Serranía de Cuenca”, que se publico en Ediciones Nueva Alcarria un año después, y otro informativo como guía de viaje, “La Serranía de Cuenca”, editado por Aache en su colección “Turismo” el año 2004. Del primero he incluido en este blog algunos pasajes en determinados momentos, al segundo pertenece el siguiente fragmento, extraído del capítulo “El Real Sitio del Solán de Cabras”. La foto del balneario que encabeza esta página fue tomada durante el viaje. Ahí lo tenéis.    

            El Real Sitio del Solán de Cabras ocupa el fondo de un inmenso anfiteatro pinariego, donde da la impresión de que jamás llegó a pisar el hombre. Un paraíso en el que el mayor milagro ha sido el conservarse sin mácula, desde hace tres siglos, en que los enfermos comenzaron de manera sistemática a acudir a él, al reclamo de los efectos curativos de sus aguas; circunstancia que podría agravarse en la actualidad, debido a la gran afluencia de camiones que entran y salen a diario, cargados de envases conte­niendo agua mineral que luego distribuyen por toda España.
            La fuente del Solán arroja, como mínimo, cinco mil litros por minuto en circunstancias normales. Se trata de agua proceden­te de roca caliza, con residuos animales y vegetales en su compo­sición que facilitan el correcto funcionamiento del organismo humano; y tiene, parece ser, efectos curativos para una serie de dolencia específicas. Su explotación se viene llevando a cabo desde el año 1775, cada vez utilizando medios más modernos y efectivos.

            Cuentan que dos siglos antes de Cristo, el noble romano Julio Graco sanó de artrosis en estos manantiales, lo que quiere decir que con anterioridad se había llegado a conocer su poder curativo. Se asegura que fueron las cabras que pastaban por aquellos barrancos las primeras favorecidas, al curar de sarna cuando ponían su piel enferma en contacto con la corriente. Des­pués serían los pastores prerromanos los que la utilizaron con éxito para curar sus reses, lo que dio lugar al apelativo primero de "sólo para cabras", del que procede, sin duda, su nombre ac­tual.
            La historia más reciente, sobre todo los escritos del famoso crítico literario y autor del siglo XVIII, Juan Pablo Forner, en su obra "Noticias de las aguas minerales de la fuente de Solán de Cabras", nos habla de que antes de 1777, año en el que acabaron definitivamente las obras del balneario, ya acudían los agüistas a bañarse al abrigo de las peñas, en las que, con las incomodidades que cabe imaginar, colocaban sus colchones para el reposo. Eran tiempos en los que las aguas del Solán venían a ser "como el asilo último para los enfermos y producían efectos, que ni aun los facultativos se atrevían a esperar". Entre los enfermos de aquel entonces, se encontraba el que más tarde habría de ser ministro de la Real Hacienda, don Pedro López de Lerena. Doce años después de funcionar debidamente todos los servicios, el rey Carlos IV lo declaró Real Sitio.

            De los muchos visitantes ilustres que a lo largo de los últimos siglos han acudido a los baños, y sobre todos ellos, en el Solán se recuerda la estancia de la reina María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII, que llegó allí con el fin de buscar remedio al problema de su infecundidad. La reina, luego de una temporada larga como destacado huésped de los baños, se hubo de marchar a la corte tal y como llegó, pero, eso sí, con las maletas cargadas de versos compuestos por ella misma, como éstos que figuran en los Anales de la Real Academia de Farmacia, que durante el verano de 1826 le inspiraron los peñascales abrup­tos, las pinadas espesas, las agujas de espliego, las jaras, las aguas y los pájaros del Real Sitio.
           
            Dos hogares reducidos
            entre peñas sepultados.
            Dos senderos escarpados
                                                                     los paseos más floridos.
                                                                     Aún el Sol, sus resplandores
                                                                     sólo escasos deja ver
                                                                     las cabras deberían ser
                                                                     sus únicos moradores.
           
            Dejando a parte el nada afortunado poema, escrito por una reina de España que se empeñó en no dar a luz otra descendencia que esta clase de ripios, el balneario es hoy un lugar romántico, tranquilo, bárbaramente hermoso, donde las parejas de matrimonios de edad avanzada y otros más jóvenes, gozan cada verano de la pureza sin límites del ambiente, y de la paz del barranco hasta saciarse. Y ya un último consejo para concluir: si se decide por visitar este paraje sin igual de la Serranía, no se marche de allí sin haber dedicado un rato de su tiempo a pasear entre sombras y rumores de río hasta el Mirador de la Reina y el Mirador del Rey, seguro que lo agradecerá, que le merecerá la pena.

