sábado, 1 de noviembre de 2008

ALARCÓN


ALARCÓN

Uno de los mayores encantos, y por extraña paradoja uno de los lugares menos conocidos de las tierras de Cuenca, es con sobrado merecimiento la enriscada villa de Alarcón, la de las Siete Torres, allá en la Manchuela rayana casi con tierras de Levante; el que después de su restauración se ha convertido en un soberbio escaparate cultural y paisajístico, en el que sobresalen, galanas y severas, victoriosas por encima de las lluvias y los vientos de muchos siglos, las almenas de sus viejos torreones, las espadañas de sus iglesias, rizando el azul turquí en los oscuros atardeceres del cielo de la Mancha, mientras que el río, el Júcar de las aguas verdes que baja de la sierra, lo abraza con apasionada contorsión como un engarce magnífico en torno a una piedra preciosa de inmensas proporciones, que la Naturaleza tuvo a bien sacar a la luz del día en la tarde de la Creación, y la Historia, maestra y artífice, se encargó de ir puliendo poco a poco, pausadamente, al lento ritmo de los tiempos, en una labor callada, perseverante, estupenda.
Los orígenes de Alarcón, lo mismo que los de tantas villas castellanas marcadas con la pátina de su antigüedad desde tiempos que nadie conoce, desde tiempos en los que la historia y la leyenda se entrecruzan con su serie de argumentos improbables, son cuando menos turbios, a los que hoy una teoría, mañana otra, intentan prestar luz.
Hubo de ser fundada esta villa, según afirman las creencias más recientes, por los árabes, con el nombre de Al Arkon (atalaya), lo que deja sin valor una antigua hipótesis, que aseguraba haber sido un hijo del rey visigodo Alarico, quien lo mandó levantar en honor de su padre, y que su primer nombre fue el de Alaricón, del cual deriva éste por el que hoy lo conocemos. Las razones habidas para considerar como posible aquella primera opinión acerca de su origen, tenían como base el haber encontrado en su término inscripciones de tiempos visigodos, lo que parece estaba muy lejos de ser un dato con valor definitivo para considerar a aquel periodo de la Historia como el de la fundación de la villa.
Pocas ciudades viejas, y posibles villas en las que se cierne la leyenda por cualquier esquina, merecen tanta atención como ésta que nos ocupa. Sobre el corpudo roquedal que trenza el Júcar se ofrece al viajero, como pegada al horizonte en el romántico contraluz de la tarde manchega, la vieja fortaleza del Marqués de Villena, señor que fue de aquella y de otras villas en muchas leguas a la redonda; el castillo que pudo reconquistar para el rey su señor, don Alfonso VIII de Castilla, el bravo caballero don Fernán Martínez de Zeballos, escalando -así lo cuentan- la torre del homenaje valiéndose de dos puñales, uno en cada mano, que iba introduciendo al subir entre las juntas de las piedras. Una vez que se logró la conquista, y la fortaleza de Alarcón se incorporó a la corona de Castilla, era el año 1180, se pobló con los nobles extremeños y montañeses que habían intervenido en la recuperación, siendo ellos sus primeros habitantes.
La fortaleza, que si antes sirvió de parapeto de pendencias, o de férreo punto de ataque, según soplara el viento -sangre sobre las peñas de la hoz, a diestro y siniestro-, hoy es una isla de calma y de sosiego, un lujoso parador de turismo sobre el arco natural que a sus plantas dibujan las aguas del río, en donde todo es hermoso.
Desde la plaza del Infante don Juan Manuel hasta las puertas del castillo el pueblo se estira sobre una loma a la vera del Júcar. Aquí y allá, junto a las aceras de cualquier calle, aparecen lujosos blasones pertenecientes a familias alistadas en la nómina de la alta hidalguía castellana, torres por doquier y pequeñas fortificaciones estratégicas que antes fueron algo y hoy se yerguen, piedra sobre piedra, solas sobre su adusta peana de riscos, tan solo para singularizar el paisaje.
