lunes, 19 de abril de 2010

DE PASO POR LOS MOLINOS DE PAPEL



Los Molinos de Papel es uno de los parajes próximos a la capital, enclavado en la hoz del río Huécar, por donde decidí pasar en mi “Viaje a la Serranía de Cuenca”, y fue de hecho mi puerta de entrada a aquella singular comarca. El texto pertenece al tercer capítulo del libro, publicado unos meses después, y la fotografía, si bien bastante floja en calidad, tiene todo el mérito de ser real, tomada sobre la marcha en aquellas jornadas memorables del mes de julio del año 1982. Me imagino que hoy será todo diferente.

A los Molinos de Papel se entra por mitad de dos muros, uno a cada lado del camino, que separan la ca­rretera de las huertas del Patronato. La aldea tiene una entrada optimista, elegante, muy alegre; una entrada de ciudadela cortesana al estilo de las residencias francesas del tiempo de los Luises y del arte rococó. Sombrea­do por nobles especies vegetales, en­tre las que destacan sobre otras el moral de importación, las acacias de pálida hoja y los románticos cipre­ses, aparece al poco de entrar el os­tentoso panteón que guarda los restos mortales de la familia de La Cuba y Clemente, uno de cuyos miembros, doña Gregoria, fundó el conocido patronato de ayuda al campesino y mandó cons­truir, para sí y para lo suyos, aquel maravilloso templo en el que sus des­pojos, desde el 3 de Noviembre de 1.896 que se produjo su deceso, espe­ran en la paz de los muertos la hora de la Resu­rrección.
El morral lo dejo apoyado en la pared a la sombra del patio. Doña Glo­ria, que es el nombre de pila de la amable mujer que me atendió en Los Molinos, tras haberse asegurado debi­damente de que uno es hombre de bien, buena reputación y de intachables costum­bres, se decide por abrir la puerta de la capilla.
- Claro que le abro; pero tiene usted que perdonar que una descon­fíe. Ya sabe cómo están las cosas. Mire ese niño que ha dicho la radio, por allá por el Norte, que dio una patada en la calle a un paquete que había por allí, y luego resulta que era un explosivo. ¡Pobre criatura! Y dicen que no se salva.
La señora me va explicando el suceso mientras caminamos por el jardín, sin quitar los ojos de la mochila.
- No señora, puede usted estar tranquila, que aquí no llevo bombas. Sólo ropas, mire usted, un poco de comida para el camino y mucho calor. La cantim­plora la llené de agua fres­quita en una fuente de la Hoz; mire, se la puedo enseñar.
- Para qué. No lo tome usted a mal. Ha sido sólo un decir.
El monumento es una bella mues­tra en piedra labrada de la arquitec­tura del pasado siglo, que se ajusta, si no en el tiempo, sí en las formas, a las reglas más escuetas del arte ojival. Está rodeado en su interior por nueve capillas menores, cuyos al­tares presiden otras tantas imágenes colocadas delante de los epitafios en letra gótica, homenaje y recuerdo pós­tumo a cada uno de los miembros de tan ilustre familia conquense, que aquí hallaron su tiempo de paz y de reposo.
Al pie del altar mayor está la sencilla lápi­da que cubre el enterramiento de doña Gregoria de La Cuba y Clemente, funda­dora del panteón, "protectora insigne de los pobres, de las letras y del trabajo", como así reza sobre el pe­destal de una estatua de bronce que la ciudad de Cuenca le tiene dedicada en uno de los rincones más románticos del Parque de San Julián.
- Eran unas gentes muy buenas. Dejaron todas las tierras para el pue­blo. Ahora, la gente paga una renta muy pequeña y nada más.
El famoso lienzo del la Virgen del Trapo ocupa lugar prefe­rente en una de las capillas laterales del pan­teón. En torno a esta imagen, atribui­da por alguien a los pinceles del Gre­co, corre una de las leyendas más ex­quisitas de las que tuve noticia du­rante mi estancia en la Serranía. Se dice que, reinando en España Carlos IV, llegó hasta Palomera el curioso lienzo, mezclado en un envolto­rio de trapos viejos con destino a la fabri­cación del papel que por aquí se hacía en aquel entonces. Parece ser que la tela, en la que está impreso el rostro de Nuestra Señora, fue repelida por las ruedas de la demolición, sin daño alguno, en tantas ocasiones como se le hizo pasar a través de la tolva; por lo cual, lleno de asombro el responsa­ble de la pequeña industria, lo mandó colocar con cuidado sobre el altar de una er­mita que existió próxima a la actual carrete­ra, comenzando así su patro­nazgo que, desde enton­ces, se ha venido celebrando sin inte­rrup­ción el día siguiente a la fiesta de Pentecos­tés.
Alzado como piquete del tiempo sobre una peña que domina el caserío, queda el recuerdo de los viejos moli­nos de papel que dieron nombre y vida a la aldea. Uno tan sólo como queda muestra, similar en su porte a los antiguos molinos manchegos, que la gente,
ni aun los más ancianos, siquiera recuerdan.
- ¿Aquello que hay encima de las piedras dice usted? Es un palomar.
Los Molinos es hoy un puebleci­llo de poca entidad, de vetusta imagen, de viviendas antañonas y nostálgicas, roídas por la fuerza demoledora de los años a la que vinieron a favorecer el abandono y la desconsi­deración. Al pasarlo de largo, el pe­queño enclave se acicala con todos los abalorios que tiene a su alcance, in­tentando disimular, mejor o peor, su auténtica vejez: con parras frondosas; con rosales coloristas cubriendo las viejas fachadas retocadas de cal; con las pálidas florecillas, blancas y malva, de las adelfas. Un perrucho apoyado sobre sus patas traseras, bebe agua del pilón en una fuente centena­ria que recuerda a los señores de La Cuba.
El camino va discurriendo desde aquí entre los altos del Covachón y del Pocillo la Liebre, uno a cada lado de la carretera. En medio, la vega del Huécar buscando campo abajo las puertas de la capital, donde los hortelanos doblan los riñones al sol en los fondos de la sartén de la hoya. Uno, otra vez en camino, se va entreteniendo en mondar espigas de cebada mientras pisa de cerca las tie­rras de Palomera.
No cesan los murmu­llos del agua ni se aca­ban las confortables, las lujosas, las alegres viviendas de recreo de los veraneantes, hasta bien entrados en las primeras calles. Una bandada de grajos graz­nan camuflados en los agujeros que se abren en los cortes de un enorme murallón de piedra. La siniestra algarabía la lleva el eco y la trae, de roca en roca, por todos los rincones de la vega. Un anciano, senta­do a la sombra de una cueva, me dice después de mucho insistir, que aquella es la Cueva de la Alberca. Se ve que es un hombre tímido, de espíri­tu endeble y desconsiderado, un señor metido en sí mismo, con un pobre y huidizo corazón, que no quiere demasiadas cuentas con los descono­ci­dos que llegan de fuera sudando la gota gorda.