            Separados a cierta distancia uno del otro para no estorbar­se, quedan en el Real Sitio del Solán de Cabras, por una parte la planta embotelladora y el muelle de carga, en el que se preparan del orden de las dos mil garrafas y doce mil botellas a la hora, sin dar abasto a la demanda; por otra el balneario propiamente dicho: residencia y baños, con edificios cómodos, puestos al día y jardines donde el pasear, sobre todo en verano, constituye una inefable delicia. Norma y resumen de toda la Serranía de Cuenca.

miércoles, 29 de octubre de 2014

PAISAJES DE AGUA DULCE

       

 Tiempo atrás, intentando buscar alivio a los calores con los que nos ha sorprendido el mes de septiembre, me entretuve en revisar durante un buen rato mi archi­vo de fotografías sacadas a campo abierto. Fotogra­fías de paisajes todas ellas, en las que el agua -y a veces también los caminos y las rocas- toman papel de protagonis­tas. No han sido muchas, sólo un par de docenas o tres a lo sumo las que he podido apartar, con el inútil propósito de que pudiesen servir de antídoto visual contra los rigores tardoveraniegos de esta tierra, donde a veces, cuando llegan estas fechas, las temperaturas se disparan y los cuerpos se hunden en una especie de aplana­miento del que es imposible escapar por medios ordinarios.
        Con la memoria como único recur­so, y en preocupante temporada de escasez de lluvias, uno ha viajado por los limpios caminos de la imaginación hasta el norte de la provincia, hasta los húmedos vallejuelos de la sierra del Ocejón por donde se retuer­cen los arroyos al caer serpenteando por entre las peñas; por los pueblos raya­nos de Sierra de Pela, donde todavía las fuentes corren abundantes derra­mando en los sombríos pilones de los abrevaderos sus dos, cuatro o seis chorros de un agua fresquísi­ma de la que nadie se aprovecha. Quien se deci­da a subir hasta Valverde, tendrá a poco más de media hora de camino desde las últimas casas, y por sendero bien marcados por los pies de los veraneantes y de los turistas que andan por aquel lugar a lo largo del año, la famosa chorrera de Despeña­la­gua. Allí el arroyo se desliza en cascada rugidora por la superficie lisa de las rocas, desde una altura nunca inferior a los treinta o cuaren­ta metros, para formar a la caída una nubecilla flotante en torno a la to­rrontera que humedece la piel y cala los huesos.
                                                                          

        En la Alcarria, a la sombra de los árboles, en la fresca alameda donde desagua de un modo violento el río Cifuentes, se refrescan con vasos de limón y cañas de cerveza los veraneantes de Trillo. La chorrera del Cifuentes alerta los días y adormece las noches en un rumor continuo que durante las horas de silencio se deja oír por todos los rincones. A cuatro pasos el Tajo desliza manso el acopio de aguas que consiguió reunir por las sierras de Poveda, de Buenafuente y de Huerta­pelayo. Las chimeneas de la central nuclear restallan en luminarias frías e inter­mitentes sobre el altiplano que se esconde al otro lado de las bodegas. El humo de las chimeneas de la central nuclear es un humo denso, un humo industrial de color blanquecino que los ecologistas acusan de mortífero, de devastador, o por lo menos de dañi­no para la vida del hombre. La chorre­ra del Cifuentes, rumorosa, no cesa mientras tanto en su sonora cantinela. Los gorriones se esconden y vuelven a salir por entre los líquenes, a riesgo de sucumbir arrollados por la furia de la catarata. Cuando alguien se acerca por allí con los brazos desnudos, la humedad y la sombra espesa del barran­co le ponen el vello de punta y las carnes de gallina.
        En tierras del Alto Señorío, las chorreras que el río Mesa dibu­ja a su paso por Algar, acallan su estruendo en tiempos de heladas y comienzan a bramar cuando entra la primavera. En Algar se han acostumbrado, lo mismo que en Trillo, al murmullo constante de la chorrera, y pienso que si algún día les llegase a faltar, es muy posible que los más viejos no se acostumbrarían a vivir allí, les faltaría el eterno soniquete de las aguas del río para conciliar el sueño. El Mesa saltarín que se deshace en charreteras blancas por los bajos de Algar, convierte al puebleci­to molinés en un pequeño paraíso, desco­nocido para casi todos y hermoso y acogedor tan sólo como él. Cuando apunta el verano, los ancianos de Algar bajan a la trucha y las mozuelas quinceañeras, que a Dios gracias jamás llegaron a faltar por aquellos lindos pueblecitos del, se entretienen en buscar fresas por los verdes bancali­llos del barranco.

