martes, 10 de noviembre de 2009

SAN CLEMENTE


Muy cerca de los ocho mil habitantes debe de contar hoy como población de hecho la segunda en importancia de las villas que la provincia de Cuenca, al margen de la capital, tiene en tierras de la Mancha. La primera sería Tarancón, según el censo. Una de las ciudades menos conocidas de nuestra región, ésta de San Clemente, y una, en cambio, de las más prósperas y que más tienen que decir, por lo que consideramos oportuno presentarla en este escaparate que, con una periodicidad indeterminada, traemos a nuestros lectores en esta sección de andar y ver por las tierras de nuestro entorno.
Los modernos medios de transportes son rápidos y cómodos, de ahí que procuremos ampliar, también en la distancia, las rutas de lo que consideramos nuestro. Castilla-La Mancha es una comunidad autónoma consolidada, y buena cosa es que hagamos lo posible, cada cual en lo que esté de su parte, por conocerla y, si se cuenta con medios adecuados, también por darla a conocer.
El río Rus, manchego de nombre y de condición -¡Voto a Rus!, dice Sancho alguna vez- es parte de la vida de San Clemente y, desde luego, enseña de su origen, de su manera de estar, incluso de sus devociones más arraigadas como veremos más adelante.
Hubo autores, dentro de la importante cantera de historiadores conquenses, que dejaron en sus escritos al referirse a esta villa manchega -Fermín Caballero y Torres Mena entre ellos- noticia de una lápida antiquísima, desaparecida quizás a consecuencia de las guerras, en la que se podía leer. "Aquí yace el honrado caballero Clemente Pérez de Rus, el primer hombre que hizo casa en este lugar e le puso el nombre de San Clemente. Falleció en la era del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, mil y ciento treinta y seis años". Siglo XII, como puede verse, y Clemente de nombre su fundador, que impuso al recién creado caserío en los llanos manchegos el del santo de su onomástica. Nada queda de aquel primitivo poblado en la villa actual, pues lo más antiguo que subsiste como monumento, quiero recordar que es la que allí dicen la Torre Vieja, antigua, señorial y almenada, que es probable se construyera en la primera mitad del siglo XV, siendo rey de Castilla Juan II y señor de aquellas tierras don Juan Pacheco, Marqués de Villena, quien consiguió para San Clemente el título de villa en el año 1445.
Pero es, sobre todo, la ciudad tal y como ahora la vemos lo que en este momento nos interesa. El San Clemente con el que dio comienzo el siglo XXI es una ciudad próspera, cuyos recursos especialmente destacables para el vivir diario de sus habitantes son los que se derivan de la agricultura, sobre todo del cultivo y explotación de la vid, del ganado, del comercio y de los servicios. Fue, y todavía lo sigue siendo, cabecera de partido judicial y capitalidad de una comarca extensa, lo que se deja sentir de manera notoria en el comercio. Una de sus calles céntrica, la calle Boteros, peatonal, tiene a derecha e izquierda establecimientos comerciales de todo tipo ocupándola a lo largo de toda ella. En el extrarradio son varias las factorías y cooperati­vas que existen en pleno funcionamiento, de las que se surten a lo largo del año, casi sin excepción, la mayor parte de los pueblos de la comarca, especialmente por cuanto se refiere a la fabricación y elaboración de vino, productos alimenticios, y talleres mecánicos orientados a la venta, tratamiento y reparación de maquinaria agrícola.
En los hoteles, mesones y restaurantes de San Clemente, como en casi todos los de la tierra manchega, a uno le pueden servir a la hora de comer, si así lo desea, lo más selecto de la cocina tradicional de aquellas tierras, a saber: morteruelo, atascaburras de bacalao, migas ruleras, gazpacho y pisto manchego, además de cualquier plato de la cocina nacional propio de otras regiones; y como detalle de su exquisita repostería, la famosa tarta de las monjas clarisas; productos todos ellos con cierta reminiscencia quijotesca, sabrosos, fuertes y atrevidos, como lo es por lo general la cocina manchega, tal vez la más conocida a nivel internacional de todas las cocinas españolas debido a la universal obra de Cervantes.
Dignos de ser visitados en San Clemente son, entre algunos otros, el edificio del Ayuntamiento en la Plaza Mayor, obra renacentista del siglo XVI, con dos plantas y dos series superpuestas de siete arcos cada una, y escudo imperial como remate en el centro; la iglesia parroquial de Santiago; la iglesia de la Compañía de Jesús; el Pósito, con el majestuoso, aunque mal llamado, "arco romano", pues data del siglo XVII; la ermita de la Cruz Cerrada, el convento de Trinitarias, el palacio del Marqués de Valdeguerrero, la antigua Audiencia Real... Todo un amplísimo escaparate de documentos en piedra que hablan del pasado esplendoroso de la villa y de las muchas familias de apellido ilustre que la habitaron en tiempos pretéritos.
Y así, traída a colación la nobleza sanclementina de otros siglos, es éste el momento de recordar a nuestros lectores en tierras de la Alcarria que, miembro de una de aquellas familias con un fuerte tinte de nobleza, en concreto de la casa de los Quiroga, nació en San Clemente el 27 de abril de 1811 Lolita Quiroga Capopardo, en religión Sor Patrocinio, la venerable "Monja de las llagas", quien, después de una vida activa al servicio de Dios y de su Orden, encontró la muerte en Guadalajara a la edad de ochenta años, y en una capilla lateral de la iglesia guadalajareña de las Concepcionistas Franciscanas (Iglesia del Carmen), reposan sus restos esperando la hora final del toque de trompeta.
A ocho kilómetros de distancia desde San Clemente, se encuentra en pleno campo manchego el santuario de la Virgen de Rus, centro principal de devoción mariana para aquella comarca que la venera por Patrona. Existe la costumbre de llevar a hombros hasta San Clemente la imagen de la Patrona desde su santuario el domingo de Pentecostés, para ser devuelta cuarenta días más tarde. Los cuatro banzos de las andas subastan en el ayuntamiento, previo anuncio, y la puja sube a cifras que sobrepasan el millón y los dos millones de pesetas. Se forman grupos de veinticuatro banceros que se van turnando de cuatro en cuatro a lo largo del recorrido. Durante el resto del año, el santuario de Rus y las praderas de sus alrededores, son lugar de esparcimiento para las gentes de la comarca que, al reclamo de la venerada imagen, suelen acudir hasta allí con bastante frecuencia.
Ni qué decir que, como nota final a este haz de renglones escritos sobre la marcha, el deseo de quien lo dice es invitarles a visitar la Mancha del río Rus, pieza importante en el puzle de nuestra región, y de paso invitarles sobre todo a que conozcan San Clemente, una villa del Siglo de Oro, enseña y capitalidad de todas aquellas tierras.
(En la fotografía, aspecto actual de un palacio renacentista de San Clemente)

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