3 comentarios:

manuelvh dijo...

Hola

como conquense que pasó una gran parte de su infancia (esa foto data de cuando yo tenía un año) en Molinos de Papel, tengo que agradecerte esta entrada, me ha hecho recordar muy buenos momentos

Yo conocí a la señora Gloria, y puedo creerme lo que cuentas de ella. El palomar del que hablas es realmente una palomar, nunca fue un molino al estilo manchego. Los molinos de papel eran de agua y aún se pueden ver los restos en algunos lugares

El pueblo ha cambiado bastante, sus casas y sus habitantes, aunque sigue teniendo encanto y podrías reconocerlo seguro. En verano tiene algo de vida, en invierno solo los alojamientos rurales lo despiertan los fines de semana

saludos

Esther dijo...

Pase por casualidad hace poco menos de un mes, y quede encantada, es precioso, he tratado de buscar mas informacion, y me he encontrado la entrada, lo cual agradezco, me quede con las ganas de visitar el panteon pero lo dejare para una proxima ocasion, Gracias por compartirlo

Julio Martínez Fuente dijo...

Acabo de pasear por allí esta tarde. He ido desde Cuenca dando un paseo y, como en otras ocasiones, he quedado prendado del enclave, de la nostalgia que transmite, de su paz y tranquilidad... Volveré con mayor frecuencia ahora que las tardes ya duran bastante y apetece pasear por la hoz del Huécar. Además, hace años que no entro a su precioso panteón y quiero volver a verlo con más detenimiento que en aquellas ocasiones. Animo a la gente que tenga estos gustos a que realice una visita al lugar... Disfrutará.