        Otro rincón en campos de Molina, donde el agua y las rocas lo son todo, es el Puente de San Pedro, un clásico como el Hundido de Armallones o el Barranco de la Hoz, de la paisajística provin­cial, en donde la madre Naturaleza se ensaya en pintar cada mañana, a la salida del sol, uno de los cuadros más impresionantes que uno pueda imaginar. Son sus admiradores perpe­tuos los pinos equilibristas que sur­gen por entre las rendijas de las peñas, ofreciendo a la soberbia estampa de todo aquel conjunto la gracia infinita de su inocencia, aguantando el soplo de los cuatro vientos y la cellisca de todos los inviernos como heraldos de la mismísima Creación.
        Pero estamos a campo abierto esperando el instante del anochecer en un paraje escondido de la Trasierra. Las aguas del Lillas y del río de la Hoz se juntan poco más arriba. La corriente viene impetuosa llenándolo todo, jugando entre las piedras de pizarra por donde la gente dice que los lobos bajaban a beber. Los altos de Somosierra se levantan como a dos leguas de distancia al noroeste de estos prados que se extienden a la vera del río. Miro el paisaje a contraluz. Con el sol ya escondido, el agua ofrece al correr un brillo acristalado, un brillo encendido de azogue o de papel de plata como el de los ríos en los belenes de Navidad. Allá arriba, se alcanza a ver entre dos luces el caserón de piedra que hace unos veinte años mandaron construir las instituciones para los acampados, y los amigos del desorden han dejado ya en estado de ruina. Algún pescador recoge bártulos antes de que anochezca. El pescador regresa al coche de vacío; dice que así no puede ser, que entre los bañistas y los curiosos no dejan la pesca en paz y que prefiere volver al día siguiente de buena mañana.
        Por el cielo habrán comenzado a salir las primeras estrellas. De un momento a otro asomará su rostro brillante la luna llena sobre las copas del pinar y sobre las cimas grises de las montañas. El espectáculo, ya con la noche sobre los hombros, es conmovedor, una bendición de la Naturale­za, una ocasión única para recordar en tardes calurosas del estío, como en la de hoy, sentado junto a la mesa de mi escrito­rio, uno prefiere soñar despierto con tantos lugares que sus ojos vieron y que en este momento añora casi desesperadamente; aunque confía, no obstante, en volverlos a ver, y lo que es mejor, a sentir de nuevo dentro de poco, lo que no deja de ser un consuelo. Tiempo pues, para la esperanza.


Las fotografías representan: "Desembocadura del río Cifuentes en la villa de Trillo"; "Panorámica del río Tajo a su paso por el Puente de San Pedro";
y "El Lillas por Cantalojas en temporada de deshielo" 


lunes, 29 de septiembre de 2014

EL "DICCIONARIO CONQUENSE" DE J.L.CALERO


Días atrás, los Servicios de Cultura de la Excma. Diputación de Cuenca, con los que en alguna ocasión colaboré dando una conferencia con motivo del III Congreso de Escritores Conquenses, han tenido el hermoso gesto de sorprenderme con el envío de los dos tomos, recién editados, del “Diccionario etnolingüistico y dialectal de la provincia de Cuenca”. Una obra grandiosa, con 2.228 páginas en total, y de la que es autor don José Luis Calero López de Ayala, compañero de curso en nuestros años de juventud, Doctor en Filología Hispánica, miembro de número de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, y Catedrático hasta su jubilación de la Universidad de Castilla La Mancha. Autor, además, de una serie de libros de información lingüística relacionados con el vocabulario peculiar de los conquenses, asunto al que ha dedicado una buena parte de su vida. A estros tomos los acompaña un disco CD, con el contenido completo de la obra y otras particularidades de posible acceso.