Cualquiera de las cinco iglesias que tuvo Alarcón: Santa María del Campo, San Juan Bautista, la Trinidad, Santo domingo de silos, y Santiago Apóstol, brindan al recién llegado algún motivo de asombro y alguna razón más que justificada para detenerse como interesado observador.
En la iglesia de Santo Domingo se conserva una artística portada protogótica y una torre de finales del XVI. La de San Juan Bautista, en la plaza del Infante don Juan Manuel donde está el ayuntamiento, se ve restaurada con meticulosidad, y tiene por asiento el solar de otra románica anterior de la que nada queda; en su interior se está llevando a cabo lo que no hace mucho era tan solo un proyecto ilusorio y hoy una realidad palpable: la pintura mural sobre mil metros cuadrados de superficie, del joven artista conquense Jesús. C. Mateo, según las tendencias de la pintura de finales de siglo, y que es muy posible acarree hasta la villa de Alarcón a partir del año dosmil -tiempo en el que se ha previsto estén terminadas- más turistas e incondicionales del arte, que entre el castillo, la iglesia y el paisaje, todos juntos. La iglesia de la Trinidad ofrece a quienes hasta ella se acercan el impacto de su portada plateresca, con los escudos del obispo Ramírez de Villaescusa y del marqués de Villena. Y luego la de Santa María del Campo, la parroquial de la villa, la más interesante de todas por el momento, la de la portada de piedra en filigrana incomparable bajo arco monumental de Esteban Jamete, y el retablo manierista que luce en su interior, obra magnífica del mismo arquitecto francés, vecino de la ciudad de Cuenca en el siglo XVI, cuyo recuerdo quedó patente en el cercano Garcimu­ñoz, en la catedral de Cuenca con el arco que lleva su nombre, y en esta noble villa de Alarcón alzada sobre las aguas del Júcar.
Fueron el Turismo y el renaciente interés por el arte lo que hicieron el milagro imposible de resucitar Alarcón y ponerlo en marcha para otra nueva andadura, remoto espejismo de aquel de la posguerra que pude ver cuando era niño, el mismo que en el año 1944 describía el académico don Luis Martínez Kleiser, conquense para todos los efectos, en crónicas cuyas medidas palabras parecían desmoronarse en cualquiera de sus siete torres; o las de otro habitual de las tierras de Cuenca, don Cesar González Ruano, que años después dejó escritos acerca de Alarcón, de sus iglesias y su castillo, párrafos que, ante la verdad que la villa ofrece, resultan increíbles, pero que son ciertos, reflejo vivo de una época en la que el pueblo parecía estar llamado a contar tan sólo en los viejos libros de Historia y poco más en el recuerdo. «Hoy, como un espectro del pasado -escribió el insigne articulista- se eleva de la polvorienta montaña el gran cuerpo fortificado con su torreón y su corona de almenas, torrecillas y puertas, que se deshacen lentamente. Detrás se ven las suntuosas fábricas de sus dos iglesias en pie, entre las ruinas de sus otras tres parroquias y varias ermitas, todo ello con la dorada y abrasada pátina de los siglos, completando el gigante fantasma de su pasada grandeza, que va decayendo para ser, como los mismos hombres que la levantaron, heroica polvareda arrastra­da por el viento y el agua, río abajo, hacia el oscuro mar del olvido.»
Se levantó de nuevo Alarcón como el Ave Fénix. Junto a las hoces, y abrazado por su collarín de agua, Alarcón es un pueblo redivivo, un lugar a mano en donde perderse, al que dedicar unas horas con el sólo propósito de aprender, de andar por el pasado.

NOTA: Publicado en “Nueva Alcarria” en 1998.

1 comentario:

AACHE dijo...

Enhorabuena, Pepe, ya veo tu nuevo blog de Guadalajara y Cuenca. Prometo seguirle en sus interesantes artículos, con los que siempre se aprenden cosas nuevas. En el mio de "Libros Uno por Uno" ya está colgado el comentario del libro que se presentó ayer en el Homenaje a Leguineche. Crítica favorable, sin olvidar ninguna circunstancia.