            En este colosal trabajo aparecen por orden alfabético varios miles de palabras; cada una de ellas con los datos convenientes en los que se hace referencia a la comarca en donde con mayor asiduidad se emplean o se emplearon, a su origen, tanscripción fonética y significado, ya que muchas de ellas son palabras en desuso, sobre todo las que se refieren a instrumental desaparecido, costumbrismo, y otras particularidades por las que se han ido quedando atrás; de manera que, no muy tarde, preveo cómo tiempo se encargará de que sólo aparezcan en los libros y en añosos documentos de carácter local, al ser consideradas como arcaísmos, es decir, como palabras muertas, pues en realidad lo son. De ahí que la aportación de esta obra del profesor Calero López de Ayala a la cultura castellana en general, y en particular a la cultura conquense, pueda tener en el futuro una importancia imprevisible, pues una buena parte de los vocablos que en ella se estudian jamás consiguieron entrar en el Diccionario de la R.A.L.E., ni en ningún otro. Localismos muchos de ellos, conquensismos en su mayoría, que perpetúan el modo de hablar y de entenderse entre las gentes de Cuenca hasta el día de hoy. Algunas de las palabras, referentes a objetos en desuso, se acompañan de la correspondiente fotografía.
            Una obra, en fin, de impresionante envergadura. Un estudio riguroso, profundo, autorizado, de la que no tengo por menos que manifestar mi gratitud a la Diputación de Cuenca por su publicación y por su obsequio, y mi felicitación más sincera a su autor, al antiguo compañero de estudios y amigo de siempre.

            Incluyo dos páginas del libro: la 1.850 y 1.851, que os darán una idea más completa de su contenido e importancia, así como la fotografía del profesor Calero.     

lunes, 19 de mayo de 2014

"MOMENTO MUSICAL" EN VOZ E INSTRUMENTOS



Como contraposición a la pertinaz sequía que durante el presente mes está asolando los campos de cereal de la comarca manchega, quiero dejar constancia del agradable sabor de boca , y sobre todo de oídos, que días atrás nos dejaron en Guadalajara los componentes del grupo “Momento musical” de la ciudad conquense de Mota del Cuervo.
            Es éste un grupo vocal compuesto por dieciséis intérpretes, de lo más singular que uno pueda imaginar en este mundo donde todo parece estar descubierto. Pues si partimos de la base de que cada componente maneja, según lo pida el tema, un número variado de instrumentos musicales, desde el guitarrillo al violonchelo, desde el acordeón a la flauta travesera, y de ahí , hasta medio centenar de instrumentos distintos, no daríamos más que un rasgo de su personalidad; pero si a ello añadimos que su repertorio lo integra únicamente, en versión propia, los mayores éxitos de todos los tiempos: desde el sweem a la música española, latina y mediterránea de la segunda mitad del siglo XX, tendríamos una imagen más aproximada de su categoría y, sobre todo de su personalidad, que se acrecienta con el detalle de que en el grupo entran hombres y mujeres de edades bien distintas.

            Boleros, pasodobles, cumbias, guajiras, corridos mexicanos, música canaria, entre otras composiciones por el estilo, ocupan el amplio repertorio de este grupo de amigos que vive e interpreta la música de siempre con “alma, corazón y vida”, como reza su lema.
            Se presentan ante el ávido espectador con elegancia y con un exquisito sentido del gusto: con las notas del célebre “Momento musical” de Franz Schubert, y se despiden al cabo de su actuación con un saludo nominal, nombre por nombre, cuando han permanecido, sin minutos de descanso, actuando durante dos horas. La presentación de las canciones por parte de David, el batería, es como la sal y la pimienta de ese plato riquísimo o cóctel musical, que son sus conciertos

    Como ahora es casi imprescindible para vivir en el mundo, el grupo tiene su propia página web, en la que dan información variada de su personalidad y de sus canciones, con muestra de algunas de ellas si se desean escuchar. Si pincháis en www.momentomusical.es , tendréis una información bastante más completa. La gente de Guadalajara, con el salón de actos del colegio de San José, de la Diputación Provincial, lleno de público, les aplaudió con entusiasmo y les pidió nuevas canciones. Os lo recomiendo, amigos de mis dos provincias.           

miércoles, 14 de mayo de 2014

PASTRANA: LA HUELLA DE SAN JUAN DE LA CRUZ


            Han pasado los años, y los siglos, y el recuerdo de los grandes hombres y de las grandes mujeres que pasaron por allí, todavía se cierne como alimento del espíritu en los aires de la villa. Pastrana vive y gusta vivir de la rica herencia que le dejó el pasado, y que en ella perdura con carácter permanente. Pastrana esconde en su cuerpo viejo un alma joven, perdida a retazos en las páginas de la Historia desde tiempo inmemorial, como bien saben los pastraneros que, por el simple hecho de serlo, a menudo toma parte de su particular manera de ser.
            Por motivos que no vienen al caso, no hace mucho que anduve por allí como huésped de la hospedería que ahora funciona en el antiguo convento de Carmelitas. No es nada nuevo para mí andar por aquellos lugares que pisaron los pies de sus santos fundadores: Teresa y Juan, los reformadores de la Orden. Anduve con relativa frecuencia hace bastantes años por aquellos rincones que avecinan con la Villa Ducal entre las tres vegas, pero quizás con menos detenimiento a como lo hice en esta última ocasión, con el ánimo ensombrecido entonces por la novedad de lo que acababa de descubrir, más como pasto para los ojos que para el corazón.
            Años por medio, cuando nada hay que ver por cuanto a la presencia humana de frailes carmelitas, o de franciscanos que lo ocuparon después, uno pone en juego los recursos de la imagina­ción, avalados por la realidad del paisaje y por lo que quedó escrito; de manera que al cabo de ver, de leer y de pensar, las piezas encajan perfectamente y el puzle muestra con claridad meridiana la imagen de los primeros frailes orando y laborando de sol a sol, hasta que la primera ermi­ta, la de San Pedro, con la pequeña estancia aneja tal como ahora la vemos, les pudiera servir de morada y de santuario donde dar culto, al margen de las cuevas que se asoman al precipicio. Mariano Azzaro y Juan Narduch, luego fray Ambrosio Mariano y fray Juan de la Miseria, fueron aquellos dos prime­ros frailecicos de los que se valió la Santa para llevar a cabo la fundación (segunda de Carmelitas Descalzos) en el verano de 1569.
            Pero es fray Juan de la Cruz, el místico, el más profundo de los poetas líricos en lengua castellana que ha dado nuestra literatura nacional, quien nos ha movido a dar principio y final a este trabajo, una vez contemplados plácidamente y al caer la tarde los tres valles que quedan al alcance de los ojos desde el solemne mirador donde, apartados del enorme cenobio, convertido en hospedería hoy en una buena parte, quedan las primeras ermitas, reliquia tras los siglos de aquellos santos varones, sus primeros frailes.
            La serenidad de la tarde en aquellos recovecos de la Alcarria que humedece el Arlés, la riqueza de matices, de verdes, de grises, de dorados y de cárdenos, nos llevan de manera inequívoca a la número cinco de las canciones del poeta que en su "Cántico espiritual", escrito muchos años después durante su prisión en la ciudad de Toledo, pero inspi­rada en este mismo mirador durante aquel otoño de 1570 en que la villa contó con su presencia, y que dice así:


            Mil gracias derramando
            pasó por estos sotos con presura,
            y yéndolos mirando,
            con sola su figura
            vestidos los dejó de su hermosura.

            Y la presencia del místico se acrecienta al bajar por el estrecho pasadizo que lleva hasta la cueva, abierta en el cortante que hay sobre un barranco ocupado por árboles y maleza. Una negra cruz de palo marcaba la sendilla que baja hasta la cueva. Dicen que una vez, algún desalmado profanó el vene­rable escondrijo de los primeros frailes, gol­pean­do, hasta destruirlas, las calaveras in­crustadas en las pare­des de la roca y en el altar, que servi­rían a los frailes como razón primera de sus meditaciones, en tantas ocasiones mientras que vivieron allí.
            Arriba, al borde de las huertas, un granado mostraba en medio del ramaje su fruto en sazón. Una imagen que, cientos de años antes, sirvió al Alma para cantar al Amado en el más bello de los poemas escrito en lengua castellana:

            Y luego a las subidas
            cavernas de la piedra nos iremos,
            que están bien escondidas,
            y allí nos entraremos
            y el mosto de granadas gustaremos.

            ¿De qué puedes dudar, lector amigo? Es la canción número treinta y siete del "Cántico espiri­tual", insuperable, exacta, actual, como si el tiempo y las circunstancias no hubiesen pasado por aquellos pagos después de más cuatro centurias.


            La zarza con fruto y sin espinas que crece en la solani­lla de la ermita solitaria al final de las huertas, es el detalle que suelen admirar como inaudito quienes pasan por allí. Es, sin duda, uno más de los motivos que se marcan en el recuerdo después de la visita a aquellos bancales venerables, en cuyo mensaje, aunque trasno­chado, marchito y olvidado, no sería malo volver la vista alguna vez como antídoto contra el imparable correr de los tiem­pos, de nuestros tiempos, que toman a despecho el sacrificio y el hacer callado de aquellos hombres y mujeres que, cuando menos, sirvieron de sólido pilar a nuestra cultura.

            Pastrana, Señora de la Alcarria por tantas razones, sigue siendo libro abierto, pozo sin fondo donde indagar acerca de muchas de las pequeñas glorias místicas de nuestro pasado, escondidas entre las cenizas del abandono; circunstancia de la que, como casi siempre ocurre, todos, individuos e insti­tuciones, debié­ramos sentirnos responsables como protagonistas de la Historia en ésta y en pasadas generaciones, todos por igual. Esperemos que lo que falta por venir agudice la fibra de la sensibilidad en favor de los importantes hitos del pasado que salpican nuestras tierras, y que, como en el caso de los lugares tere­sianos de Pastrana, a Dios gracias aún están ahí, a pesar de todo, para contarlo.

domingo, 20 de abril de 2014

ALAJÚ A QUINCE VOCES MIXTAS

           
 No sé con exactitud si son quince o son dos más o dos menos las voces de hombres y mujeres que componen este extraordinario grupo folk, que hace años tomó nombre y tomo fama en Villaverde y Pasaconsol, un pueblecito de la Manchuela Conquense, a muy corta distancia de Olivares, mi pueblo natal.
            Hace tan solo dos días, con motivo del tiempo de vacación de Semana Santa, pasé por allí en un nuevo intento de encontrarme con Sabino, un amigo de juventud al que, sin exagerar un ápice, en más de cuarenta años creo haberlo visto una vez solamente, siendo tan amigos como lo fuimos en tiempos de estudiantes en aquella Cuenca de nuestras ilusiones, cuando pasear por Carretería se había convertido en tarea diaria a la hora del anochecer.
            Sabino Moya es el acordeonista del grupo Alajú, que un día brotó entre las gentes de su pueblo y que dirige Gabriel Hortelano, al que he tenido ocasión de conocer en mi reciente visita a Villaverde. Y no es de ellos precisamente de los que quiero hablar aquí, si no del trabajo ejemplar, realmente admirable, del grupo musical al que pertenecen; a modo de fantástica explosión cultural nacida de la tierra madre, en un pueblecito de la ribera del Júcar, junto a las aguas del pantano, que, en tan poco tiempo, ha sido capaz de anotar en su currículum galardones tan importantes como el haber sido considerado de forma oficial en 1986, con sólo tres años de vida, como el mejor grupo de música tradicional de Castilla La Mancha, representando después a nuestra región, como consecuencia, en diversos certámenes de dentro y de fuera de nuestro país, con un bien nutrido bagaje de música popular, extraída pacientemente de entre las cenizas en los pueblos de Cuenca, que ellos, con su conocimiento cabal del viejo costumbrismo de la música, en la más natural y humana de las infinitas acepciones posibles, y de su refinado instinto a la hora de hurgar en el alma de los pueblos, han sido capaces de recrear un repertorio de más setenta canciones sobre temática popular, a las que hasta el momento han ido dando cobijo en tres cintas de caset y en otros tantos cedés, de los cuales acaba de aparecer el último, titulado “Quince romances y una canción de siega”, grabado en el Salón Azul de la Diputación de Cuenca durante la primavera de 2013.

            El título de esta última grabación nos habla de su contenido: literatura, costumbrismo, música, todo a la vez, de la que Gabriel Alarcón me ha obsequiado con el primer CD de la primera caja, cuya imagen os muestro. Se trata de una escogida selección de romances con sabor de siglos, recogidos en el propio Villaverde y Pasaconsol y en otra docena de pueblos conquenses repartidos por sus tres comarcas (Alcarria, Mancha y Serranía), con una temática diversa, y una “Canción de siega” recogida en el pequeño lugar de Pajares.

            Para mí ha sido un honor traer a este escaparate de las dos provincias más afines de nuestra Comunidad Autónoma, la personalidad como grupo y la obra de “Alajú, el sabor y la música de Cuenca”, del que podéis conocer más detalles si entráis en su pagina: www.alaju.es De verdad que os lo recomiendo.